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Minificción de los jueves: Carlos Oriel Wynter Melo

Carlos Oriel Wynter Melo

Carlos Oriel Wynter Melo

Panamá, 1971. Cuentista y novelista. Ha publicado, entre otros: “Invisible” (2003), “Mis mensajes en botellas de champaña” (2006), “Cuentos con salsa” (2007), “El Escapista y otras reapariciones” (2007), “El plagio” (2012); “Nostalgia de escuchar tu risa loca” (2013), “Las impuras” (2015), “Ojos para ver una invasión” (2015)

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El rey

Un tipo desarrapado cantaba boleros en las cantinas con una guitarra rota.

Y le dije: déjeme declararle, casi declamarle, que usted es un mago. Él respondió –y fue como si preguntara–: ¿por qué? Yo le vi en la cara la sinceridad, tenía en los ojos, clarito, un signo de interrogación. No hablaba por vacilarme así que volví a decirle: Usted es un mago, un verdadero mago, esto que hace es un abracadabra, un portento de la imagianación, un reto a la realidad que es lo mismo que no ser real y a la vez ser más real que lo real.

El personaje había sido cantor experto. En el año de 1970 emprendió un viaje del que no volvió. No soy nadie para culparlo: a veces el mundo es pequeño y la gente muy grande; a veces se escapa uno por la puertecita chueca, por el hoyo de la luna en la noche; a veces se es un David Copperfield triste, un hipnotizador del desespero.

Y él volvió a preguntar: ¿por qué mago?; y yo le dije: usted es un mago porque toca una guitarra que tiene solo tres cuerdas. Y el tipo miró el instrumento como si estuviese en perfecto estado.

Su mirada fue tan transparente, tan honesta, tan mentira y tan verdad, y tan exagerada su honradez que, de pronto, no hubo cuerda que faltara, ni saco que estuviera raído, ni pantalón gastado, ni zapatos con agujeros; de pronto, la ilusión era verdad y la verdad ilusión y el tipo, sobre una tarima enorme, luminosa, con un frac escarchado y fino, cantaba con voz potente algo sobre ser el rey.

 

Norma

Evito mirar a Norma porque tengo profunda desconfianza en los deseos lascivos. Cuando pierdo el dominio de mis ansias y escapa de mi control un vistazo, me reprendo interiormente. A mi pesar, siento un tirón entre las piernas, muy por debajo de la piel.

Mi situación es parecida a la de antiguos monjes que se flagelaban por reconocer al diablo en su mente o corazón. Me castigo con no sentir de ninguna manera a Norma. Y es que si le hiciera caso, mis pensamientos y emociones se harían confusos y me volvería pusilánime.

Después de evitar percibirla, su recuerdo me asedia de manera abstracta. A veces la sueño despierto. Su ilusión se presenta con formas absurdas. Aparece con el cuerpo de mi madre, como lobo que devora mi sexo a dentelladas o como figura blanquecina que desdoblo de mi piel y sodomizo con fuerza.

Esta noche salgo de mi casa mientras sueño. Norma espera con tranquila disposición. Algo me advierte evitarla pero es una voz que a lo lejos se pierde. Me acerco a ella y el roce apenas de su piel me da escalofríos. Noto que la calle se inunda y que el agua supera nuestros pies.

Regreso a mi casa melancólico, con el dolor que sigue a todo pecado. Intento abrir la puerta pero está cerrada. Toco y nadie atiende. Me asomo por el ventanal y veo que yazgo en la cama dormido y sin fuerzas.

 

Chicle

Lo nuestro fue hermoso, Sue; bello como un globo de chicle que crece sin parar. Fue lindo como una mañana con sabor a tuti fruti. Lo sabes, preciosa: tus mejillas se encendían de fiesta y chewing gum. Y reías.

Me advertiste –casi fue una amenaza– que la vida es breve. El sabor de la experiencia dura poco. Sí, Sue, eso pensaste. Y escupiste el chicle, ya sin sabor, de tu boca.