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Papel literario

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Maximilian Schell y la playa del fin del mundo o “This is the End” (Versión lacustre)

Un relato de Norberto José Olivar

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A Manuel Ocando

A. D. 2182

Todo el mundo guarda, en su memoria, imágenes del fin del mundo. La mía, por ejemplo, es de Maximilian Schell y Téa Pantaleoni, abrazados, en una playa solitaria a la espera de un tsunami que se les viene encima. Una playa es un buen lugar para celebrar uno el fin del mundo, pero la verdadera gráfica del cataclismo no habrá manera de atesorarla más que por escasos segundos.

Puede que me dé por recordar a un conocido mío que se paseaba, a gusto, por un melancólico sendero llamado, con cierta justicia poética, Alameda del fin del mundo, junto al castillo de Montaigne. Este intersticio entre el fin del mundo y el comienzo de la eternidad de la nada puede ser, si se lo toma uno con calma, muy productivo, aunque a montones metafísico como cabe suponer.

Yo he dejado mi tocadiscos sonando con Pavarotti y Lou Reed que cantan, una y otra vez, Perfect Day, gracias al botón de repetición. Perfect Day es la mejor canción metafísico-catastrófica del mundo para este final de la civilización. Aunque alguien, con una excesiva flema británica, diga con la intención de minimizar la fatalidad, que solo se trata de un nuevo Big Bang, de una reseteada del cosmos, o lo que sea. Lo que sea es un decir. Las noticias lo han dejado en claro más bien, y han dado cuenta de un asteroide de dimensiones colosales al que llamaron Génesis2182, que colisionará con la Tierra en cuestión de horas. Al escuchar esto pensé en Deep Impact y en esa condenada manía de la realidad de copiar a la ficción sin pensar demasiado en las consecuencias. De cualquier manera, no se debió transmitir semejante noticia y que la gente siguiera su vida con el hastío de siempre, como si no les importara para nada el fin del mundo. Porque saber que uno se va a morir, que de saberlo siempre se sabe, no es fácil. Me refiero a ponerle fecha al asunto. Eso genera, por lo común, un insoportable desgarro melodramático. Mejor no saberlo. Lo decía Peter Handke con su temperamento aburrido e inamovible: “El saber es un tabú. Vosotros los que sabéis, debéis callar vuestro saber, y no exteriorizarlo más que en caso de urgencia, pero en forma de poema o de canción”. Una emergencia, digamos, es algo que se puede resolver o evitar, precisado esto, entendemos que el fin del mundo, que está a la víspera, no puede considerarse ninguna urgencia. Lo demás es cosa vieja y sabida: si el conocimiento no es literatura no entra.

¿Regresará Dios cuando su creación esté destruida?, pregunta Canetti. Puede que venga sobre el asteroide, respondo, y que toda esta zozobra no sea otra cosa que el esperado apocalipsis. Pienso en Jay Baruchel convencido de que está viviendo el arrebato bíblico en casa de James Franco. Y veo a Seth Rogen subir al cielo, metido en una especie de cilindro de luz azulada. No sé si lo que pasa sea eso, pero de que es el fin, lo es. Y mejor decido qué hago o dejo de hacer antes de que se me paren los pulsos en definitiva.

En todas estas películas (y muchas otras) en las que se acaba el mundo, la gente opta —casi siempre— por hacer las paces. Y corren a reconciliarse con un hijo o un amigo, pero como yo no tengo ni hijos ni amigos, prefiero volver a la sabiduría de la Enciclopedia de los muertos, de Danilo Kiš, donde los buenos oradores dan la receta de cómo prepararse uno para la muerte, qué palabras pronunciar en el último instante, qué cara poner y cómo colocar las manos para caber mejor por el estrecho pasaje que lleva al otro lado.

