• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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Minificción de los jueves: Alfredo Chacón

Alfredo Chacón / Foto cortesía Ivonne Adler

Alfredo Chacón / Foto cortesía Ivonne Adler

(Venezuela, 1937). Poeta, ensayista, sociólogo. Uno de nuestros mejores poetas, ha publicado, entre otros: Saloma; Materia bruta; Principio continuo; Y todo lo demás; Actos personales; Decir como es deseado; Entre afueras y centros y Palabras asaltantes. Su obra poética está reunida en Salomario (2005). El propio autor realizó la selección de estos textos a lo que considera poemas que podrían ser microrrelatos. Están tomados de sus libros Materia bruta (1969) y Y todo lo demás (2005)

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El gesto y la materia

Homenaje a Tecla Tofano

En la palma de la mano el peso de algo se detiene, no insiste en su caída, deposita su cuerpo, suma su fuerza a la fuerza del contacto en el silencio de los primeros roces compartidos. El gesto acorta su inminencia, ocurre, y entre los tajos del espacio más próximo va surgiendo con formas la materia.

Tiempo vivo

Atravieso por mí, me cruzo palmo a palmo, me sostengo. Un corto tiempo pasa y es duración mía, es tiempo unísono conmigo, tiempo vivo, instante que está siendo como yo; transcurso al tanto de mi ser, inmerso en lo que digo, aunado al pálpito.

Persecutorias

Me han frecuentado imágenes persecutorias y a su modo reveladoras de no se exactamente cuál asunto que he debido aclarar desde hace mucho. Primero fue un conjunto de visión cerebral que en el poquísimo tiempo de su duración movía sus partes con suma lentitud y estaba hecho de torero, muleta o capa y toro en plena embestida. Luego, esta escena fugaz de accidente de tránsito: yo o un cuerpo humano cuyo destino inmediato me preocupaba agudamente, aparecía a punto de ser atropellado o ya zarandeado y casi detenido en el aire. Además, desde que tengo a mi hija, un doloroso temor al piso alto donde estamos, al vértigo que con virtuosismo me improviso, a la fatídica distancia por la que mi niña podría caer o está cayendo o ya cayó.

Intervalo

La desazón comienza a ejercer su poderío. Somete el cuerpo extraño que la encierra, ocupa toda la oquedad de adentro, durando todo el tiempo, insoportable. Cuando ya tiene reunida toda su energía y es el momento de resistir el mal mayor, estalla sordamente, comienza a deshacerse, abandona el ámbito maltrecho donde estaba y entonces es posible respirar el aire más o menos libre y suficiente.

Identidad

Al darme apenas me rozó. Siguió el camino como si nada hubiese sucedido. No era mi doble ni mi sombra. Era yo mismo, mucho más cierto y decidido.

Recuerdos

El recuerdo que llega se demora, cada vez más mío y más difícil de abarcar, él en mí y yo en él, como un promontorio de hundimientos vivos. Es Puerto Páez, orilla del río Meta, casa de mi primera vez, tristeza de todos los días al oscurecer, miedo a la muerte de mi madre y a la palabra individuo dicha por mi padre. Llego varias veces, me asomo a mi único rincón a la intemperie, pequeño y húmedo, colmado de penumbra, tocado por la gracia de la pequeña moneda reluciente que según entendí si la dejaba adentro de modo que el milagro se pudiera producir, lo que yo más deseaba se iba a convertir en lo más mío.

Sueños

Todavía la marca de las noches distintas. La persecución en una sola masa de los toros rojizos, negruzcos y llameantes con toda la maldad de su parálisis en la convulsión del alba que nunca tuvo desenlace. La caída desde el barranco en el vacío despojado de toda irrealidad como mi voltereta lentamente sentida y presenciada mientras duró el trayecto hacia las aguas y el final. El disparo que vino a sorprender la imagen de mi cuerpo bajo un árbol, mi cuerpo herido a quemarropa y la penetración del proyectil. El gran patio desolado, blanquecino, barrido por el viento rastrero de la hora inerte en que llegué traído por mi madre a manos del Ductor que vienen hacia nosotros casi inmóvil para abrir, en medio de aquel aterrador silencio de otro mundo, las puertas de la reclusión.  

