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Minificción de los jueves: Alberto Hernández

Alberto Hernández | Foto Cortesía

Alberto Hernández | Foto Cortesía

(Venezuela, 1952). Periodista, poeta, ensayista, cronista, narrador. Fundó la revista literaria Umbra. Ha publicado entre otros, “La mofa del musgo” (1980), “Amazonia” (1981), “Bestias de superficie” (1993), “Fragmentos de la misma memoria” (1994), “Nortes (1994), “Virginidades y otros desafíos” (2000), “Puertas de Galina” (2010), “Stravaganza” (2012) y “70 poemas burgueses” (2014). Sus libros de minificción son: “Cortoletraje” (1999), “Poéticas del desatino” –Aforismos– (2011) y “Relatos fascistas” (2012). Estos textos pertenecen al libro inédito “Los días inconclusos”

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La mosca y el poema

(Ejercicio para regresar a la niñez)

En  este poema –que no lo es porque es un cuento que quiere serlo– habita una mosca desprevenida.

Intento equívocamente espantarla para poder contarle un cuento a Rebecca, mi hija menor, que por pequeña cree que la mosca escribe el poema que no lo es y que casi llega a ser un cuento... Ella, la niña, sopla el papel donde salta el poema asustado por la mosca.

Finalmente, porque ya me cansé, no así mi hija, tomo la mosca por una pata y le doy una trompada, la envío lejos a un país donde no estropee otro poema, aunque gracias a ella, a la mosca, he escrito esto que no es un poema y menos un cuento, pero le encantaría ser una mosca que habita un poema.


Espejo

(Ejercicio para vengarme de mí mismo)

Cada mañana es una manía nueva. La de hoy consiste en desnudarme y pasear por toda la habitación con el espejo como único testigo.

Solo que la de este día fue la primera y la última. Alguien a quien conozco se atrevió a entrar por la ventana y meterse en el espejo, seguramente con la aviesa intención de robar cuando saliera a mis asuntos cotidianos.

En un momento en que me creía Aníbal cruzando los Alpes, el tipo salió del espejo y me amenazó con un arma. Me conminó a entrar por el vidrio. Una vez en un mundo distinto, el sujeto disparó contra mí pero la bala no me hizo daño. Entonces el hombre en un arranque de deseo de inmortalidad me entregó la pistola. Me pidió que le disparara a la cabeza, y así lo hice sin dolor alguno. La sangre y la masa encefálica mancharon el lugar donde estábamos.

Con el cañón aún humeante, entré de nuevo a mi habitación asustado y nervioso por el estruendo.

–La inmortalidad llega cuando se construye a diario –me dije desolado frente al espejo.


Coda

(Donde finalmente finaliza quien se cree personaje)

Ramiro veía con la calma de siempre la caída del día. La noche comenzaba a derribar la forma de los objetos. Solo la copa de un árbol era tocada por la aureola de una luna a punto de sellar el centro del cielo.

Entonces se levantó, apagó el proyector y quitó la pantalla. El día apareció triunfal contra los ojos sorprendidos de Ramiro. Cerró la ventana y se echó a dormir mientras el sol rayaba con furia el cristal del balcón.


Uno de policías

(Donde si alguien lo apunta con un arma, no corra, pero cuídese)

Un policía se topó con un transeúnte que orinaba al pie de una estatua. Con su mejor cara de policía, el gendarme le llamó la atención al hombre, pero este siguió en su feliz micción.

Un rato más tarde, vemos al peatón muerto frente a la estatua del héroe de la patria. Los que pasan por el lugar miran a un policía sentado al lado de un cadáver.

Cuando las motos, patrullas y ambulancias se hicieron presentes en el lugar del hecho, nadie entendió la actitud del policía. Un primer interrogatorio permitió conocer que el hombre tirado en el piso con el sexo fuera del pantalón, era un borracho a quien se le ocurrió orinar al pie de la estatua. Pero más tarde la verdad casi se aproximó a quienes intentaban ordenar las acciones, durante una segunda ronda de preguntas.

El policía contestó:

–Solo sé que cuando le advertí al ciudadano que no debía hacer eso, me apuntó con su fusil y me disparó un chorro, y como no me mató, disparé y le di.


Fracaso

(Al final de todo nadie es capaz de saberse mortal, pese al miedo a la ficción)

Era un fantasma tan pobre que daba lástima. Sin embargo, su orgullo era tal que un día lo encontraron muerto de hambre en la puerta del Instituto Nacional de Menor, de donde lo recogieron y lo enterraron sin obituario u oración algunos.

Una noche, el fantasma salió de la muerte y se hizo un verdadero fantasma: aprendió a asustar a los vivos y a pasearse por los lugares donde su vida anterior fue tan difícil.

Hasta que se fastidió de la política y pensó en el suicidio.