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Minificción de los jueves: Alejandro Bentivoglio

Alejandro Bentivoglio

Alejandro Bentivoglio

(Argentina, 1979). Este prolífico narrador, que también escribe bajo heterónimos, ha publicado, entre otros:  Revólver y Otras Historias del Lado Suave(2006), La Parca (2008), Dakota/Memorias de una Muñeca Inflable (2008), Paul está muerto (2011), Abcdefghijklmnñopqrstuvwxyz (2011),Vértigo Verbal del Suicida Reincidente (2011), Mágico histérico tour (2011), Ariadna Superstar (2012) y Todo Lo que Dejamos Atrás (2012) 

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Hongos

Cada hongo produce un efecto distinto. Las alucinaciones son de lo más variadas y los hongos son tantos que es probable que jamás podamos saber qué es lo que producen todos. Sin ir más lejos, este hongo que comió usted al principio es el que le hace creer que yo le estoy hablando. El otro hongo, el de color rojo es el que me hace creer que usted existe.

 

El empleado del mes

De todos los empleados que duermen en las oficinas, yo soy el único sonámbulo que aún sigue trabajando. Esto me ha ganado varias recomendaciones de mis jefes y estoy seguro que el ascenso es inminente.

Hoy por la mañana, justamente, le decía a González que no me sorprendería que el mismísimo Gerente General deje una almohada en mi escritorio para mi solo.

 

Mascotas

Hoy ya no pude encontrar ni siquiera un pelo en mi cabeza. Decidí ocultar mi calvicie con un sombrero. En la calle nadie parece notarlo. Excepto unos niños, que con sus manitas temblorosas señalaban el bolsillo de mi saco, peludo, palpitante.

 

Bichos

¿Cómo combatirlas? ¿Cómo soportar verlas cuando emergen de la oscuridad de la cocina, del baño, o incluso del cuarto? ¿Cómo tolerar la idea de que puedan tocarnos incluso por accidente?

Madres, abuelas, tías mal maquilladas que nos regalan calzoncillos y medias en cada cumpleaños.

 

Cosas que pasan

Cada vez que había un corte de luz en el Museo de Cera de Madame Olga, la estatua de Casanova desaparecía, ocasionando búsquedas desesperadas, pequeños escándalos, revuelos.

Se la encontraba más tarde, seduciendo fogosamente a unas cuántas velas que los empleados encendían para iluminarse un poco.

 

Vacaciones en Tebas

La encontré al borde del muelle. Era la mitológica criatura de la que tantas veces había oído hablar. Su estampa era magnífica. Me acerqué decidido y, antes de que ella pudiese decirme nada, le dije:

–Es el hombre.

–¿Qué? –dijo ella.

–La respuesta, es el hombre.

Me observó unos instantes y frunció el ceño.

–¡Esa es la esfinge, imbécil! –gritó con odio.

Luego, con un violento movimiento de su cola, la sirena se arrojó al agua.

 

No vuelve

Cuando al muñeco se le acabaron las pilas pensamos que lo mejor era tirarlo, porque nadie tenía ganas de ir hasta el kiosko para comprar pilas nuevas y lo cierto es que ya no nos servía para nada.

Fue entonces que el muñeco se levantó, se puso un pequeño sombrero y se fue dando un portazo.

–Ya volverá –nos dijimos.

Pero ahora que es de noche, se nos ocurre que un tipo con orgullo sabe darse cuerda ahí donde jamás la tuvo.

 

Vida de casados

En el tren encontré a una señorita de cabello rubio que me dijo que yo era el hombre de su vida. Al principio le creí pero luego vi que el guarda se acercaba y noté que ella no llevaba boleto. Como cualquier otro caballero hubiera hecho, se lo pagué sin demora alguna. En el resto del viaje no nos hablamos.

Al bajar en la última estación, exigí el divorcio.

 

 

 

El Adelantado

Estamos al borde del precipicio, pero no sabemos quién dará el siguiente paso. Nos miramos unos a otros, en un silencio que ya lleva horas. Creemos que finalmente alguien tendrá el valor de saltar y seguir adelante, hacia lo desconocido.

Pero llega la noche y nos encuentra reunidos alrededor de una fogata. Todavía en silencio, pero hermanados por una cobardía que terminará la mañana siguiente, en ese glorioso e inolvidable amanecer cuando, casi con descuido, empujemos a cualquier de nosotros hacia el abismo.

 

Algo que puede pasar

En la mayoría de los casos, soy un hombre pacífico. No soy de los que andan por ahí discutiendo y preocupándose por todo. Sí, de vez en cuando, me enfurezco levemente. Generalmente son estos hombrecitos que viven bajo mi cama los que logran sacarme de las casillas. Todo el día diciéndome que debo salir y matar o cosas por el estilo. Pero yo no les hago caso.

Excepto ayer, cuando salí temprano por la mañana y luego no recuerdo nada y más tarde, mi camisa manchada inexplicablemente de sangre, cerca de los puños.

 

Formas de conversación

El puñal tiene su política silenciosa que respeto pero que no comparto. Debo aceptar que a mi me gusta más la conversación de un buen tiroteo. No ya el griterío medio irrespetuoso de un bombardeo o la falta de coherencia de una granada de fragmentación.

Lo mío es la búsqueda del estilo adecuado que haga de la trayectoria y el impacto un argumento demoledor.

 

Están mirando

Puede que digan que no me están observando, pero lo están haciendo. Atentamente. Aunque disimulen yéndose de mi presencia. Cualquier excusa es buena para vigilar mis movimientos, hasta cuando me quedo inmóvil y parece que nada nuevo fuera a pasar, que finalmente algo definitivo hubiese llegado, pero después nada de eso, porque, por ejemplo, suena el teléfono y debo ir a atender y aunque era número equivocado, tengo la sensación de que algo querían, algo estaban buscando.

 

Otra vez

Ícaro cayó bastante chamuscado a decir verdad. El golpe contra el suelo tampoco ayudó mucho. Dédalo trató de contenerse y no decir: te lo dije, pero se le notaba en la mirada. Ícaro esbozó una disculpa, tratar de justificarse diciendo que, bueno, que al menos lo había intentado, que era mejor eso a quedarse quieto ahí, sin hacer nada.

–Pero no tenías que ir tan arriba para salir de acá –dijo Dédalo.

Ícaro se encogió de hombros. Aunque le ardía toda la piel, no dejaba de pensar en las piruetas que podría ensayar cuando su padre terminara su siguiente invento para escapar del laberinto: la catapulta.

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