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Minificcción de los jueves: Arnoldo Rosas

Arnoldo Rosas / Foto cortesía

Arnoldo Rosas / Foto cortesía

Venezuela, 1960. Novelista, cuentista, excelso jugador de truco. Ha publicado:  “Para enterrar al puerto” (1985), “Igual” (1990), “Olvídate del tango” (1992), “La muerte no mata a nadie” (2003), “Nombre de mujer” (2005), “Uno se acostumbra” (2011), “Massaua” (2012),  “Sembré los muertos” (2013) y “De amores y domicilios” (2014)

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Hamelín

Una calle. Tres casas. Un hombre en la esquina. A sus pies, un gran saco lleno hasta el tope, rezumando sangre. A lo lejos: un maullido.

Tres meses después, tal como había planificado, el flautista ejecutaba en Hamelín.


Asustando a papá

Ese día nos inventamos lo del muñeco.

Mi hermana trajo los cojines y las sábanas. Yo le puse una chaqueta y una gorra. Lo sentamos frente a la peinadora  y nos fuimos a esperar los gritos.

Más tarde escuchamos cómo papá se reía contándole a mamá que quisimos asustarlo con un monigote.

Entonces se nos ocurrió lo del cuchillo y la salsa de tomate.

Entramos al cuarto y el muñeco…

¡Qué suerte que volteó a tiempo!

Aún recuerdo sus ojos espantados,  la paliza que nos dio.

Nocturno en Chéster

Estaban acuclillados en el portal. Tenían una vela encendida, una cuchara, una jeringa y no más de quince años. La patrulla llegó en silencio, apenas con las luces de la coctelera proyectando azules en las paredes. Uno de los agentes se bajó. Varios curiosos los rodearon. Luego, una discreta ambulancia. A los pocos minutos se fue con sus luces rojas rasguñando la noche. Después, también los policías y los curiosos. No quedó nadie. Solo nosotros, turistas que miran y miran los escaparates de las tiendas, con una sensación rara repiqueteando en lo profundo. Algo sobre las distancias y el destino de los hijos.


Ausencia

Uno ya no es más.

La pura contrahechura, tan solo.

La nostalgia de lo que falta.

Cómo no verlo, cómo no sentirlo si todo nos lo recuerda: El zapato que sobra. La manga vacía. La mirada ajena. La mirada propia...

Uno ya no es más...

Apenas la ausencia.

Saudade

Y así, de pronto, en la vecindad de la tormenta, cuando los relámpagos deslumbran en la lejanía y los truenos estremecen los cristales de las ventanas de la casa, aterido de miedo sin saber dónde huir, me descubro, niño otra vez, domingo de sol, comiendo helados en la plaza Bolívar de mi pueblo.


Después no habrá nada

Después no habrá nada;  solo un largo silencio, el vacío, nada. Tú lo sabes, todos lo sabemos. Anda, deja ya de hacernos perder el tiempo. Ponte tu mejor traje, los zapatos nuevos, el reloj de oro. Péinate y métete de una vez en la urna que todos te estamos esperando.

Tránsito

Por el otro canal, a veinticinco autos de distancia, entre bocinazos y el humo renegrido de los tubos de escape, va la mujer de mis sueños: Inalcanzable.


Cuando llegue la noche de las trompetas

Vamos, deja que los celos te engañen. Permite a la inseguridad presionar el gatillo. Pero, como muestra de mi inocencia, te pido que, cuando se derrame, bebas, por favor, la sangre de mi cuerpo, como un vampiro, como un cristiano, para poder resucitar en ti, cuando llegue la noche de las trompetas.

Prisión

En esa calle, en esa esquina, en esa casa, en ese cuarto… En el calor de las tres de la tarde… En el reflejo fraccionado del espejo roto de la peinadora… Levanté tu bata. Aprisioné tus senos. Sobé tus partes con furia. Mordisqueé tu cuello hasta sangrarlo… Respondiste mordiscos con besos; agresión con caricias; rabia con cariño… Me dejaste, eternamente allí, en esa calle, en esa esquina, en esa casa, en ese cuarto… En ti.

Lo celestial trepa en las paredes

En la Capilla Sixtina, lo celestial trepa por las paredes y hace explosión en la cúpula. Desde abajo, nosotros, minúsculas almas terrestres, contemplamos en éxtasis el espectáculo, atormentados por nuestra ignorancia y el tumulto, al compás de los gritos persistentes de los guardias: ¡Silencio! ¡No vídeos! ¡No fotos!

Sacrificio

Llegó un día y dijo: No comprendo cómo este pueblo, ¡casi una ciudad!, que tiene dos curas, un bar frente a la plaza, más de cinco mil habitantes, su cancha de bolas criollas, tres galleras, su burdel con cuatro putas, dos ferreterías, veinte bodegas, un Club Progreso, un paseo frente a la playa con su fuente y todo, ¡no tiene un loco!

Es inconcebible: con quién, entonces, los muchachos van a descargar su violencia, a quién le van a poner sobrenombres, a gritar groserías, a tirarle piedras. Con quién nuestras pías damas van a ejercer la caridad para obtener su justo puesto en el Cielo. A quién le vamos a echar las culpas de los desastres. Con quién vamos a asustar a los muchachitos para que se coman la comida y se acuesten temprano. ¡Hay que hacer algo, señores!

Por ahí anda, raído de sol y lluvia, la cara tiznada, apartando moscas inexistentes, dándole golpes a una perolita.

Mal de amores

La carcajada fue general cuando dijo que estaba enamorado de una sirena. Hoy todos están en la mar buscando su cadáver.