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Métafora de la nostalgia
Suma de Venezuela, de Mariano Picón Salas

Mariano Picón Salas | Foto: Archivo

Mariano Picón Salas | Foto: Archivo

Junto a Alejo Carpentier y Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas fue una de las más destacadas figuras intelectuales de los años 50. Aun cuando desde su oficio ha abordado la Historia y la novela, el autor de Suma de Venezuela es considerado uno de los grandes ensayistas de América Latina. Mucho tiempo después de su muerte, con la edición de sus obras completas a cargo de Guillermo Sucre bajo el sello de Monte Ávila Editores, se ha planteado la necesidad de incorporar a la actualidad cultural venezolana el aporte inmenso que yace en la obra de este escritor

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Mariano Picón Salas adoraba los mapas. Y tenía un abuelo maravilloso que supo hacer de él, cuando todavía era un niño regordete y de mirada lánguida, un viajero empedernido. Educado en Francia, el viejo Federico Salas Roo quiso enseñarle a su nieto que el mundo no acababa en las faldas de Mérida y un día le regaló con un Almanaque de Hachette: Ecuador, Madagascar, Turquía… cuántos nombres extraños vinieron a juntársele con los de aquel Mapa Físico y Político de Venezuela que tenía colgado en una de las paredes de su cuarto. Entonces no era miope y lograba avistar desde lejos que el país tenía sólo trece estados y que en él acontecían “cosas extraordinarias” como que “el General Gómez arrebataba el poder al Presidente Castro”.

“Comprensión de Venezuela”, el texto que da título al libro publicado por Mariano Picón Salas en 1949 –el mismo que en una edición ampliada pasaría a llamarse Suma de Venezuela en 1966–, comienza con una descripción de las que sólo es capaz de hacer alguien que ha domesticado su espíritu en el acto de soñar ante los mapas. De alguien curioso por los pequeños detalles y las metáforas.

“El pie de la isla de Bonaire, que yergue su talón de futbolista contra las Antillas más lejanas –dice Picón Salas mientras enumera ‘los pedazos de nuestro continente que en época remotísima se llevó el mar de los Caribes’–; la lámina del cuchillo de Curazao –verdadero cuchillo de pirata holandés–; las gallinitas cluecas bien acurrucadas en un suave nidal marítimo de las islas de Aves...”.

Mariano Picón Salas nació en Mérida el 26 de enero de 1901 y tenía once años cuando vio por primera vez el mar. El viaje, también el primero de su vida, ocupó siempre un lugar privilegiado en su memoria: Curazao, con el “gusto de las galletas de jengibre”, le abrió una pequeña rendija sobre la historia contemporánea de Venezuela imposible de obviar para un "muchacho de aguda sensibilidad", como él mismo se define en “Límites de Venezuela: la isla de Curazao”. El personaje de Juan Vicente Gómez fue una de sus obsesiones y en las cercanías del puerto de Willemstad, oyendo las historias de vencidos emigrados venezolanos, fue donde supo que aquel "hombrecillo desmirriado, mal vestido y de ojitos de parapara" era un verdugo.

El Ejercicio de la Nostalgia

La vocación de escritor nómada es determinante en la vida y la obra de Mariano Picón Salas. No hay un libro del humanista merideño en el que Venezuela no aparezca, y sin embargo, como contabiliza Simón Alberto Consalvi en Profecía de la palabra (1996), apenas vivió en el país siete años, “descontados los primeros 22 de su vida, de su niñez y de su adolescencia, que terminan en 1923 con su viaje a Chile”.

En Chile, Checoslovaquia, Estados Unidos, Colombia, México, España, Brasil, Francia, como si pudiera cargarse con un país a cuestas, Picón Salas nunca dejó de escribir el relato de la historia venezolana. Aunque estuviera ganándose la vida en el mostrador de una venta de muebles viejos en el puerto de Valparaíso, o caminando por el puente Carlos en Praga. Escribir sobre Venezuela era para Picón Salas un ejercicio de nostalgia. Un lenitivo.

Suma de Venezuela recoge 33 artículos y es la expresión más acabada de ese empeño: del emigrante que se niega a la pérdida temporal de las referencias que supone siempre el hecho de estar fuera. Tal vez el método no sea el más apropiado, pero si se miran con cuidado las fechas en que fueron escritos o publicados cada uno de los textos, no es descabellado decir que en su mayoría fueron fraguados fuera del país o, en su defecto, durante brevísimas estancias dentro.