Todos esperan, a su modo, por la muerte. Algunos, impacientes, se han lanzado desde las ventanas de sus sextos pisos al vacío, o se han volado los sesos o el corazón sin vacilar ni un poco. Otros aguardan abrazados, como Maximilian Schell y Téa Pantaleoni. Lo medito con calma y decido que me gustaría morir abrazado con alguna vieja amiga (bueno, creo que sí me quedan algunas escasas amistades por ahí). Y puede que Sonia sea la más indicada —medito— aunque hayan pasado más treinta años desde la última vez que nos vimos.

Aquel lejano día la convencí de que debía buscar una pareja normal. Yo había decidido ser escritor y pensaba vivir como los curas, es decir, con novias, pero sin mujer ni descendencia. Como todo autor serio, y latinoamericano, iría de calamidad en calamidad y eso era insoportable por mucho amor que existiera.

De muchacha, Sonia era igualita a Marion Cotillard, aunque apenas llegaba al metro sesenta sin tacones. Tenía los senos grandes, redondos, con pezones generosos y rosados, un poco delgada y con el trasero más bien achatado. Siempre sonreía, incluso mientras estábamos en la cama haciendo nuestras cosas de enamorados. Era voluntariosa y honesta, excepto cuando le preguntaba cuántos novios había tenido. Se ponía de mal humor, quizás sospechaba una muda condena de mi parte, pero jamás le dije que, todo lo contrario, sentía cierta envidia por todas las cosas que ella había vivido en menos tiempo que yo. Confieso que dejarla no fue sencillo, pero nos ahorramos un desenlace desastroso y una enemistad eterna. Ahora la pienso como posible compañía mortuoria. Imagino a Dios paseándose por sobre las ruinas de la civilización y que, de pronto, se topa con nosotros, petrificados, como aquellos pompeyanos que, en vez de un asteroide, les llegó una nube volcánica para abrasarlos y que así padecieran su versión particular del fin de mundo antes que nosotros.

No obstante, la Sonia que encontré, se ha vuelto un carcamal. La barriga y las tetas parecen una sola masa. Las orejas le han crecido y le caen, tiernamente, sobre los hombros. Los ojos apenas se advierten detrás de unos cachetes abombados y lleva el pelo revuelto como una bruja. La he visto entrando, calmosa, a su apartamento de enfrente a la Estación Central de Café, donde me instalé —apostando a mis recuerdos— a esperar que apareciese.

La dejé subir a su piso. Sonia ya no existe. El fin del mundo empieza con la vejez, o con algunas vejeces. Lo de Sonia es una pena. Yo he corrido luego a mi casa del barrio Monte Claro, cerca de los Tres Caminos, y me he posado, desnudo, frente al espejo con cierta alarma, para calcular, objetivamente, cuánto mundo he perdido. Y aunque sigo siendo delgado, mi vientre exhibe una infame protuberancia que requeriría muchas horas de gimnasio o succiones quirúrgicas. Mi tronco, en general, luce flácido. Las piernas y los brazos, flacos y débiles. La decadencia es evidente, pero conservo un poco de dignidad si se me mira con indulgencia. En resumidas cuentas, no creo que clasifique para carcamal. Lo de Sonia sí que es angustioso. Tampoco vi que entrara con nadie. Carcamal y solitaria, pobre Sonia. Recibir el fin del mundo en esas condiciones es un doble infortunio. Y tan fácil que fue encontrarla. Ahora con estas nubes de datos ya nadie desaparece. Puede que ni el mundo lo haga. El mundo parece a salvo del fin del mundo. Pero el mundo ya es algo más. Ese otro mundo está en perenne expansión. Y en nada le va que Sonia sea un triste carcamal, o que mi vientre haya mutado en una bola impresentable. La perpetuidad de ese mundo comenzó con su emancipación del hombre, pero sin hombre no hay mundo, por supuesto, de modo que el hombre ha tenido que emanciparse de sí mismo para hacerse eterno. Imaginación y técnica. Pienso. Pago el único café que tomé y me largo antes de que al carcamal se le ocurra salir y pueda pillarme. Me llevo la certeza de que es mejor morir solo que mal abrazado. Y en casa hice, frente al espejo, lo que ya dije.

