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Meditación ante La montaña mágica

Thomas Mann

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Ante una obra de la vital dimensión artística de La montaña mágica, solo deseamos y ansiamos morir.

Morir de divina muerte intelectual ante la forma bella que no podemos abarcar ni aprisionar con todos nuestros sentidos.

El humano y estrecho intelecto, se resiente ante mundos tan superadamente elevados, tan múltiples, tan dotados de nociones y de la excelsa sabiduría que el hombre en función civilizadora ha venido reuniendo a través de los muchos siglos de angustiante existencia.

Esa es la perfecta definición de La montaña mágica: quinta esencia de lo universal, concatenación de todas las fuentes del saber, búsqueda de la verdad filosófica, investigaciones en torno a la cultura moderna, deducciones psicológicas en torno al amor, a la muerte, al tiempo y a la enfermedad; desentrañamiento del hecho biológico como pauta a seguir para el mejor conocimiento del ser: poesía en total, poesía densa y profunda, vertical y monolítica, áspera y hermosa, sombría y aleccionadora; el arte en función de gigantesca muralla que detiene soberbia todas las arremetidas que el hombre con su asténica mentalidad intenta.

El arte de Thomas Mann no se nutre en lo alemán. Tampoco en el hombre a solas como ser que piensa, medita y crea a las puras expensas de su intelecto. No. Es el arte vital a través del filtro de la cultura. Consecuencia de ello −prolongación espontánea y natural− viene a ser la categoría de humanista en que es admitido sobresalientemente Mann cuando son severamente medidos y considerados los aspectos, alcances y vastedad intrínseca de su creación. Sus elementos, personajes, argumentos, historias, motivos bases de elaboración y creación, están bañados y sumergidos en los frutos de la gigantesca civilización europea.

Y a la vez −¡oh total imposibilidad del intelecto para abarcarlo todo! −, aprisiona y encierra el nudo cósmico del hombre: el subconsciente trabajando incansablemente, la meditación ante el hecho inaprisionable de la realidad científica, las pasiones vistas a través de la enfermedad, la poesía en el rol de virtud ante el hombre, la ciencia y la cultura.

De allí, que nuestra mentalidad se resienta. De allí, que nos sintamos inútiles, atados de pies y manos, ante obra tan monumental. Y sólo pedimos y ansiamos morir: morir de divina muerte intelectual ante la forma bella que no podemos abarcar de un solo vistazo con nuestros pobres y escasos sentidos.

 

II

Thomas Mann necesitó doce años para escribir y concebir La montaña mágica. Se le ha criticado lo extenso y pesado de la narración. Cerca de mil páginas tiene la edición vertida al castellano por Mario Verdaguer. Pero el genial escritor alemán −el genio más puro e inmenso que en la actualidad vive−, ha gozado de todos los derechos, de todos los poderes, para escribir tal obra. Si cuatro volúmenes de igual dimensión hubiese tenido que escribir para darnos su mensaje, cuatro volúmenes tenían toda la humana razón para ser escritos, porque antes de La montaña mágica, faltaba en la literatura del hombre civilizado uno de sus pilares más sólidos y vitales, y después de La montaña mágica, se ha conquistado para el arte la bella acepción de la enfermedad y del conocimiento en función hermosa de auténtica creación.

Millares, millones, billones, trillones de libros ha escrito y escribirá aún el hombre desde que las letras conquistaron poder de supervivencia. Ya lo dice claramente Stefan Zweig: "Yo sé que los libros están hechos para unir a los hombres por encima de la muerte y defenderlos contra el enemigo más implacable de la vida: el olvido".

¿Y podemos los hombres de este siglo olvidar la viva palabra de Thomas Mann si sabemos que en ella reside la viva muerte y la esencia viviente de una era fenecida y de otra por llegar?

Entre los numerosos libros que el hombre ha escrito, pocos merecen perdurar. Uno de ellos −el primero, el único, si uno solo fuera−, sería La montaña mágica. Después de ella, todo se torna en cosas vagas y abstractas en torno a una banalidad... (¡Cuántas cosas inútiles escriben los literatos!).

 

III

Como bien ha dicho Guillermo de Torre, La montaña mágica es “la apología de la destrucción purificadora”. Para enfrentarnos a ella, necesitamos purificarnos espiritualmente. Vivir todo un clima de dulce serenidad.

Hay escritores que exigen al lector. Leer obras como las de Thomas Mann, Marcel Proust o Aldous Huxley, requieren −además de una evidente y sólida cultura− un penetrante aliento, un original estado de alma y de inteligencia para que podamos ser admitidos en el delirante mundo de ideas −que no es mundo intelectualista−, por donde se mueven y actúan sus vivas creaciones.

Esta reflexión que hoy publicamos, es como una introducción a un estudio en torno a distintos aspectos de La montaña mágica. Para nuestra particular opinión sobre La montaña mágica, se debiera escribir a manera de exégesis otra montaña mágica.

No seremos nosotros, por ahora, quienes la hagamos. Esta reflexión, así como las siguientes, sólo obedecen a un afán de expulsar esta creciente y avasallante emotividad que nos bulle en el intelecto a raíz de las detenidas y sistemáticas lecturas que hemos hecho a la monumental obra de Thomas Mann

Será, por nuestra parte, una fiel y emocionada venia admirativa, al genio del gran alemán.

 

IV

La novela intelectual −la ficción volcada más allá del sentimiento− acepta pocas veces que el ambiente prive mayoritariamente en el desarrollo e integración del personaje.

Quizá de allí parta la máxima objeción que la crítica ha podido hacer a los grandes autores y cultivadores del género.