“Formación y proceso de la literatura venezolana” es un recuento minucioso y actualizado, y lo escribe entre agosto y septiembre de 1938 en Caracas, pero después de doce años de exilio en Chile; “Vísperas venezolanas” y “La aventura venezolana” fueron publicados en 1960 y 1963, cuando era embajador ante la Unesco en París; “Para un retrato de Alberto Adriani” (ministro de Hacienda durante el gobierno de Eleazar López Contreras, y el amigo más entrañable de Picón Salas) fue escrito en Praga, en agosto de 1936, días después de que Adriani fuera encontrado muerto en una habitación del hotel Majestic; “Proceso del pensamiento venezolano” se publicó por entregas en El Universal en abril de 1937, mientras dejaba Praga, tras su intempestiva destitución como Encargado de Negocios, y partía nuevamente a Chile; “Comprensión de Venezuela” fue escrito en 1948, cuando su biografía consigna una nueva mudanza, esta vez de Colombia a México.

Guillermo Sucre, conocedor de la obra de Picón Salas como pocos, pondera el alcance de Suma de Venezuela: “Es la más cabal síntesis –por sus ideas, por su don verbal– de lo que él creía: Venezuela era historiable porque era un pueblo con memoria de la aventura. Y ya sabemos lo que quería expresar cuando hablaba de aventura: el arrojo con que los hombres y los pueblos llegan a encarar el destino; aunque éste les sea adverso, el arrojo mismo es ya prueba de conciencia de libertad”. “Comprender a Venezuela, dar una imagen real de la vida venezolana, auscultar la cultura de Venezuela fue su afán de cada día”, escribió Ángel Rosenblat, buen amigo de Picón Salas. Para el autor de Buenas y malas palabras, todo lo que escribió Picón Salas es “una constante y reiterada tentativa de Comprensión de Venezuela”. Este, dice, es el título de una de sus obras, “pero bien podía serlo de sus obras completas”.

El Drama de Regresar

Mariano Picón Salas regresó a Venezuela después de doce años de un fructífero exilio chileno, justo cuando murió Gómez, en 1936. Allá vivía, tal como lo describe Héctor Fuenzalida, citado por Consalvi en su biografía de Picón Salas: “Siempre con ese aspecto provisorio de la primera instalación, en la que la única nota permanente eran sus cuadros de Reverón y Poleo, sus cerámicas y sus libros amigos en un magnífico desorden impiadoso, abandonados sobre las sillas, con infinitas dedicatorias e, incidentalmente, en una frágil y avara estantería. Mariano miraba sus libros, los hojeaba cariñosamente. (…) Una maquinilla de escribir iba y venía sobre este tumulto de papel, en cuyos rodillos siempre había una página empezada".

Pero la errancia de Picón Salas no fue sólo su gloria, sino también su tragedia. “No dejé de vivir a mi regreso a Venezuela –cuando la vejez se llevó, por fin, a Juan Vicente Gómez– el drama de los emigrados que retornan”. Para muchos venezolanos, el historiador había cometido un grave error: escoger la independencia, la libertad de pensamiento y la vida. “A todos los que regresan –desde el glorioso ejemplo de Miranda hasta el mínimo de los viajeros de 1936– se les cobra un obligado peazgo sentimental. Es la confianza del sedentario contra el nómada; el explicable temor de que los usos, métodos y hábitos mentales que pudimos adquirir en nuestra peregrinación choquen contra el sistema de defensas y rutinas de los que se quedaron”.
     Ante las críticas –casi todas en la arena política, en la que el autor tuvo una fugaz y decepcionante incursión que cambió luego por la diplomacia–, Picón Salas respondía a veces con excesiva amabilidad (“son las palabras las que producen las más enconadas e irreparables discordias de los hombres”), pero su balance final fue tan lúcido como venenoso: “A los que pensábamos y queríamos poner nuestro pensamiento por encima del chismorreo, los prejuicios o la intriga aldeana, se nos llamaba –cuando menos– ‘inadaptados’ o ‘extranjerizantes’. Para considerarnos y tomarnos en cuenta, para empezar a ser personas serias cuyos argumentos vale la pena analizar, quería sometérsenos a una especie de áspero noviciado sufriendo el doble embate de la estupidez resentida y del formulismo retórico con que durante largo tiempo los venezolanos escondieron su palpitante tragedia”.