Mi calle está completamente sola. Saqué el sofá al porche y dejé que mi perra Isabela se echara en él. Me acomodé con una copa de vino y un tabaco —Romeo y Julieta— que alguna vez me regalaron. Venía en un estuche blanco que parecía un tubo de ensayo. Lo saqué y fumé. Jamás en mi vida había fumado nada. Tosí un montón, pero sentí una rara paz. Nunca había visto el fin del mundo así de relajado. Aprovecho, pues, para seguir pensando en qué hacer para cuando se acabé el Romeo y Julieta, que puede y se acabe antes que el mundo. Pienso en la ficción. ¿Pero en qué pienso cuando pienso en la ficción? ¿En las novelas que están en mi cuarto esperando ser leídas? ¿O en las leídas? ¿O en unas pocas que he podido escribir? Pensé, hace tiempo, que el día de mi muerte vería a todos mis personajes desfilar frente a mí, pero ninguno de esos indeseables ha pasado por aquí ni de lejos, no es que los extrañe, solo que imaginé una nimia cortesía. Pero la ficción seria no es sensiblera, ni se maneja con sofismas o sutilezas, y me hace ver, de pronto, entre los humos de este Romeo y Julieta, que estoy escenificando Buscando un amigo para el fin del mundo, de Lorene Scafaria, que se ha imaginado antes que yo, todo esto que nos está pasando o que nos va a pasar. Según cuenta en su película, el fin también se debe a un asteroide que se dirige a la tierra. Y un hombre llamado Dodge (Steve Carrell), como una última voluntad, decide buscar a su antigua novia de la secundaria. En el camino se cruza con su vecina Penny (Keira Knightley), quien acaba de abandonar a uno de sus muchos novios. Ella le dice que le gustaría acompañarlo en la búsqueda de su viejo amor. Penny le confiesa, luego, el deseo de volver a ver a su familia en Inglaterra. Como ven, la ficción se nos adelanta con frecuencia. Suelto una bocanada de humo. Pienso. Acaricio el cuello y las orejas de Isabela. Pienso. Otra bocanada de humo. Pienso. Y decido, finalmente, transcurrido un largo rato y, acabado a un poco más de la mitad, el memorable Romeo y Julieta, que voy por una de las putas que siempre esperan en el costado de la iglesia Fátima que da a la calle 2.

Lo que temía, solo veo a la flaca loca y fea que cuida los carros. “Soy puta de vez en cuando”, dice ella con gestos de coquetería que parecían muecas de la novia de Frankenstein. Le explico mejor que me urge ver a la rubia alta que siempre anda, o andaba, por aquí. La novia de Frankenstein me observa con lástima y refiere, compasiva, que la rubia alta se llama Eliza y que, como todos los demás, fue con su gente a esperar el fin de los tiempos, «pero yo te puedo salir gratis y estoy recién bañadita», insiste en su oferta. Río. Pienso. Y preguntó:

“¿Sabes la dirección?”

“No”, responde burlona.

“¡Sí la sabes!”, replico a gritos.

“No, pero si entras a la iglesia la encontrarás”, contesta muerta de risa. Me hizo sentir como a un tarado, pero al entrar en la iglesia olvidé el malestar. Había un gentío. Todas las bancas llenas, no sé cuántos de pie, otros tantos de rodillas. Unos gemían por lo bajo, muchos lloraban, se oían letanías, rogativas dramáticas, aquello era un murmullo atronador de gentes que no se querían morir. Encontrar a Eliza será un calvario, pensé. Y cerca estuve de darme por vencido hasta que se me ocurrió llamarla a gritos:

“¡Eliza!”

“¡Eliza!”

“¡Eliza!”

Varias Eliza miraron, pero por fin apareció la que buscaba. La puta. Sonrío. Ella no. Le hago saber mi nombre. Ella aguarda. Le pido que salgamos a la calle un momento. Ella contesta que no está trabajando. Yo no digo nada. Ella pregunta si estoy loco. No sé qué decir. Pienso. Digo un poco nervioso:

“¿Estás con alguien?”

“¡No!”, dice molesta.

“¿Entonces?”

