• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

El Mercal de Guzmán Blanco

Beatriz Sogbe realiza una comparación, a partir de “una carta inédita, en la que Guzmán Blanco ordenaba que se empleara carne y caldo de zamuro (Coragyps atratus) para alimentar a los enfermos de lepra del Hospital de Lázaros de Caracas”, con la idea del Mercal

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Antonio Guzmán Blanco (Caracas, 1829 - Paris, 1899) fue un presidente controversial. Toda su vida fue un viajero consumado, que gustaba de placeres y exquisiteces. En 1863, actuando como ministro de Relaciones Exteriores y de Hacienda, bajo la presidencia de J.C. Falcón, viaja a Londres a objeto de solicitar un préstamo para la nación. Lo logra y obtiene una jugosa comisión por ello. Y las ganas de ser presidente.

Para 1864 conoce París –de la cual se enamora para siempre–, y también a Napoleón III, a su esposa la emperatriz Eugenia y al duque de Morny –que sería su yerno, años más tarde–. También observa las propuestas urbanísticas del barón Haussmann. Ya para 1870, su fortuna es estimaba en cinco millones de francos.

En su primer gobierno, conocido como el Septenio (1870-1877) reorganiza la Hacienda Nacional, funda la Compañía de Créditos con el Estado (del cual es uno de los accionistas), cambia la cara de la capital con las primeras obras públicas importantes, inaugura la Plaza Bolívar y su estatua ecuestre, hace la fachada neogótica de la Universidad de Caracas, los primeros teatros, establece la educación primaria, gratuita y obligatoria, transforma la iglesia de la Trinidad en el Panteón Nacional y coloca los restos de Bolívar, en una ceremonia fastuosa. Construye el Templo masónico y el Parque El calvario. Pero también inaugura dos estatuas suyas, una entre la universidad y el Capitolio. La otra la coloca en El calvario. Como suele suceder, luego que cayó en desgracia, fueron derribadas. También presiona para que la universidad lo nombre doctor en Derecho y lo nombran rector, por tres años, que nunca ejerce. Quizás sea más conocida su pelea con la Iglesia, que elimina el seminario y el convento de las monjas. Para 1888 su fortuna se calcula en cien millones de francos. Nunca entendí por qué los cargos públicos son tan lucrativos.

Por alguna razón que no es menester señalar en estas líneas, me llegó un legajo de documentos antiguos, para certificar. Eso que denominan Memorabilia, que no es otra cosa que objetos de interés histórico, que se refiere a libros raros, cartas antiguas, objetos singulares, mapas antiguos, etc. Y que los legos llaman, cachivaches. Para mi esas cosas tienen el gusto de la memoria extraviada.

Se trataba de una carpeta enorme que contenía muchas cartas antiguas, de cierto interés. Algunas con firmas tan importantes como de Bolívar, Páez, Blanco Fombona, oficios firmados por reyes españoles, etc. Una de esos papeles me dejo impactada. El buen señor no entendía porque me detenía en esa carta –aparentemente sin importancia–. La carta estaba firmada por Antonio Guzmán Blanco –entonces Presidente de la República–, y fechada 1876. ¿Cuál era el interés de la enigmática carta dirán ustedes? Una carta inédita, en la que Guzmán Blanco ordenaba que se empleara carne y caldo de zamuro (Coragyps atratus) para alimentar a los enfermos de lepra del Hospital de Lázaros de Caracas. El mercal de Guzmán, para terceros, era bastante singular. La orden la refrendaban los señores Juan Pablo Rojas Paul como ministro de Relaciones Interiores, Miguel Carabaño como gobernador del Distrito Federal y Eloy González como médico del Hospital de Lazaros. Quizás hace unos años esta carta nos hubiera parecido una aberración de limites exacerbados. Hubiéramos pensado que al Ilustre Americano, como se hacía llamar, le gustaba mucho París y toda la pompa francesa del momento, pero que su sentido de humanidad no existía. Me viene a la memoria una definición de tiranía de Chamfort: un orden de cosas en la que el superior es vil y el inferior envilecido.

El desprecio que algunos gobernantes venezolanos han tenido hacia sus  mandantes no es cosa de ahora.  Un gobierno con miras de futuro –pero futuro de país–, las primeras cosas que debe atender son: educación, sanidad, vivienda y seguridad. Como muchos de ustedes, debo pasar unas cuantas horas al día buscando medicamentos para la tensión. Un especialista me comentó hace días que uno de cada cuatro venezolanos es hipertenso. Lo cual significa que una cuarta parte de la población nacional anda en los mismos menesteres que esta escribidora. Pero además otros buscando retrovirales para enfermos de VIH-Sida, medicamentos para el cáncer y paremos de contar. Ya no hay material de odontología, para laparoscopia. No hay repuestos de ningún tipo. ¿Qué clase de gobierno es este que no tiene capacidad de reconocer sus fallas?

Siento absurdo –por decir lo menos–, que las personas tienen tanto deseo de permanecer en el poder sabiendo que sus conciudadanos estén pasando tantas penurias. De verdad no entiendo. Nos pasamos horas haciendo colas para comprar menos, más caro y de la peor calidad. En vez de trabajar para superarnos, lo hacemos para sobrevivir. Y rezar que no nos enfermemos.  Guzmán fue de esos tiranos que tuvo larga vida, para su tiempo. Es raro los tiranos que llegan a viejos. Pero el siempre estuvo rodeado de la mejor Medicina de su tiempo: la francesa. Las vanitas fueron creadas por los anglosajones cristianos para recordar la muerte. Se basaban en el Eclesiastés: Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Son un tema del arte que me apasiona. Puede ser el punto de partida para la eficiencia de los nórdicos. Ser humilde, sencillo, no gustar de la ostentación, no robar y condolerse del menos poseído. Parece que la corrupción es un mal endémico en Venezuela, que los gobernantes olvidan que son seres humanos –con la misma mortalidad que todos–, y con precaria visión de futuro. Todo lo bueno que pudo haber hecho Guzmán, con esa orden, lo perdió. ​