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Minificción de los jueves: Alvaro Mata Guillè

Alvaro Mata Guillè / Foto Crear en Salamanca

Alvaro Mata Guillè / Foto Crear en Salamanca

Costa Rica, 1971. Poeta, narrador, Coordinador del corredor cultural Transpoesía. Ha publicado: “La niebla y lo ausente” (2015); “Breve Antología, San” (2010); “Debajo del Viento” (2010); “Intemperies” (2005); “Debajo del Viento” (2005); “Escenas de una tarde” (2004)

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I

El escritorio en desorden,

lleno de libros y  hojas que retenían una larga espera.

 

Abstraído, ligeramente inclinado al antepecho, discurría sigiloso. Los rincones lo miraban oscuros, callados.  Recordaba el perenne vacío, sin distinguir las palabras profesadas por la ausencia, ni los soliloquios.

Escuchó los pasos en el pasillo. Se acercaron.

La casa era vieja. Corrían distintos apólogos entre las guardillas y los salidizos.

Tocaron. Sonrío tímido.

Conocía su quieta mirada. Sus cabellos los había tenido entre sus manos en muchos sueños. Hablaron lentamente posándose en silencios. Vagaron por la nostalgia. No existieron. Se adentraron en las sombras de la habitación. Las caricias aparecieron murmurando erotismos libres, abrazados a la lluvia y las galernas. Las quejas de gozo enmudecieron las paredes. El pasillo oía  melancólico, junto a los rostros pálidos de las puertas.

 

Anochecía.

 

Dejó la ventana.

Se acercó al escritorio.

El viento se deslizó por las albendas. 

 

II

La puerta se abrió. Lo miraba un hombrecillo índigo, sin brillo. Los ojos acostumbrados a jugar con las sombras. La nariz larga, delgada. Ligeramente alabeado. Entró.

La sala era estrecha, sin detalles, seguida de escaleras no muy largas. Subió pensativo. Las ideas de amotinaban insistentes. Sentía frío.

 

Durante largo tiempo lo había obsesionado. Desde el pequeño valladar observaba inclinado cada nuevo vestigio. El postigo retenía su nostalgia, las sombras. Desaparecía entre callejones atrasando cada paso. Buscaba otros lugares, nuevos sueños. Volvía con disimulo, atraído, sin fuerzas.

 

Nada que indicara su presencia. El largo cansancio. Los segundos –qué no sucedía en ellos– murmuró: lágrimas, ilusiones.

Avanzó hacia parajes inmersos en extrañas sensaciones de ausencia. La luz tenue, se detuvo: los escalones se aglomeraban právedos, eternos. Lo señalaban escrutándolo irónicos, las risas festejantes. Escuchó el murmullo de sus gruesas voces. Como enorme tintineo el torbellino se enfilaba lejano. Las huellas observaron protervas. Lo tomaron.

 

La calle presentó resabios de noche como tantas veces.

Miró el alba, pesaroso.

No hubo atardecer.

 

III

Las paredes tranquilas, leves, sin mutación. Tenías cierto brillo tímido, llano. Paredes largas, muy largas, las ventanas oscuras, silenciosas, como cortinas de puntos diminutos.

Desde la habitación no era posible mirar hacia fuera al ser abrazada por una gigantesca masa de rincones abandonados. El umbrío se combinaba extinguiendo toda visita de luz.

En su interior, una silla, detenida, en espera.

 

Su mirada expectante buscaba extensiones vastas. Requería de los poros del tiempo, de intimar con hojas sin vestigio.

 

Las palabras se dirigían a las paredes tratando de enlazar deseos. Se sentía distante, sumergiéndose en impresiones vagas que con dificultad distinguía. Era lento el tintineo rutinario, como llovizna pertinaz.

 

En su mente, el tiempo quizá detenido. La brisa perdía su libertad.

Se levantó, soslayando la fecha, los días. Se vistió distraídamente, escuchó el ocaso, el cierzo.

Habló con los ladrillos de la ventana,

lejanos,

indiferentes. 

 

 

IV

Una sombra laceraba los destellos manoseados por el follaje, que obsesionada por las siluetas de los árboles, miraba el musgo apostado en el lindero, entretejido en los quehaceres de una reiterada desmemoria que no se conoce ni se ve a sí misma, merodeando sin cesar el tintineo de voces asidas al bullicio en las ramas, al resplandor filtrado por los horcones que escapaba del murmullo detenido en el quicio del pórtico.

 

Grité,

y el miedo se hundió en un llanto de modificadas descripciones, deslizándose junto a los ruidos y al frío que empapaba el suelo, cercenado por el crepúsculo que se alejaba por los tablones, contemplando el fulgor del pasillo disperso en las cenizas y el rubor dejado por el viento, al lado del umbrío que meditaba y huía.

 

Las frases, que se amontonaban en un espejismo de interminable, se deshacían en la resolución de conjeturas erróneas, imaginando voces que hablaban con el bosque, junto a los gritos desmembrados en un temor mohoso, a las ropas corroídas del husmo insípido, de las rendijas en las sábanas y el sabor sucio enlazado a los lindes del sendero, a las quejas que desaparecían en las ramas en los brazos de los árboles, en el miedo horadado por el sudor de una oscura apariencia, una máscara de cabello fluctuante, de ojos dilatados, de atisbo árido, rancio, viscoso.

 

Me tomaron

y un gruñido brotó de las fisuras ocres del vértigo acumulado en las suturas negras que perforaban los nervios y dientes de mi boca.

 

El silencio rodeó el bisbiseo aferrado al reflejo de las paredes, se posó en los muebles, en el polvo verde que deambulaba junto al asombro y el balbuceo del entorno, asomándose a un charco de palidez muerta,  

y ya no pude cambiar las cosas.