“¿Entonces qué?”

“Da igual en dónde estés”

“¿Crees que por puta soy atea?”

“No quise ofender”

“Déjame tranquila, no me interesa lo que sea que quieras”

“Vivo cerca, Eliza, podemos pasar el tiempo que reste oyendo música y bebiendo”, propongo con aire seductor.

“¡Ah, sí! … ¿qué cosa?”

“Vino, whisky, Billo’s o Beatles”

“¿Estás esperando al Año Nuevo?”

“¡Vete al coño!”, exclamé furioso, pero ella ni se inmutó. Nadie volteó. Me miró compasiva y se perdió entre la multitud de feligreses asustados. Antes de esfumarse dijo con fingida dulzura:

“Voy a rezar por tu alma, ¡cabrón!”.

Ahora sí desapareció. Afuera la novia de Frankenstein parecía saber lo que había pasado. Se carcajeó con sus dientes cariados y, para ratificar su oferta, se sacó un pecho largo y lánguido frente a mí. De regreso, crucé la Circunvalación 2. Ni en fiestas de guardar la vi tan íngrima. Tan abandonada. Es, o era, el orgullo de la parroquia. Ya ni la patean ni la ruedan. Isabela seguía echada en el sofá, como si eso le bastara para recibir el fin del mundo. Busqué otra copa de vino y seguí con mi Romeo y Julieta. Ya ni me acordaba de Eliza, me decía, pero no era verdad. Pasé por el cuarto de los libros y en la mesa aguardaba por mí, o por el fin del mundo, Estuve en Lisboa y me acordé de ti, de Luiz Ruffato, y concluí que era una lectura propicia —para esta espera agobiadora— porque apenas tenía noventa páginas. Y las mejores novelas no llegan a cien. Esta raza de autores condensados siempre tuvo conciencia de que escribían para el fin. Captar el cosmos con urgencia es un servicio invaluable de estos “diccionarios”, funcionarios de la ficción, que supieron a tiempo que ya no quedaba tiempo. Seres preclaros. En fin, vuelvo al sofá, junto a Isabela, y me asombra la mudez aterradora de mi calle. Todos estaban encerrados o se habían largado a otra parte. Leo. Pienso. Y me hace gracia este Serginho, el protagonista de Ruffato, cuando le dice a un tal Carrilho, con cierto entusiasmo, que ha conocido al poeta Lopo García, que siempre andaba en trance y hambriento, un poeta sin libros ni poemas conocidos, pero que se la pasaba garabateando lunadas indescifrables en un extraño cuaderno. Y este Carrilho al escucha, se levanta y le dice poniéndole una mano en el hombro que, en este país, querido, todo el mundo es poeta. Le explica, con paciencia beata, que Lopo García era descendiente de un renombrado marqués, que tenía sangre azul, pero que solo eso, pasado y más nada. Y hasta donde sabe, es y será un adorable ágrafo, una promesa jamás cumplida: “Pero vive justamente del pasado, pasea por las librerías de viejo buscando ediciones antiguas de grandes escritores portugueses para luego, imitando sus firmas, autografiar los libros y revenderlos y multiplicar el precio veinte, treinta veces… Su cuaderno no es el borrador de sus poemas, sino un bloc para ejercitar la falsificación de las firmas”. Doy una calada al Romeo y Julieta, y de pronto me veo como Schwarzenegger, en Sabotage, chupando tabaco con los ojos entrecerrados. Me saco a Schwarzenegger de la cabeza, no hay tiempo para pendejadas, y pienso que un poeta delincuente es algo fascinante. Único. Veo a Rimbaud, pero con cara de DiCaprio, por ejemplo. Ahora bien, este Lopo García ha hecho de su vida una auténtica joya literaria. Pudo dedicarse a falsificar cheques, dice uno. No obstante, prefiere vivir a costa de los autores desaparecidos. Los revive cuando puede. En realidad es un santo. Un venerable. Un rescatador de difuntos. Un arcángel de la literatura. Un mesías. No hay palabras para agradecer tanta consagración a la ficción. Y así voy hasta la página 90 donde acaba todo, pero como las buenas novelas, en realidad es donde empieza. Y Serginho dice no sin cierta angustia: “Y así fue que, después de seis años y medio, poco más o menos, entré en un kiosco, pedí un paquete de cigarrillos SG, un encendedor, saqué un cigarrillo, lo encendí y volví a fumar”. Serginho volvió a fumar y a mí se me acabó el Romeo y Julieta. ¡Qué angustia! Salgo a mi calle y vuelvo sobre mis pasos hasta la iglesia Fátima. La gente sigue adentro rezando. Llorando. No veo a la novia de Frankenstein. Tampoco a Eliza. La puta. Me paro, con los brazos en jarra, en la puerta principal y no sé qué hacer. Isabela me había seguido y estaba sentada a mi lado. En ese mismo instante pasó Kike Quiva, un negro gigante, de calva pulida, que hace el mejor cappuccino que he probado nunca, y me increpó con su humor de costumbre, como si el fin del mundo fuera la vaina más trivial y fastidiosa:

