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Minificción de los jueves: Carmen Peire

Carmen Peire / Foto Diario de Teruel

Carmen Peire / Foto Diario de Teruel

(Venezuela, vive en España) Estudió Historia, pero se dedica a la literatura. Es cuentista, novelista, editora y coordinadora de talleres de literatura. Ha publicado la novela “En el año de Electra” (2014) y los libros de cuentos “Principio de incertidumbre” (2006) y “Horizonte de sucesos” (2011). Varios de las siguientes minificciones son inéditas

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Relatividad

Una persona es lo que cree ser, lo que los demás opinan que es y lo que en realidad es.  Desde esta perspectiva, no se pudo averiguar quién cometió el asesinato.

 

En la siesta

Eva juguetea con una uva,  capaz de rodar por la oreja y el cuello y el ombligo y la cadera y… chasss, reventarla en el cuerpo, restregando su líquido hasta hacer una nueva piel dulce y pegajosa para que alguien pueda lamerla.  O bien, seguir paseando la uva, que baje la pendiente rodando, círculos guiados por la palma de la mano hasta llegar abajo.  Ojalá los hombres fueran así, pequeños y dulces, manejables, jugosos…

Eva prosigue su viaje con la uva hasta la cueva de su cuerpo, siente el efecto, relaja las piernas. ¿A quién podrían tentar con una manzana?

Eva piensa en Adán y recoge la uva para llevarla a la boca, entre los dientes nota su resistencia hasta que consigue reventarla. Mastica despacio y, al tragarse la masa informe en que se ha convertido, percibe un rumor que le susurra cambios en el paraíso.

 

En el jardín,

con los pies desnudos en el barro y el olor de geranios en la memoria sobre otros de rosas y jazmines que evocaban a patios del sur, romero lavanda y tomillo en veredas donde la jara olía a resina de pino y los níscalos brotaban antes de que los chopos de amarillas hojas murieran en invierno, el habitante dejaba que el último sol calentara un cuerpo rodeado de nada, pues nada quedaba en la casa, a punto de venderse tras el incendio, tacto áspero de muebles consumidos por el fuego y tardanza; briznas muriendo contra el rostro antes de que la noche lo invadiera todo, antes de que la única farola que había sobrevivido al lado de la fuente pez, que aún gorgoteaba, diera luz al caos de diminutos insectos pegados a sus cristales y se pudiera abandonar, esta vez para siempre, la tupida verja de hierro con forma de telaraña que había atrapado su vida. Fuera, empezaba la ciudad.

 

Falta de reflejos

No te escaparás tan rápido, me dijo desde fuera impidiendo la salida.

No despertarás tan pronto, me dijo desde dentro anulando mi sueño.

No te saldrás con la tuya, dijo desde arriba con su bota en mi garganta.

No sabrás el suelo que pisas, gritó desde abajo removiendo mis cimientos.

Cuando quise enfrentarme, estaba rodeado.

 

Tauromaquia

Es la hora del paseíllo, le dijeron cuando abrió la puerta. Y el monosabio se puso el uniforme, pantalón oscuro, blusón rojo, gorrilla del mismo color. Pensando en su trabajo en el ruedo durante la lidia, él, que ayudaba al picador, que podía pisar la arena junto a los toreros, salió de casa a cumplir con su destino, extrañado de que fueran a buscarlo en una fría noche sin luna.

 

Música

Todas las mañanas sale corriendo de casa para mirar hacia arriba. Sobre los cinco cables de la luz que recorren la calle, golondrinas, vencejos y gorriones se sitúan en ellos y le esperan, cada día en lugares distintos, sol, un silencio, negra. Cuando el niño avanza, un revuelo, aleteos y cambio de lugar, mover las patas y variar mientras el niño interpreta un paraíso de melodías que sabe destinadas a él y que va tarareando hasta llegar al colegio.

 

Un segundo

es lo que ha tardado la taza de café en estrellarse contra la pared y dejar una mancha marrón en ella. Se ha detenido el reloj. Ella mira la mancha, absorta, se arrodilla para recoger los trozos, uno a uno, intentando encajarlos. Imposible. La taza se ha hecho añicos. Oye una voz: ¡deja eso! Ella no se mueve. Los brazos caen sobre la falda y sus ojos miran las manos donde reposan los restos, manos que han tenido vida propia, que iban y venían con rapidez para tenerlo todo a punto. Manos protectoras, de caricias, portadoras de matices, ahora con los trozos de porcelana. ¡Deja eso te he dicho, levántate!  La voz le llega lejana, como el eco de las montañas. Siente el aliento en su nuca. Pero no se altera, el rebufar que tiene detrás le produce calma y siente que la luz ya es otra, luz ocre, igual a la mancha de café. Cuando adquiere la convicción de lo irremediable, se pone en pie  con los trozos en la mano. Levanta los ojos y ve en los de él, por primera vez, la sorpresa ante unas facciones, las suyas, que han cambiado de sentido, que expresan otra cosa, algo que él no ha visto antes. La mujer lo ve retroceder cuando ella se acerca: esto es para ti. Le pone en sus manos los añicos, se restriega las suyas en la falda, se retoca el pelo ante el espejo del recibidor, coge el bolso y sale a la calle. Mira el reloj. Solo han pasado cinco minutos.

 

Mayo en Madrid

Veo un tarot con las cartas marcadas, la muerte, guadañas, carros de fuego y águilas negras que anuncian imperios. Gritos bacantes, el odio en los labios, el mundo se expande a la luz de otros astros. Trasgos perdidos en bosques, arcanos y cantos de brujas, sonidos de selva, el trotar de un caballo y el grito de Akela.

Es el rumor de los sueños y alguien que clama venganza, huelo a futuro en las risas de un chico que brinda en la plaza, lluvia en su cara limpiando ese barro atrasado. Sé lo que espera con ansia, corales brillando en sus ojos, voces de un joven que acampa,  página en blanco y un sol por  bandera llamada esperanza.