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Michel Houellebecq, la reinvención del Absurdo

Michel Houellebecq | Foto Cortesía

Michel Houellebecq | Foto Cortesía

Papel Literario dedica el especial de esta semana al poeta Michel Houellebecq, “uno de esos escritores de porte desgarbado, ajeno en apariencia a las vibrantes luchas de la vida, que no escribe por escribir, sino para publicar”

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A raíz de la caída del Imperio romano en el siglo V después del saqueo de Roma por las huestes de Alarico, Marco Terencio Varrón, el gramático más influyente por aquellos días en Roma, dijo que eso había ocurrido porque los romanos dejaron de lado a sus dioses tutelares. San Agustín, a la sazón obispo de Hipona, en el norte de África, región considerada entonces como el granero de Roma, respondió a Varrón, diciendo que Roma había caído por la depravación de las costumbres y no por la influencia de “nuestro Cristo”. Lo hizo en un discurso titulado Sobre la destrucción de la ciudad (De urbis excidio). Ese discurso, considerado como uno de los más célebres de todos los tiempos fue, al mismo tiempo, el esquema sobre el que se levantó posteriormente una de las obras monumentales del pensamiento universal: La ciudad de Dios. Pero lo cierto es que sobre las ruinas del Imperio romano se levantaría durante la Edad Media toda una civilización de catedrales y sedes de acatamiento al Dios de los cristianos, fundamento de la civilización occidental.

Así las cosas, poco más de un milenio y medio después, un novelista francés Michel Houellebecq, en una novela titulada Sumisión, plantea que esa civilización cristiana, tan  abarcadora en el tiempo, está siendo sustituida por el Islam que irrumpe sobre las cenizas de la fe cristiana en mengua. De acuerdo al novelista, el Dios tutelar de la civilización occidental, ha sido marginado, como hubiera dicho el viejo Varrón y su puesto va a ser ocupado por otra civilización de contenido religioso, la cultura musulmana, caracterizada por unas creencias  no exentas de fanatismo.

Houellebecq es uno de esos escritores de porte desgarbado, ajeno en apariencia a las vibrantes luchas de la vida, que no escribe por escribir, sino para publicar y para ello es necesario someterse a los efectos de una promoción de marketing cuidadosamente elaborada. Ese fue el signo bajo el que ha aparecido su novela con un título perfectamente adecuado al tema que encara.

Gustavo Flaubert, a quien la justicia quiso meter mano después de la publicación de Madame Bovary –un hito, por lo demás,  de la literatura universal– dijo entonces que no entendía por qué se le perseguía por haber escrito una novela sobre nada, un libro que carecía de referencias externas, sostenido, en todo caso, por la fuerza interna del estilo. No era del todo cierta esa afirmación; escribir sobre nada, quiere decir  escribir sobre todo.  En el caso de Houellebecq, late en las páginas de Sumisión la sociedad que está emergiendo, las formas de vida que la sustentan, y de manera especial, las crisis surgidas con mayor o menor intensidad una vez que la globalización ha venido a instalarse a plenitud, destapando todo lo que ocurre en un momento dado en cualquier sociedad, borradas las fronteras, como han sido, para la difusión de la  información.

Sumisión contiene un mensaje tramposo. Quiere ser, sin lograrlo, una suerte de testimonio sobre la preocupación europea frente a la imposibilidad de asimilar a los millones de inmigrantes de fe musulmana que pululan por el alfoz de las ciudades europeas. Lo cuenta, en primera persona, el protagonista de Sumisión, un maestro de conferencias en la Universidad de la Sorbona y profesor titular de la misma después de la defensa de su tesis doctoral sobre el escritor novocentista francés Joris-Karl Huysmans al que rescata del olvido. Aunque el protagonista no siente especial devoción por la docencia, su interés se centra en sus colegas, y de manera especial, en algunas alumnas a las que va convirtiendo en amantes, de manera especial a una tal Myriam, estudiante de origen judío. “Durante todos los años de mi triste juventud, Huysmans fue para mí un compañero, un fiel amigo: de ello no me cabe la menor duda, al que nunca intenté siquiera abandonar y menos cambiar por ninguno otro”. Así arranca este primer capítulo de Sumisión que entronca con lo mejor de la literatura escrita en lengua francesa y que como en El extranjero, de Albert Camus, lleva implícitas las claves de lo que va a ser el tema de la novela. Huysmans  es un escritor olvidado que desarrolló su vida  dentro de un pesimismo enfermizo al que contribuía su visión de las decadentes costumbres de su tiempo. Encontró, finalmente remedio en un monasterio trapense, en el cual como única concesión, se le permitió –después de haber instalado un extractor elemental de humo en su celda– a seguir con su adicción al tabaco.

Como en las novelas anteriores de Houllebecq, el protagonista de Sumisión tiene que hacer frente a la muerte del padre con quien había roto cualquier tipo de relación desde hacía diez años, y de él hereda lo que va a constituir la posibilidad de sacar la vida adelante, junto con la jubilación anticipada que le es otorgada, con solo dos años de haber ejercido la docencia en la Sorbona, por las extrañas  circunstancias políticas a las que se ve sometido el país.