“¡Hola, profe! ¿Rezando para no morirse?”

“¡Busco a una puta!», respondí incómodo e irritado. Luego pensé que pude mentir y ocultar esta misoginia apocalíptica que me consume.

“¿En una iglesia?”

“¿Acaso las putas no rezan?”

“No lo sé”

“¿Y tú qué haces?”

“Trotando para morirme sano”, dice muy serio, pero los ojos le brillan como a una hiena borracha.

“Me alegro”, digo por decir algo.

“Venga conmigo; profe. Unos amigos me esperan para un maratón de dominó y nos falta uno para la cruz”, explica y señala en dirección a la panadería Virgen de Coromoto. Y añade: “Frente al Bodegón de Fidel”.

“¿En el restorán El 18?”

“El mismo”.

Caminamos los pocos metros que faltaban. Isabela no me perdía el paso. En llegando, Kike Quiva me presentó a sus dos amigos. La mitad de la cruz.

Amigo A: “Será un honor esperar por el fin del mundo jugando con usted, profesor”.

Amigo B: “Igual digo yo, profesor”.

Kike Quiva soltó una risotada y advirtió que no estábamos vestidos para la ocasión. Que antes de empezar pasáramos por la tintorería Lasa por unas ropas más elegantes. Yo no me pensaba mucho lo que se decía, solo iba detrás de ellos como sonámbulo. Y baste con decir que Kike Quiva sacó una mandarria de los adentros del restorán El 18 y de una hicieron añicos los vidrios de la Lasa. Consiguió para sí un extraordinario esmoquin blanco, con camisa, pajarilla y zapatos de patente. Todo blanco. Los amigos A y B a duras penas, luego de mucho rebuscar, dieron con un par de guayaberas rojas que, nomás con mirarlas, ya sabía uno que eran carísimas. Yo me hice de un flux negro, pero tuve que dejarme la chemise azul que llevaba puesta desde hacía varios días. No sé cuántos porque desde que se anunció esta desgracia planetaria, todo se fue paralizando. No hubo más supermercados, ni alimentos, ni desodorantes, ni agua y hasta la electricidad iba y venía por cuenta propia. Desidia y abatimiento era lo que se apercibía en las calles. Luego vino el silencio. Cada quien buscó a su gente para sobrellevar los ánimos y el terror hasta el final.

“Se ve bien, profesor”, dice Kike Quiva, que va muy donairoso, sin soltar la mandarria, y hace con la mano para que lo sigamos a la panadería Virgen de Coromoto. Nos mira risueño y de un mandarriazo afloja la santamaría y de otro deja sin vidrios la entrada. Llevamos pan, queso, jamón, jugos, refrescos, Red Bull y todo lo que se pudo.

