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Minificción de los jueves: Alfredo Armas Alfonzo

Alfredo Armas Alfonzo / Foto Tom Grillo. Archivo

Alfredo Armas Alfonzo / Foto Tom Grillo. Archivo

¡Esta es la entrega 100 de nuestra sección! Comenzamos con una estupenda escritora argentina, la reina de la minificción, Ana María Shua. Para este número 100 queremos rendirle homenaje a uno de los iniciadores de este género en Venezuela

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Venezuela, 1921-1990. Narrador. Autor de una amplísima e importante obra, su libro El osario de dios (1969) es un clásico de la literatura mínima. Publicó entre otros: Los cielos de la muerte (1949); La cresta del cangrejo (1951); Tramojo (1953); Como el polvo (1967); PTC Puerto Sucre vía Cristóbal (1967); La parada de Maimós (1968); El osario de Dios (1969); Agosto y otros difuntos (1972); Siete güiripas para Don Hilario (1973); Cien máuseres; ninguna muerte y una sola amapola (1975); Angelaciones (1979); El bazar de la madama (1980); Con el corazón en la boca (1981); Los cielos de la muerte (1986); Este resto de llanto que me queda (1987); Cada espina. Tres historias de amor (1989); Los desiertos del ángel (1990).

 

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Engracia Magna Pastora Toribia Rafaela le pusieron a la hora de las aguas y no crecía, mamá lo atribuía a la carga de tanto nombre

 

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Nada nos conmovió tanto a los catorce años como la muerte de María, la niña pura del libro de Jorge Isaacs. Este tomito, encuadernado en cuero rojo, con cantos y tafiletes dorados había pertenecido a la biblioteca del abuelo Ricardo Alfonso, y lo hallé en uno de sus baúles en la habitación frente al tanque. Solamente esas paredes saben cómo lloré durante el proceso de enfermedad, muerte y entierro de María.

Entonces cuando iba al cementerio de arriba a visitar la tumba de Edda Eligia, la hermanita muerta, me parecía ver la misma siniestra ave negra posada en el brazo de hierro de la cruz. Al yo acercarme, el pajarraco levantaba el vuelo graznando lúgubremente.

Mi mayor felicidad entonces hubiera consistido en que la tuberculosis acabara con la hija de Narciso Blanco, pero los Blanco eran tradicionalmente una familia de gente sana.  

 

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El busto de Guzmán Blanco que Don Ricardo Alfonso utilizaba como pisapapel en su escritorio biblioteca alguien se lo llevó cuando él murió y le prendían velas confundiéndolo con San Pedro.

 

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Él bajaba por la escalera y justo al nivel del piso 10, cuando el dolor le atenazaba los músculos de las piernas y le costaba esfuerzo producir el movimiento de flexión de la rodilla, se encontró con el ángel que subía, cargando una cesta de mimbre materialmente rebosada de pequeños paquetes de platanito rebanado y frito, envueltos en papel celofán, de los mismos que ofrecen en las colas del Paseo Colón y en las entradas de los cines; su olor era el propio del aceite quemado y de masa tostada. Las alas le lucían decaídas.

—Ah –se alegró–. Viene por sus tostoncitos. Hoy los tengo en oferta: tres por cuatro bolívares. Le salen a menos de tres reales cada bolsita. Solo por hoy.

Se había quedado parado en el rellano y mostraba los tres paquetes agarrándolos por las puntas. Carecía de un rostro inocente: la sola mirada descubría tristeza y el trazo de la comisura de la boca un cansancio pesaroso, como obsceno.

—Están en oferta –insistía–. Me provocaba lástima.

Me busqué la moneda en el bolsillo, sopesándola con la mano. Me la había dado en cambio esa mañana el chofer de la Unión Colinas de Bello Monte. Era nueva, “como salió del cuño hace un momentino” me advirtió el portugués.

—Tome, déjelo así.

No había traspasado la puerta de vidrio de la entrada del edificio Majestic, ahí frente a la Policlínica Santiago de León, cuando vi descender al ángel por la escalera, desencajado. Casi volaba.

—Oiga, señor –me reclamó–… Se equivocó y me dio un peso colombiano por cinco bolívares—. Y me enseñaba la moneda, sosteniéndola precariamente por el borde con sus uñas de gavilán viejo. Yo lo esperaba.

—Y usted a mí me engañó –le contrapuse–. No me dio tostones de plátano–. Y le mostré entonces las tres rositas secas y hasta sin su aroma metidas en su cubierta de papel transparente.

 

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Zoila Yépez, la Greta Garbo, la primera prostituta de El Tigre, fue a morir en Ciudad Bolívar cansada de solicitarle a la Virgen del Valle que le devolviera la inocencia para tener derecho al cielo.