El alma venezolana

Cuando se publicó Comprensión de Venezuela, todavía no existía el concepto de “identidad”, tal como se conoce ahora, no era común u obsesivo, y más bien se hablaba de “alma”, y en parte eso fue lo que trató de penetrar Picón Salas, aunque desde un comienzo apuntó más lejos: estudiarla como un continuum histórico al que había que comprender tanto en sus reiteraciones como en sus modificaciones.

El libro fue bienvenido con un entusiasmo insólito, sobre todo en las nuevas promociones literarias, que habían bebido su destreza crítica y sus alardes estilísticos en Formación y proceso de la literatura venezolana (194). José F. Sucre Figarella llegó a compararlo con el libro de Mallea entonces muy leído y discutido, Historia de la pasión argentina (1937), como desde 1949 empezó a serlo aquella nueva mirada del país.

Entre las constantes que Picón Salas maneja en Suma de Venezuela resulta imprescindible rescatar una: su negativa a reducir la Historia de Venezuela a la desoladora metáfora de país que ha alternado sistemáticamente épocas gloriosas con épocas negras, su resistencia a abusar de la nostalgia por la gloria independentista para justificar “lo que terminamos siendo”. El reto, según él, era infinitamente difícil: cada vez que le preguntaban qué era lo que había que cambiar en Venezuela respondía: “el alma”, “el alma abatida y derrotada”.

 

Suma de libros

Compresión de Venezuela fue un libro que no paró de crecer ni siquiera con la muerte de Picón Salas. La primera edición la hizo el Ministerio de la Educación en 1949; la segunda, corregida y aumentada, la puso en circulación Aguilar (Madrid, 1955), en su Colección de Autores Venezolanos. Luego vino Suma de Venezuela, que fue el último libro preparado por Picón Salas.

La selección de los ensayos regados en revistas, periódicos y en Comprensión de Venezuela, la hizo el mismo autor en 1964, un año antes de su muerte, y fue publicada por el sello Doña Bárbara en dos ediciones en un mismo año, 1966. Finalmente, Monte Ávila, en la Biblioteca Mariano Picón Salas, lanzó en 1988 una edición remozada del libro, añadiéndole una tercera parte (“Creación e imágenes”) en la que se rescatan textos sobre literatura y artes plásticas que aparecieron en otros libros del autor. Es esta la edición que seguramente será más fácil de conseguir en las librerías venezolanas.


El fundador

La deuda de Venezuela con Mariano Picón Salas es inmensa. Su obra literaria e historiográfica, que empezó cuando este tenía 19 años con Buscando el camino (1920), tiene capítulos inolvidables y sustanciales para la vida del país: De la Conquista a la independencia / Tres siglos de historia cultural hispanoamericana (1944), 1941 / Cinco discursos sobre el pasado y el presente de la Nación venezolana (1940), Odisea de tierra firme / Vida, años y pasión del trópico (1931), Regreso de tres mundos / UN hombre en su generación (1959), Suma de Venezuela (1966), y Viaje al amanecer (1943). Pero hay más. Picón Salas fue también hombre de la estirpe de los fundadores. Lo fue con el Papel Literario de El Nacional, con el Instituto Pedagógico Nacional, con el Inciba (actual Consejo Nacional de la Cultura, Concac), y con la revista Arístides Rojas (revista ecléctica), junto a Antonio Spinetti Dini, Enrique Celis Briceño y Mario Briceño Iragorry. Chile, Brasil, México y España también le adeudan ricos testimonios: Intuición de Chile y otros ensayos en busca de una conciencia histórica (1935), Europa-América / Preguntas a la esfinge de la cultura (1947), Pedro Claver, el santo de los esclavos (1950), Regreso de tres mundos (1959), Gusto de México (1952). Finalmente, está la deuda que se tuvo el autor a sí mismo: toda su obra, al tiempo que es la biografía de Venezuela, es una gran autobiografía. El escritor peruano Luis Alberto Sánchez, lo resumió muy bien: “Mariano Picón Salas es su mejor biógrafo”. Los que le conocieron le recuerdan como un hombre amable, tolerante y de sonrisa grata.