“Con esto aguantamos como una semana”, dicen los amigos A y B que apenas pueden con las bolsas que llevan encima. La misma operación la ejecutamos en el Bodegón de Fidel, pero como este lo teníamos justo al frente del restorán y la calle era estrecha, no convenía desgastarnos en mudar todo el inventario de bebidas y chucherías. Conque alguno cruzara por otra ronda alcanzaría. Sobra decir que de la panadería saqué dos jamones serranos, enteros, para Isabela que parecía muy alentada. Además, se dejaba consentir, con descaro, por los amigos A y B. Mientras tanto, Kike Quiva preparó la primera ronda de cervezas y sánduches. Incluida Isabela. Hizo llave conmigo. Me dijo: «Bueno, profesor, háganos el honor de salir usted, por favor». Y yo, de buena gana, pongo el doble cinco de una sonora vez sobre el tope de la mesa. Kike Quiva me hace un guiño que no entendí, pero saca de un bolsillo de su extraordinario esmoquin blanco, un inesperado y sorpresivo Romeo y Julieta. Me lo ofrece. Repite el artilugio, con ademanes de mago, y le obsequia igual a los amigos A y B. Cada uno prende su tabaco, echamos varias bocanadas de humo y nos sentimos listos para enfrentar lo que sea que venga. Entonces Kike Quiva va y enciende la radio del equipo de sonido del restorán y busca alguna emisora a ver si oímos novedades. Está sonando La flor de la Habana y la voz temblorosa del locutor dice que las ondas hertzianas no pueden ser destruidas por ninguna hecatombe capitalista en ciernes. Y que él, por disposición personal, ha dejado todo para radiar las gaitas que el tiempo le permita y, salvar así, el acervo más glorioso de la humanidad. Kike Quiva se ríe. Enseguida lo quita y pone un disco de Bob Dylan. Asegura que es lo que hay que oír cuando el mundo se está acabando. Vuelve danzando, como un hippy drogado, hasta la mesa. Pregunta quién fue el último que jugó. Está como ido con Not dark yet. Yo sentí que Isabela se metía entre mis piernas, que descansaba su cabeza sobre mis zapatos. Hacía como queriendo gruñirle a una mosca, sin embargo, no tuvo voluntad suficiente. Cerró los ojos y se durmió.

“¡Vamos, profesor, le toca a usted!”, me dijo Kike Quiva que ya andaba metido en la partida. Yo me sobresalté, miré mis piezas y puse, de un golpe seco, el cinco tres. Kike Quiva volvió a hacerme el mismo guiño de antes y yo por fin entendí: Él sabía que yo era un neófito absoluto en dominó. Él se encargaría de mis torpezas. Esto me dio sosiego y, supongo yo, me dejé llevar por esos raudales de pensamientos que le llegan a uno cuando el mundo está agonizando. Y de tanto pensar en la muerte acabé pensando en Eliza, la puta, en lo mucho que la odio y en esa manera tan insólita de perder el tiempo en rogativas en la Fátima.

A la sazón, dije algo como esto a mis contertulios:

“¿No habrá por aquí nadie que me alquile a su mujer?”, interrogué a los amigos A y B y al propio Kike Quiva que ya se le habían desorbitados los ojos. Ellos me vieron tan severo que sabían que no eran bromas mías. Los amigos A y B se encogieron de hombros, los pobres eran tipos solitarios, sin hijos, sin mujeres, sin nadie, malos de cuna, pero con mucha calle. Lo sé porque la calle deja marcas en los cachetes y en las uñas. Igual pasaba con Kike Quiva, pero al menos este había enterrado a su mujer no hacía mucho y tenía sus recuerdos para no sentirse tan miserable y abandonado.

“Conocemos muchas putas”, dijeron, resueltos, los amigos A y B: “Pero ninguna de por estos lados. Además, todas deben estar con sus familias. Son mujeres de sus casas”.

“¿Y las putas tienen casa?”, preguntó Kike Quiva, uno no sabe si por puro fastidiar o de sinceridad. El caso fue que me acordé de la novelita que recién había leído, donde Serginho se queda como mudo cuando se entera de que el cojo Baptista Bernardo le buscaba clientes a su esposa, una africana, alta, delgada, sonriente, de ojos azules. Le cuento esto al resto de la cruz y ellos con cara de asombro preguntan el porqué de semejante salvajada. Y yo les digo como dijo Carrilho, filosofando y demás:

“Es la miseria, hermanos, la miseria”.

