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Las Memorias de Mamá Blanca. Evocación del paraíso perdido

Teresa de la Parra, novelista venezolana | Archivo

Teresa de la Parra, novelista venezolana | Archivo

Casi siete décadas después de haber visto luz por vez primera, “Las Memorias de Mamá Blanca” siguen encumbrando a su autora, Teresa de la Parra, entre los nombres más grandes de literatura venezolana. Novela que transita los recuerdos de una infancia feliz en un mundo que fue destinado a su desaparición histórica

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“… Este librito encantador que tiene la frescura de un ramo de flores recién cortadas, sí lo es”, respondió convencida la escritora cubana Lydia Cabrera a Rosario Hiriart, cuando esta le preguntó acerca de la coloratura autobiográfica de Las memorias de Mamá Blanca, la segunda y última novela escrita por su íntima Teresa de la Parra y publicada por vez primera, desde París, en el año 1929.

Contaba 30 años para entonces (nació en la capital francesa un 5 de octubre de 1898) y con aquellas páginas, Teresa de la Parra había optado por evocar una serie de pasajes iniciáticos de sus tempranos días, cuando regresa a Venezuela en compañía de sus padres. Desde los dos, hasta los ocho años vivió en El tazón, la aristocrática hacienda familiar ubicada en los alrededores de Caracas. Y los recuerdos de su infancia, las vivencias felices, el regocijo ante una visión casi paradisíaca de todo ese universo rural encarnado en la ficción por la hacienda Piedra azul, el lugar donde se desarrolla la mayoría de los acontecimientos de Las memorias de Mamá Blanca, fueron los acicates de esta historia. Historia plena de pequeñas, divertidas e ingenuas anécdotas de una niña –Blanca Nieves– que, en palabras de Marisela Álvarez (prólogo de la edición de Monte Ávila), “adquiere esa especie de intemporalidad de los cuentos que el hombre ha ido transmitiendo a través de los tiempos”.

A lo largo de un exilio voluntario por Europa, esta “cantora del paraíso perdido”, como definiera Orlando Araujo a Teresa de la Parra, pergeñó su obra. Comenzó a hacerlo en 1926, cuando había sido ya publicada su cuestionada por “feminista” Ifigenia (Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba). Contando con la distancia como mejor aliada –durante un enclaustramiento férreo en Vevey, Suiza; muy cerca de las riberas del lago Leman–, redondeó febrilmente las páginas de Mamá Blanca. “Vivo como una monja escribiendo”, dijo en medio de su letanía, poco antes de finalizar esta, reconocida como la mejor de sus novelas.

 La humanización de la vida

 “A los ocho días de estar en Caracas nos habíamos dado amarga cuenta de que nosotras, las seis niñitas de la Casa grande, ex princesas de Piedra Azul, éramos unas hormigas, peor, mucho peor que la mayoría de las hormigas, quienes al caminar unas tras otras se pierden felices dentro del anónimo y la uniformidad”, dice el lamento de Blanca Nieves, luego de que su familia abandona Piedra azul para instalarse en la ciudad capital. Y es que a diferencia de otros intelectuales de su época como Pedro Manuel Arcaya, Laureano Vallenilla Lanz, César Zumeta o José Gil Fortoul, en esa reconstrucción del pasado que es Las memorias de Mamá Blanca, dejó constancia de su inconformidad con los desafueros positivistas –si cabe el término– de la modernidad. Hay una intencionalidad de rescate, casi utópica, de los tiempos de la Colonia. Douglas Bohórquez, en su texto Teresa de la Parra. Del diálogo de géneros y la melancolía, escribe: “En el plano ético, Las Memorias … expresan pues un rechazo a la deshumanización que implica el progreso moderno, el positivismo a ultranza, al asumir una visión más bien nostálgica y melancólica del mundo”.

En numerosas cartas y conferencias, Teresa de la Parra hizo hincapié en el valor histórico y humano de la Colonia. Aunque con el advenimiento de la era republicana, la Colonia perdió mucho de su estructura de poder, para ella su poder moral no desapareció por completo. En misiva fechada 1° de octubre de 1930 a Rafael Carías aseveró: “Me interesa mucho conocer la Colonia (…) Yo trato de recordar lo más posible los relatos orales de los viejos que conocí en mi infancia cuando no sabía apreciarlos”.