Ocurre que al concluir el segundo mandato de Hollande, se constituye una coalición entre los partidos para que Francia pueda ser gobernada y la presidencia va a ser ejercida por un tal Mohamed Ben Abbes, un musulmán moderado, egresado de una de las famosas escuelas universitarias. Nacido y educado en Francia, Mohamed Ben Abbes es un hombre inteligente y ambicioso, cuya primera misión va a ser, guiado por la astucia de los suyos,  la islamización de la educación, siendo la Sorbona la primera institución a someter a la reforma para continuar, de seguidas, con el resto de la educación. Hay otro dato que es necesario tener en cuenta: el flamante presidente es un asiduo lector de los discursos del Emperador Augusto en el senado romano.

Asiste de esta manera el protagonista de Sumisión a la islamización progresiva de la sociedad francesa, superando los obstáculos que van surgiendo con la ayuda de las colaboraciones financieras de las petromonarquías árabes –los sueldos de un profesor de la Sorbona, junto a otros beneficios, van a equipararse con los de un ejecutivo de una trasnacional– pero para ello, es necesaria la conversión previa al Islam; quien no lo haga, como es el caso del protagonista de Sumisión, va a ser jubilado con una pensión generosa. El protagonista ve con asombro cómo se van produciendo conversiones al Islam de colegas y amigos, aunados a los cambios en la sociedad, sin mayor apercibimiento de lo que sucede, en relación, por ejemplo, con la exclusión de la mujer de la vida pública y al cambio de uso, tanto en la alimentación como en  el atuendo que poco a poco se va adaptando a  la cultura  islámica.

“Es la sumisión, esa idea asombrosamente simple, nunca antes expresada con tanta fuerza en el sentido de que la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta. Es una idea que no me atrevería a exponer entre mis correligionarios –dice el  colega Rediger desde su puesto de mando de la Sorbona islamizada– porque la juzgarían punto menos que blasfema, pero que reviste para mí una  gran importancia entre la sumisión absoluta de la mujer al hombre, tal como se describe en La historia de O, y la sumisión del hombre a Dios, de acuerdo a lo que sostiene el Islam”. 

Pero la meta de Mohamed Ben Abbes, como presidente de la República francesa, no se va a limitar a la islamización de Francia. Abriga otras ambiciones: Se trata de volver a establecer el viejo imperio romano formando una suerte de Unión Mediterránea con las naciones árabes del sur sobre las cenizas de un cristianismo reducido a simples ritualismos, sin efecto de mayor influencia sobre la conducta de quienes se consideran cristianos. “Las civilizaciones no mueren asesinadas, se suicidan,” había dicho Toynbee y sobre esta base piensa el flamante Ben Abbes, asimilado en apariencia a la cultura occidental pero que, en el fondo, obedece al fanatismo dentro del que había sido educado e influenciado por la lectura de los discursos del Emperador Augusto.

La vida del protagonista de la novela –repito– dentro de este contexto que ha dividido a los lectores de Sumisión en pro y en contra, se ha trasformado a la largo con las implicaciones concomitantes a esta suceso, en una suerte de fábula perversa.

Pienso que la aspiración de Houellebecq –tan ajeno él a lo contingente– ha sido la misma con la que Camus y Kafka levantaron la fama que los inmortalizó al destacar la presencia del absurdo dentro de la que se desarrolla  la existencia humana

Sumisión es una novela anclada en el absurdo, escrita mediante ese procedimiento que es una de las claves del idioma francés mismo: la liaison, esa manera de concatenar una palabra tras otra, un capitulo con otro,  para lograr que el lector vaya devorado la novela, acuciado por la curiosidad del vamos a ver qué es lo que pasa aquí. Sobre todo, teniendo en cuenta que lo que pasa es justamente el argumento de Sumisión, o sea la vida cotidiana en una ciudad como Paris bajo el Islam, de manera especial en sus manifestaciones de gozo y fastidio que bordean la existencia humana y que el protagonista asume como suya.

Dos absurdos en uno, pero dentro de una escritura deliciosamente tramposa, que ronda con ciertas técnicas de inducción: la sustitución inverosímil de una cultura por otra y la manera  de proponer el tema. No faltan páginas en el empeño, sobra más bien  algún capítulo, uno de tinte marcadamente pornográfico, al menos. Los trazos con los que a lo largo de la novela se deja constancia de la presencia de Myriam que sorprende inesperadamente a quien fuera su profesor y amante  al dar respuesta al eslogan Soy francesa y judía al mismos tiempo ¿Debo marcharme? Y se va Myriam a Israel dejando abierta una herida en el protagonista de Sumisión que no llega a cerrarse y que viene a ser como la nata sentimental del pastel que Houellebecq se ha fabricado con esta reinvención del absurdo.