“¿Y usted cree, profesor, que algún hombre de por acá haría lo mismo?”

“El fin del mundo y la miseria son la misma mugre, ¿no te parece?”

“Son extremos y se tocan…”, concluye Kike Quiva, meditabundo.

Amaneció. El cielo estaba completamente anaranjado. La temperatura se trancó en 51° centígrados. Eso presagiaba males previos a la aniquilación global. Kike Quiva dijo que quizás el asteroide ya había caído y las consecuencias serían progresivas. Los noticieros tuvieron la delicadeza de no decir por dónde empezaría la mortandad. Durante las partidas asumimos que llegaría de golpe. A quemarropa. No por cuotas. Como sea, yo solo coloco las piezas que la maestría de Kike Quiva me induce a despachar. Esto me da libertad para seguir pensando a mis anchas. Y pienso en la suerte de un manuscrito que nunca quise publicar, Papillon y la playa sanguinolenta (1), quizás me habría ganado, juntos, el Premio de la Crítica y el Transgenérico, pero esa novela me provocaba muchas dudas y pesadez en los riñones. Ahora quiero salvarla de este fin de mundo. O me gustaría morir a su lado. Y con Isabela, por supuesto, que —creo yo—nada sabe del desastre que se avecina. Y si lo sabe, porque lo perros ven las cosas antes de que pasen, parece que no le mortifica para nada, quizás, una “pastora alemana” con ochenta años-perros encima, sea el ser vivo más indiferente del mundo. Le cuento a la reconcentrada cruz de ese manuscrito mío, tan malogrado, tan vilipendiado, y ellos ríen por mera cortesía, casi molestos por entorpecer las elucubraciones de las posibles jugadas. De seguidas los amigos Ay B, muy cómodos con sus guayaberas rojas, y bien pasados de cervezas y muy faltos de comida, me dicen, puede que vengando la interrupción, que van a confesarme algo muy grave. Se ven ceñudos, tensos, y me dicen con excesiva bizarría alcohólica, que ellos fueron los que robaron mi casa hacía dos años ya.

“¡La laptop que se llevaron tenía una novela inédita y mi tesis doctoral!”, berreé perturbado, venático, como si acabara de suceder. Kike Quiva no decía nada, andaba contenido y furioso. Acalorado. Parecía el Vesubio. Y cuando por fin estalló, hizo saltar la mesa y las piezas del dominó volaron hasta el medio de la calle. (Aclaratoria: No estábamos adentro del restorán, sino en la acera, que para ser exactos, solo tiene dos puestos de estacionamiento. Es un lugar estrecho y apretujado con los locales contiguos. En otras palabras, el restorán El 18 es un cuchitril-tinglado de mala muerte). Bien, decíamos que las piezas volaron y que la mesa saltó. Entonces Kike Quiva se sacó de detrás, elegantemente tapado por su extraordinario esmoquin blanco, una pistola grandísima, plateada, reluciente, de cachas negras. Sin amagos teatrales, le consignó un certero agujero en medio de la frente a los amigos A y B. A cada quien. Ellos apenas tuvieron tiempo de darse cuenta de lo que les iba a pasar. Y valga la perogrullada narrativa, ambos cayeron de espalda, al mismo tiempo, dejando un enorme charco de sangre y un reguero de cerveza.