Ubicada cronológicamente a mediados del siglo pasado ­–1855 según cálculo de Elizabeth Garrels, un año después de que José Gregorio Monagas decretase la abolición de la esclavitud (en Las grietas de la ternura. Nueva lectura de Teresa de la Parra)– , Las Memorias de Mamá Blanca aborda las impresiones de una pequeña de cinco años, tercera de una camada de seis niñas, que conviven en el mundo bucólico y libre de la hacienda productora de azúcar cimentada en las cercanías de la capital. Parte de las notas entregadas sobre su infancia por Mamá Blanca a la escritora, con quien no la unía parentesco alguno, salvo una profunda amistad cosechada a lo largo de los años.

En ese terruño natal, la autora establece las relaciones de complicidad de Mamá Blanca –o de la niña Blanca Nieves– con las hermanas (su admiración ante la fuerza “despótica” de Violeta); redondea los contrastes afectivos de sus padres (la romántica dulzura de la madre y el respeto que le inspiraba el poderoso padre, a quien nunca la providencia lo premió con el tan ansiado hijo varón).

También, la novela desenmascara el impacto que produce la muerte (la vaca Nube de Agüita o la hermana Aurora quien, recién llegada a Caracas, fue víctima de sarampión y tos ferina), en aquellas almas inocentes y se encarama en los entornos social y natural de la hacienda. “Por fin, más allá de la casa y de la cocina, había el mayordomo, los medianeros, los peones, el trapiche, las vacas, los becerritos, los mangos, el río, las mariposas, los horribles sapos, las espantosas culebras semilegendarias y muchas cosas más que sería largo enumerar aquí”. A lo largo de 168 páginas serenas, los ojos de Blanca Nieves van describiendo personajes emblemáticos de un país que experimentaba un profundo proceso de transformaciones políticas, sociales, culturales y económicas. Están Evelyn, la estricta mulata traída de Trinidad, quien con su español desprovisto de artículos “exhalaba a todas horas orden, simetría, don de mando, y un tímido olor a aceite de coco”; Primo Juancho, el ilustrado europeísta “de elegante pobreza”, según categoriza Rosario Hiriart, cuyas pasiones lo ayuntaban por igual con los liberales y conservadores; el querido Vicente Cochocho, peón de hacienda tan feo como su apellido, pequeño de estatura física y “grande por la bondad de su alma”, quien se expresaba con palabras propias del siglo XVI (ansina, truje, aguaitar, mesmo, etc.) y se unía a cuanta montonera emprendían las hordas caudillescas, para luego regresar a Piedra Azul con la satisfacción del deber cumplido.

Las memorias de Mamá Blanca constituye la primera gran novela de evocación de la literatura venezolana. Mirada al pasado de una joven escritora cuyo nacimiento en París coincidió con los días de la Belle Epoque y cuya adolescencia estuvo signada por una severa educación religiosa en España, y que se alimenta de una tonalidad intimista, muy cercana a la oralidad y a un depurado sentido del humor (muy a diferencia, por ejemplo, del tono solemne y epopéyico de Doña Bárbara, publicada ese mismo año, 1929, y que aborda el mismo conflicto entre civilización y barbarie). Un libro que, ciertamente, posee la frescura de un ramo de flores recién cortadas.

Dos nuevos cuentos de la señorita

Un par de historias relativamente desconocidas se han añadido a la bibliografía –amén de los numerosos estudios sobre su vida y obra– de esta autora que falleció a los 37 años, un 23 de abril de 1936. Fecha curiosa –23 de abril– que coincide con las muertes de otros dos inmaculados de la literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare y que se ha instituido en Venezuela como el Día del Idioma. De este modo, la serie Carriel 1 y 2 de la Colección Unicornio, publicó el pasado 23 de abril, y por primera vez, los títulos La Mamá X y La Señorita Grano de Polvo, Bailarina del Sol, cuentos que hasta ahora solo habían salido a la luz en Bibliotecas Ayacucho. Ambas consideradas por la crítica como cuentos para adultos, y que ahora se editan bajo la premisa de ser historias fantásticas para jóvenes, La mamá X, de 63 páginas. Contará con ilustraciones de Norma Ruiz, mientras que La señorita Grano de Polvo, Bailarina del Sol, acompañada de una serie de fotografías de Teresa de la Parra. Ambos con contratapas de Velia Bosch. Un par de ricos hallazgos para seguir leyendo y releyendo a la señorita que escribió porque se fastidiaba.