Cuando el creador decide romper con todos los moldes y crear si es posible nuevos estilos, nuevas formas y técnicas distintas y vocabularios diferentes que hagan de la obra algo absoluto y hasta personalista, el mundo absurdo e intransigente que se encuentra más allá de los grandes criterios estéticos, no acepta tal victoria del artista sin antes oponer abstrusas resistencias y bellacas contradicciones.

Se habla entonces de arte deshumanizado. Se predica contra el intelectualismo, y hasta se llega a decir que no son vitales los escritores que buscan a través de las fuentes de la cultura universal la humana y eterna verdad.

Thomas Mann, a través de toda su obra novelesca, partiendo de Los Buddembrook, presenta la ficción como una hazaña de integración donde participan tanto la inteligencia como la experiencia vivida y el conocimiento  científico.

Lo voluminoso y gigantesco de La montaña mágica, se debe pues, a ese desorbitado deseo de proyectarse más allá de lo humano sin dejar de ser eminentemente humano e integral.

Ocurre sencillamente al lector poco culto y avezado, al lector pequeño burgués, que no encuentra el campo lleno de florecitas y libélulas, dónde se explotan periféricamente banales y pueriles sentimientos, como acontece en el novelista de gran público, mediocre condición artística, exigua conciencia estética y tirajes espectaculares en ediciones baratas.

Ante La montaña mágica, además del paralelismo filosófico, del contrapunto de culturas que allí densamente se encierra, es digno de admirar el vaciado perfecto de cada uno de los personajes.

El hilo psicológico no decae en ningún momento. Los temperamentos excitados y febricientos que Thomas Mann se recrea en excitar y en hacer más apasionados, forman la vibrante telaraña de una angustiante y delirante poesía vital.

Es el caso del doctor Behrens, pesimista y cínico a veces, amante de la belleza pura y descarnada, y del doctor Krokovski, mentalidad más o menos sensible que busca por intermedio de la disección psíquica de sus pacientes, una claridad al hecho sensitivo y sensualista. El primero, superficialmente, es un hondo materialista de la belleza. El retrato que hace a Claudia Chauchat es toda una sublime y emocionada sinfonía del amor fisiológico. Tanto así, que provoca aquel estado de fiebre volcánica en Hans Castorp que luego le conduce a la maravillosa y encantadora declaración de amor ante ella en el capítulo Noche de Walpurgis. El segundo en cambio, peca de asombrosos altibajos en sus concepciones del amor, de la vida, la muerte y el sexo. Tendrá temas para sus conferencias periódicas este sutil y extraño doctor Krokovski, y seguirá haciendo análisis subterráneos a todas las pacientes en su recatado y penumbroso salón, hasta que la nieve de Davos Platz encanezca de hastío.

 

V

Volviendo al punto primitivo del intelectualismo en la ficción, tendremos que hacer diversos análisis a diferentes autores como Aldous Huxley, Marcel Proust y James Joyce, que han sido también catalogados, en mínima o mayor escala, en la citada condición.

El intelectualismo no es arte deshumanizado como se cree generalmente entre los que así le denominan: es arte superadamente humano, más que humano, si así  lo  queremos.

Nadie puede precisar −y aquí entramos en el plano estético de las relatividades− cuándo una obra deja de ser enteramente vital para caer en el plano de lo ficticio y postizo, disecado y artificioso. Existe, sin embargo, la intuición del creador, la perspectiva del arte sentido por el universal sentidor. La mayor paradoja que le puede ocurrir a un autor tan vital y denso como Thomas Mann es que la humanidad inculta y airada no comprenda, ni reciba su humano mensaje.

Mann, aclara esto afirmando: “creo que la humanidad comienza allí donde las gentes sin genio se figuran que acaba”.

Hermosa concepción que nos saca del plano de lo meramente  abstracto.

Cuando se juzga una obra intelectualista y deshumanizada, sin atenerse al concepto que marca el arte, es porque esta obra ha superado evidentemente el límite estrecho y mezquino que mentalidades de reducida visión y de enana y atrofiada proyección, no han logrado alcanzar por carencia, ya de genio, —como afirma Mann—, o de calidad y sentido vital del arte visto por el lente de la cultura.

Proust, que se hunde en abismos subconscientes tan complicados, enrevesados y complejos como los de la memoria, el recuerdo, la vida fragmentada a través de la remembranza, la música, la pintura, y la belleza toda, no responde a las exigencias arbitrarias de esos criterios estéticos tan mediocres y nivelados.

Joyce, tiene que buscar nuevos elementos, para poder construir la titánica trama del Ulises. Existe allí el hombre como máquina que refleja dentro de sí la acción y los agentes externos por medio del monólogo, la asociación de ideas, a veces el recuerdo, y en otras un despuntar de visiones futuristas y de sentimientos encontrados y  choques anímicos.

El más intelectualista, el verdadero novelista de ideas que es Aldous Huxley, no puede ser situado fuera de las fronteras del arte vital. Contrapunto, novela donde las ideas se baten entre sí como brillantes y afiligranados espadachines recaba situaciones tan humanas, que toda su intención deshumanizante −si es que la tiene− queda radicalmente opacada.

Lo que sucede en Huxley, es que su jactancioso hastío intelectualista, que es común a todos los artistas de asombrosa  y  fantástica  cultura,  no  le  somete  sino  a expresiones tan crudas contra la capacidad de la inteligencia para abarcarlo todo, que el lector poco avezado y el crítico no sagaz, quedan feamente impresionados. Pero feamente impresionados por culpa de su tradicional y acendrado cretinismo.

 

* “Meditación ante La montaña mágica” pertenece al volumen Ensayos, publicado en la Biblioteca Popular Venezolana, por el Instituto de Cultura y Bellas Artes −INCIBA−, en 1967.