Errancia y querencia

Por Jesús Sanoja Hernández

Ángel Rosenblat, conocedor de la obra de Picón Salas como pocos, escribió en la revista Tesaurus, de Bogotá, que aparte de “ciertas creaciones verbales” del proteico escritor, como “problematizar” y “sedentarizar”, este acostumbraba utilizar voces reveladoras, por ejemplo “diáspora” y hasta neológicas, verbigracia “errancia”. Y como signo existencial la errancia fue, ciertamente, el destino de Picón Salas, acompañada siempre, acaso como tormento del ausente, por la querencia: Venezuela incesantemente construida y reconstruida en su memoria, Mérida lanzada a la niñez y la temprana adolescencia en Viaje al amanecer y Regreso de tres mundos, punta y cabo de su gran aventura intelectual.

A la errancia pertenecen el autoexilio en Chile, doce años y meses de voracidad formativa, alineando y revolviendo libros de la Biblioteca Nacional, y buceando en la cultura como un nuevo Andrés Bello; el cargo diplomático en Praga, refugio entonces de los intelectuales alemanes aventados por el nazismo; las incursiones por las universidades de EE.UU, Puerto Rico, y su paso por el Colegio de México, 1951, de donde saldría el libro Gusto de México, país al cual tornaría en 1962 como embajador, habiéndolo sido antes en Brasil y Colombia, y la representación de Venezuela en la Unesco, entre 1959 y 1962.

A la querencia, que comenzó, larvaria, con aquel pequeño libro por él no muy estimado y por mí releído cada vez que deseo deleitarme con su prosa de los 16 ó 19 años, para terminar con Suma de Venezuela, esa admirable selección acometida por él mismo poco antes de su muerte, pertenecen plena o tangencialmente casi todos sus libros y cuatro extraordinarias jornadas: la Misión Pedagógica chilena, embrión del Instituto Pedagógico Nacional, la fundación de la Revista Nacional de Cultura, de la cual fue además primer director; la creación de la Facultad de Filosofía y Letras, en la cual estrenó decanato y de donde saldría la Facultad de Humanidades y Educación, y por último, en el año final de su vida, la presidencia del novísimo Inciba, en cuyo proyecto tanto habían trabajado Miguel Otero e Inocente Palacios, uno dentro del Congreso, otro desde afuera.

Tornando a la errancia, en el período del autodestierro chileno no sólo publicó dos libros de ensayos referidos al país que lo acogió con tanto amor y un volumen de relatos (Registro de huéspedes) y otro con trazos autobiográficos, sino que se carteó con otro merideño ilustre, Adriani, y con quien de regreso a Venezuela daría la batalla para imponer lo que hoy llamamos la socialdemocracia. A este Betancourt le escribió en diciembre de 1932: “Me parece muy bien la línea ‘leninista’, es decir realista, como ustedes están tratando el problema”. Por esos días se sentía atraído por uno de los grupos de izquierda de Chile –Acción Revolucionaria Socialista– pero abrigaba demasiadas sospechas sobre un proceso dirigido por teóricos fanáticos y dogmáticos.

Pero como previo el cubano Hernández Catá en Santiago, al saberse la muerte de Gómez y próximo a regresar Picón a Venezuela, “la política no es para él. Es demasiado intelectual”. Y lo que sucedió después de 1936 lo demostró en demasía: breve paso por Orve y largo, larguísimo viaje por la diplomacia, la cultura, la educación y la rica exploración literaria y creadora.

El excelente texto de Comprensión de Venezuela, cuyos originales preparó en la embajada de Bogotá, en Chapinero, fue editado por el MEN en 1949. Resultó un libro impactante. Representaba una búsqueda del país, el fecundo reencuentro con un rompecabezas de realidades, más que una sólida y compacta realidad. Allí metió la geografía y la gente, “el rumbo y la problemática de nuestra Historia”, la poesía, la Caracas de 1945, el proceso del pensamiento venezolano, el nacionalismo universalista tipificado en Adriani.

Comprensión de Venezuela sirvió, con capítulos desde entonces repartidos temáticamente, como base para armar Suma de Venezuela. Picón añadió aquellos materiales publicados en diarios y revistas, por él considerados necesarios para dar “una imagen sintética y vivaz del país”. Allí está, pues, la querencia por Venezuela.

* Publicado el 3 de mayo de 1998