 

Teresa entre dos novelas

Por Jesús Sanoja Hernández

Con prólogo de Francis de Miomadre, a quien bastante le debió la entonces “nueva literatura” venezolana, apareció en París (Editorial Franco-Iberoamericana y 255 páginas de texto exploratorio del “alma femenina”, la novela Ifigenia. Corría 1924 y la prensa caraqueña se ocupaba, a través de crónicas enviadas desde Europa, de mujeres singularísimas como Isidora Duncan, “loca vibración inmóvil” de la danza, Eleonora Duse, la italiana que en las tablas rivalizó con la Bernhardt y que murió aquel mismo año, y Sofía Casanova, española que en el periodismo y la narrativa había penetrado en los “ismos” políticos e ideológicos.

Hasta entonces, pese a que parte del diario de la señorita que “escribió porque se fastidiaba” había sido publicado en diario capitalino, Teresa de la Parra, nacida Ana Teresa Parra Sanojo, no había llamado la atención. Uno de los primeros escritores en saludar la obra fue Enrique Bernardo Núñez, el 31 de Agosto de 1925. Aunque en su artículo EBN no se desbordó con su característico don crítico, sí anotaba el sacrificio de María Eugenia Alonso (esa nueva Ifigenia “vencida por los prejuicios”) como significativo contraste con César Leal, “director de un Ministerio, con sus ideas dogmáticas, su automóvil Packard, una botonadura de rubíes y su famoso discurso en el Senado”.

El 25 de noviembre de 1928, Teresa le escribió una carta a Enrique desde París, en la cual, como en otras tantas de su epistolario, contraatacaba. Un tal Carlos de Villena, seudónimo con “furia moralista”, había editado un folleto en Bogotá, pleno de chabacanerías y prejuicios: “A lo mejor –replicaba Teresa– Villena es un ungido cura o sacerdote, pero en todo caso es un sátiro”.

Bogotá, para ambos, equivalió a un trauma político, pues Núñez había sido atacado por el estudiante Gonzalo Carnevali, con cuatro años en La Rotunda a cuestas, y lo mismo habían hecho los jóvenes exilados con Teresa, a sus paso esta por Colombia, tal como lo relata José Vasconcelos en el tomo El proconsulado. Teresa le habría dicho al maestro de América: “No niego que es malo Gómez, Vasconcelos (...) pero ¿con quién vamos a sustituirlo?”.

Estaba por concluir Teresa Memorias de Mamá Blanca y le anunciaba a Enrique que si el libro gustaba seguiría la serie, puesto que la novela terminaba al cumplir Mamá Blanca 7 años. Las angustias de la escritora, tanto por los reproches del destierro como por los de los pacatos, continuaron por algún tiempo, y semejantemente las del periodista y narrador que en 1931 habría de sorprender con Cubagua, para cuya edición, en Le Livre Libre, lo ayudó Teresa, entonces residente en París. Para el momento, Teresa trabaja intensamente en la recopilación de materiales sobre Bolívar “íntimo”, no el heroico. Quería incursionar, como le confesaba al bolivariano Lecuna, en una “vida célebre” novelada. Su obsesión era volver a Caracas, conocerla a profundidad, acercarse a la historia por la vía de los testimonios orales, indagar acerca de la vida colonial, tocar en lo profundo del Bolívar emocional y cotidiano.

Pues bien, entre Ifigenia y Las Memorias transcurrieron 5 años. El puente entre una y otra unió el presente con el pasado, la Caracas de los años 20 con la vida rural a mitad del pasado siglo, la juventud con la infancia, los desafíos de una señorita con el mundo fabulado y fabuloso de la niñez.

Amó Teresa la frescura del relato, el abordaje sentimental, la transparencia textual. En sus cartas se burlaba del “esplendor hermético”, las exposiciones cubistas, las antologías dadaístas, los desenfrenos teóricos de los “minoristas” cubanos (ojo, que por allí venía Carpentier) y en fin, de los impertinentes intelectuales, seres de los que huía tanto como se aproximaba a los inteligentes.

1899 la vio nacer en París y 1936, 23 de abril, morir en Madrid luego de larga travesía por sanatorios suizos y españoles. En 1989 Zulima (Lina López de Arambura) publicaba su segunda novela, Un crimen misterioso, inscrita en el folletín sentimental, y en 1936, la gente del exilio, políticamente cuestionadora de Teresa, regresaba para comenzar la labor substitución de Gómez. Por encima de tales contingencias, quedaron dos grandes novelas de ruptura y un epistolario, que en el caso de las cartas a Gonzalo Zambulbide, equivale a frustrada, aunque bella, novela de amor.

 

* Publicado el 28 de abril de 1998