Rescate

Un pez en vida, sus bordes casi transparentes, las fases de su cuerpo en un hueco de agua sombreada y luminosa. Volví a sentir lo que es un pez vivo, aparecido, desaparecido, rescatado por la vista, rápidamente vivo en el instante y la memoria.

En redundancia con el día de los derrumbes 1

La muerte cae, entra en el foso de pavor, se acomoda a las dimensiones del derrumbe. Cae la violencia quebrada, el gigantesco espasmo de fragmentos que nunca se volverán a juntar. Fuera del tiempo perdido para siempre, la muerte sin uno saber, vacío horroroso, trance henchido de nada y de nosotros.

En redundancia con el día de los derrumbes 2

Formas, pesos, líneas duras que van de un punto a otro, recipientes del tiempo, espacios entrelazados a nosotros de una manera aquí, de otra más allá. Vacilación de las presencias, equilibrio herido de repente, alarido, última llamada.

Travesaño

Ábside tranquilo, cuña diagonal traspasada, en convulsión por su íntimo óxido. La armadura de éste, el primer instante de las aguas nadadas, cruje. El viento se desploma y a salvo de miradas acalla su rumor deshilachado.

Llevar sol

Mínima y lenta oscurece la humedad. Gajos de frescura trepan por vértices de territorio cuando el decrecer, cruzan la abierta superficie sin ningún balance, sin peso en sus confines. Se abren caminos a la luz que los despierta y brilla el aire. El ardor visible se sostiene.

Este espacio

Al comienzo, el tizne dentro de la página, apenas roces envolventes del trazado, del itinerario. Unos lápices van y otros lápices vienen en el gesto del ritmo que los mueve, que ellos manchan. Nada se oye, sólo el trazo. El espacio que se va suprimiendo se convierte en espacio rayado. En este espacio.

Como el recuerdo

Reluce retumbando, escueto. Da traspiés, pero de frente. Nunca cesa de estar, de ir abriéndole al paisaje pasajes desteñidos, chillones, matizados. Nada lo alcanzó jamás, ni de otrora ni desde el porvenir: a su entierro en el magma pesaroso, presuntuoso, nadie concurre. A su entierro que no termina nunca. Es sólo él y el terruño que torpemente lo cultiva, que cosecha sus frutos. Es como el recuerdo.

Rouge

Asomada, más alta que el respaldo del asiento de enfrente, la cabeza del niño me asustó: no porque es la cabeza de un feto exagerado sino porque sus ojos son  desorbitados además de oscuros y su blanca piel es traslúcida.

Borrado con la mano

La superficie del papel gira de nuevo  Un poco  Lentamente  No se desplaza sobre algo  Permanece irradiando su blancura en las mismas coordenadas  Es dentro de superficies que se mueve 

Apenas disimula  Algo queda brillando un poco más hacia este lado  Desde el ángulo más cerca de mi mano  No se oye nada parecido a recorrer una distancia  No sigo el recorrido de mis ojos pues no hay mirada para la blanca pátina sensible sino balbuceo del mirar  Con una que otra luz que parpadea y atraviesa sin tiempo para que se vuelva a ver 

El papel contiene  Pero no absorbe sino el tiempo que tardaría en ser vista la luz que pasa una vez más  Es una nueva superficie  Que mueve pero no desplaza  Que reaparece bajo el roce de mi mano en el momento de emprender un nuevo giro. 

A las pinturas de Sigfredo Chacón 

Del mordisco

El mordisco ahueca, discurre en la materia que antes no era suya y ahora le es extraña. Abre camino hacia no sabe dónde, encuentra la salida de la pulpa pero no su entrada, no sabe estar en ella relamido de goce (no sabe cómo es tal acontecimiento). El mordisco no sabe hacer, nadie lo llama. Desconoce la espera. Ignora hasta qué punto difiere del beso y de la dentellada, o si se les parece.