“Perdóneme, profesor, no sabía de la sinvergüencería de estos bichos”, me dijo Kike Quiva, avergonzado, y en dos zancadas dejó la pistola debajo de la registradora del restorán. Luego cogió a los amigos A y B por los cuellos de sus costosas guayaberas rojas, y fue a lanzarlos al puentecito de la cañada que estaba a unos veinte metros cuando mucho. Cayeron en el riachuelo de mierda y cachivaches que navegaban lentos, pero encausados, a una de las desembocaduras del lago. Viendo todos estos acontecimientos, me dio una fuerte comezón en las piernas y en los labios. Sentí las extremidades entumecidas y la cara congelada. Me vino un ataque de náuseas. Casi me desmayo. Kike Quiva me hizo sentar y me dio un Red Bull. Y luego otro. Dijo que me tranquilizara y que disculpara la bulla. Aseguró que los rateros lo ponían de mal humor. No los soportaba. Fue y puso el disco de un tal Bruno Mars, Locked out of heaven, y se puso a bailar con los brazos abiertos y los ojos cerrados como Zorba, el griego. Al cabo de la primera canción, alborotadora e incomprensible, fue por whisky al Bodegón de Fidel. Si ya era mucho para cuatro, no digo para dos.

“Si quiere, profesor, lo acompaño a buscar ese manuscrito del que estaba hablando”, se ofreció Kike Quiva, servicial, dándome una de las botellas que trajo de enfrente. Ya estábamos más serenos. Seguía sonando Bruno Mars. Y hasta Isabela salió de su escondite, pasadas las detonaciones. Yo me quedé un rato en la silla. Destapé la botella y tomé un trago. Miré tan lejos como me dio la vista y pensé: Comarca árida y desolada. Respondí: “¡Vamos!”

“¿Usted se ha leído todos estos libros?”, preguntó Kike Quiva cuando entró a mi casa. No sé qué cara puse, pero entendió que me había caído muy mal su curiosidad. Es la peor pregunta que me pudieron haber hecho cuando está por llegar el fin del mundo. Una pregunta fatal, diría yo. No contesté nada. Kike Quiva, disimulando la impertinencia, sacó la parrillera al porche y se puso cocinar (de camino, pasamos por la carnicería Karne’s del Norte y sacamos algunos cortes del congelador). Volteaba la carne y bebía un trago de su botella. Volteaba otro pedazo y le daba una chupada a su tabaco. Y así hasta que hubo terminado. Comimos en el sofá. Isabela, también. Las barrigas acabaron templadas. El hartazgo nos puso tristes. Melancólicos. Y ensimismados.

“Alguien dijo una vez que nos sentimos anonadados comprendiendo la eterna inanidad de todo, la impotencia humana y la monotonía de las acciones”, recité.

“Usted siempre anda diciendo cosas raras, profesor”.

“Me gusta hablar por los muertos”

“No entiendo nada, profesor”

“Son cosas escritas por gente que ya murió”.

Al decir esto, Isabela levantó la cabeza y las orejas. Así estuvo unos segundos. Los perros del barrio empezaron a ladrar. Jamás había escuchado ladrar a todos los perros del barrio a la vez. Isabela se sentó. Sus patas delanteras estaban rectas. Luego corrió hacía el portón de ciclón y se arrojó contra él. Varias veces. Como si quisiera morder a alguien que estuviera justo afuera. Mirándonos. Espiando. No paraba de ladrar. Giraba sobre sí misma y volvía contra el portón. Parecía que miraba a los ojos de alguien. Kike Quiva sacó la pistola que yo creía debajo de la registradora del restorán El 18. Se puso de pie. Se empinó la botella. Dio un paso adelante. Yo fumaba mi sexto Romeo y Julieta. En aquel momento Isabela se quedó quieta. No ladró más. Ningún perro ladró más. Hubo un silencio intolerable. Kike Quiva se sentó, sin mirar mientras retrocedía, tanteando su puesto en el sofá. Yo lo miré. Le sonreí de buena gana. Y sin saber por qué, recordé cuando contenía la respiración en lo hondo de la piscina. El agua me ahogaba los oídos y me hacía doler los ojos. Reviví aquellos hundimientos con cierta conmoción infantil. No sé qué fue lo que alcanzó a pensar Kike Quiva en esos segundos decisivos, pero Isabela volvió conmigo y se echó temblando en mi regazo. Al final, me olvidé del manuscrito, de la antipática puta de la iglesia Fátima y hasta de la novia de Frankenstein…


NOTA: 

1. Este título corresponde a la tercera versión fallida