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Minificción de los jueves: Cecilia Eudave

Cecilia Eudave, profesora universitaria, narradora, ensayista | Cortesía

Cecilia Eudave, profesora universitaria, narradora, ensayista | Cortesía

(México, 1968) Profesora universitaria, narradora, ensayista. Ha publicado cuatro novelas, un cuento infantil, tres libros de ensayo y seis libros de cuento, entre los cuales tres son de minificción: Países inexistentes (2004), Sirenas de Mercurio (2007) y Para viajeros improbables (2011)

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Tabi: el país de lo inestable

Cuando te levantas por la mañana lo único seguro que tienes es el rostro. Ni tu nombre sabes, ni tu nuevo oficio, profesión u ocio. Sales de la casa donde dormiste, o desayunas con quienes en esos momentos son tus hijos, pero para el día siguiente, quizá no poseerás ni mujer ni niños, ni perro ni casa. El otro día se convierte siempre en un estrepitoso escalofrío, pues ya no tienes a los mismos amigos ni al mismo jefe. Ya no te llaman por el nombre de ayer ni eres indispensable para quienes el día anterior te amaban. Así es vivir en Tabi, un constante renacer en el mismo cuerpo que también cambia porque te haces viejo y, al final de la jornada, ni siquiera sabes qué idioma hablarás ni en qué región de este viajero país vas a habitar. El único norte, aquí, es un río, que por un motivo desconocido, siempre divide en dos el territorio.

Sólo existe una ventaja para los tabianos: no viven de recuerdos...

Brochetas

para Karim Eudave

Mi madre nunca fue buena cocinera. Todo se le quemaba, todo. Literalmente vivimos de las buenas intenciones de su desarmado amor, porque nunca pudo erguirlo, por lo menos en dirección nuestra. Y en esa necesidad idiota de demostrarle al mundo que nos quería, como una cosa natural, nos sentó a la mesa a mí, a mis hermanos, y nos sirvió para desayunar –ya les dije que no tenía ninguna noción en la cocina– su corazón en brochetas, que nos tragamos a la fuerza y a todos nos hizo repetir su mal.

Deformando la historia

El mito es una cosa terrible, una etiqueta por la cual muchos individuos pasan a la eternidad creándose una fama desastrosa. Seguro desde sus tumbas, remotas y olvidadas, les da hasta pereza reclamar cualquier cosa, incluso, porque son mito y no leyenda, hasta advertir al lector que nunca existieron. En fin, cosas de esta vida culebra, para ir a tono con el personaje del que se habla: Medusa.

La historia no oficial –o sea, la verdadera, si no nos ponemos relativos–, la sitúa en una lejana comunidad de Grecia donde, por desgracia, era la más bella de todas las mujeres de su comarca. Pero como la belleza no viene sola, también le tocó estar repleta de locura. Este inconveniente no disminuía su atractivo, y hombres de todas las latitudes venían a verla con la intención de pedir su mano. Ella, por supuesto, abstraída del mundo, sólo se limitaba a reír. Cuentan –rumores de la historia, he dicho– que Medusa les advertía sobre su cabellera llena de serpientes venenosísimas, celosas y traicioneras, que nunca le permitirían tener varón en su lecho. Y con esa voz, como sacada de un cajón del cielo –todo en ella era una bendición de los dioses, menos su razón–, les murmuraba al oído: «Si no fuera por las víboras te haría el ser más feliz de la Tierra, pues es a ti a quien amo». Luego los acompañaba a la puerta y los despedía para siempre.

Entonces comenzó el mito: los hombres abatidos se iban con el corazón petrificado y roto.  

Sobre la inspiración a base de tintas

para Horacio Eudave

La manera de adquirir inspiración es sencilla, nos la ha confesado un comerciante chino que está vendiendo monos de tinta en el mundo occidental. Monos invisibles, por supuesto, no se les puede ver sino sólo en su hábitat, asegura el asiático. En fin, usted deja sobre su mesita de noche o sobre su escritorio una o varias botellitas de tinta, en frascos de vidrio –si es cristal qué mejor–, las tapa con un pedazo de tela sedoso y se va a dormir. Si al mono le ha gustado la bebida, retirará suavemente la almohada de su cabeza y se pondrá en su lugar. Es bien sabido que son de piel suave, y su latido pausado dicta a nuestra imaginación –que se acompasa a su ritmo–, las historias más fascinantes. Usted sólo tiene que levantarse la mañana siguiente a escribir. Éxito garantizado que ahora viene en certificados de papiro made in China.

La cura

Cuentan que hay una cura para los hombres lobo. Ha existido desde siempre, pero les da pena comentarla a estos seres de naturaleza extrema. Además, no todos los afectados padecen de la condición necesaria para dejar de ser esclavos de la luna, y proclives a correr por donde quiera en busca de cuerpos que destazar para controlar el apetito lunar. Y ese rasgo, esa aflicción que puede curarlos, son los celos. Sí, un hombre celoso, pero intensamente celoso, puede dejar de ser un lobo.

Los que se han curado de este mal ancestral traído desde la antigua Grecia suelen comentar:

–La idea de imaginar a mi mujer gozando en brazos de otro, pasándola los dos de maravilla, mientras yo corro y mato como estúpido por las ciudades, con la imbécil idea de alcanzar la luna, me quitó todo apetito... Dejó de salirme pelo, dejaron de crecerme los dientes en forma aterradora. Ahora mansamente cuido los niños y la vigilia de mi mujer... No hay peor bestia que la lujuria ajena.

Un quimera es una quimera

Trataron de extinguirlas a como diera lugar. Y como buena quimera desapareció. Se hizo escurridiza. Nadie pudo encontrarla. Entonces comprobaron que era uno de los tantos imposibles creados por el hombre. Luego, cuando por fin convenció al mundo de su inexistencia, apareció triunfante. Logró su cometido, se volvió inmortal y más real que nunca. Ahora, habitan en los diccionarios del mundo denominadas como: idea falsa o vana imaginación, demostrando que si se les define, son.

Otur: el país de los inexistentes

Es inexistente para aquellos que quieren habitar donde se habita. Pero, para aquellos que saben que no están donde deberían es una realidad. Otur, país de los inexistentes, es una burbuja de cristal en el cerebro de los escapistas y de los suicidas.

@CeciliaEudave