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Sobre McLuhan, los medios y el repercutir tribal de su tambor

Marshall McLuhan / Foto Verbum

Marshall McLuhan / Foto Verbum

“Clasificó a la televisión como un medio frío, mientras que consideraba a la radio como un medio caliente. Esta división metafórica de las temperaturas en los medios constituye uno de sus principales exponentes en cuanto a teoría se trata”

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En un mundo que se reinventa constantemente, que se ha vuelto fiel del despertar tecnológico, los medios, a su vez, van asentando su imposición en el dictar del día de una humanidad sedienta de información; y con ello crece abismalmente el peso y responsabilidad que tienen (tenemos) de ser voceros de realidades que no dejen de ser verdaderas, y que sean expresadas de forma moralmente adecuada.

No en vano un tal vez profético Marshall McLuhan, reconocido filósofo y catedrático canadiense, le aconsejaría posteriormente a su hijo Eric, en medio del desarrollo de unos estudios bastante visionarios sobre los medios de comunicación, que sus nietos “no vean tanta televisión”.

Clasificó a la televisión como un medio frío, mientras que consideraba a la radio como un medio caliente. Esta división metafórica de las temperaturas en los medios constituye uno de sus principales exponentes en cuanto a teoría se trata; hecho fascinante y bastante simple para una comprensión flexible del estudio de la comunicación:

“El medio caliente es aquel que extiende, en alta definición, un único sentido. La alta definición es una manera de ser, rebosante de información (…) Un medio caliente (…) no deja que su público lo complete tanto”.

Por ende, medios fríos son aquellos que, por el contrario, son mucho más participativos: llevan una baja definición, porque requiere de la disposición de varios sentidos a la vez; por tanto, las personas han de trabajar sobre ellas para captar el mensaje.

Es comprensible de este modo que McLuhan haya considerado a la radio como cálida, en contraste con el llamado “gigante tímido” que es la televisión.

La radio afecta a su público de forma íntima: es capaz de dirigirse individualmente a una masa de miles, inclusive millones, lo que hace sencillo y digerible temas controversiales, figuras apoteósicas del panorama mundial, que posiblemente frente a una cámara no generarían el mismo impacto que al dejarse entrever por el imaginario humano (es así como se evidencia nuevamente lo delicado que resulta ser, en efecto, el mundo de los medios).

“Cuando la escucho, vivo dentro de la radio”, sería una de las confesiones rescatables que se hacen mención dentro del ensayo “Tambor Tribal”, en alusión a la obra de McLuhan.

Y he aquí la clave del apodar a la radio como el “tambor tribal” de la sociedad (otro de los pilares fundamentales de su pensamiento): esa rimbombante percusión, que hace eco tanto en el corazón de quien hace el llamado al tocarlo, al igual que aquellos que los llamados a escuchar, es responsable de poder “convertir la psique y la sociedad en una cámara de resonancia”. Quizás por ello el medio es, en última instancia, el mensaje.

Este tercer estribo de las teorías de McLuhan es resultante de las nuevas definiciones dadas por él a lo que significa “medio” y “mensaje”. En cuanto al primero, se hace la siguiente observación: “es toda prolongación de nuestro propio ser debido a cada nueva técnica (…) Porque todos los medios, son extensiones del hombre”. En síntesis, un medio es un traje, la luz eléctrica, el televisor, entre otros.

Por otro lado, el mensaje no puede reducirse a simplemente el contenido o información que se transmite. El mensaje es “todo cambio –entendiéndose por cambio a la modificación del curso y funcionamiento de las relaciones y actividades humanas– que ese medio provoca en las sociedades o culturas”.

Semejante función del mensaje en el continuo trazar de la historia de la humanidad, revela lo magnos que se convierten todos los medios de comunicación a medida que se van perfeccionando en sus técnicas y en sus oficios, y lo cual respaldaría el apoyo e interés que sentía el experto sobre la tecnología; al punto que llevarlo a acuñar el término precursor de ese “sueño” llamado globalización, que hoy, en pleno siglo XXI, puede decirse que se ha ido materializando con el desarrollo de la web 2.0, pero que tuvo sus inicios desde la misma radio.

Dicho término es la cuarta y última arista a tratar dentro de las ponencias de McLuhan, y es la famosa Aldea Global. Javier Esteinou, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, explica que para crearla, “McLuhan y sus teorías dieron origen a la prolongación de las instituciones sociales. Nos permite entender que actualmente las guerras no se ganan en el campo de batalla, sino que ahora se obtiene la victoria a través de los medios de comunicación”.

Entonces, ¿cómo no comprender a la radio como la autora de “la primera experiencia masiva de implosión electrónica”? Este sería el punto de inflexión que conecta todos los puntos anteriormente comentados: la radio, con su vibrante calidez, llama a las tribus: las integra, y da cabida a que, como nueva extensión del hombre, forme una cadena que traspase fronteras, sin detenerse en montañas u océanos, y haciendo que las miles de millones de alma agudicen sus oídos al unísono de las voces que construyen el techo de esa aldea en la que todos habitamos.

McLuhan, polémico como él solo pudo crear su obra, fundó esas ideas peculiares y para nada cómodas en una sociedad mundial que, en ese entonces, estaba inmersa en el vilo que generaba el apogeo de la Guerra Fría. Hoy se mantienen más que vigentes dichos pilares de su intelecto, e incluso ofrecen algunas respuestas a aquellos hechos de un pasado que no conviene olvidar; porque es, sin lugar a dudas, la base de todo lo que constituye nuestra contemporaneidad, y lo que ha de venir.