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Matvejevic: del Mediterráneo al pan

Panes | Internet

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Quizás no sea desafortunado pensar que las raíces de Nuestro pan de cada día se remontan a mediados de los años ochenta. En 1987, luego de una investigación monumental, Predrag Matvejevic (1932), escritor nacido en Mostar, publicó Breviario mediterráneo, libro más allá de las fronteras de cualquier género. Crónica de recorridos y ambiciones de viajeros; anecdotario extraído de una historia de complejidades; registro de los gestos y movimientos a menudo imperceptibles de la cultura; meditación, cartografía y caracterología de lo geográfico; narraciones que hablan de hombres y circunstancias.

Delicadeza para recordar y pensar el Mediterráneo. Imágenes a menudo olvidadas. Un anhelo: contestar a la pregunta del hilo invisible y antiguo que vincula ciertas cosas a ciertos lugares: “Vuelvo a preguntarme por cada pueblo cuyas relaciones con el mar trato de presentar, hasta qué punto su historia global difiere de estas relaciones y si se identifica con ellas: de este modo tal vez podría determinarse el grado de mediterraneidad de cada pueblo.

No sé si todo el Mediterráneo admitiría tales jerarquías”. Tras la sosegada prosa de este humanista (Matvejevic no es un especialista, sino lo contrario, un sujeto cuya sensibilidad no se agota en unos determinados campos del saber), la lucha de la mente autónoma, la travesía entre semejanzas y diferencias, entre magnetismos y rechazos, entre lo que habla y lo que permanece mudo, entre las apariencias y lo que resulta evidente. Como si al proponerse aislar y dar forma a una posible personalidad del Mediterráneo (que es lo que con variantes han intentado Fernand Braudel y, más recientemente, David Abulafia), hubiese encontrado la complejidad de lo polimórfico, de un mundo que cambia en cada trecho, donde el deseo de generalizar se topa a cada paso con el poderío de lo particular, de lo que no puede ser aplastado por vastas afirmaciones.

Una forma de comenzar: Matvejevic nos recuerda que no se conocen los límites del Mar Mediterráneo. Cada lugar y hasta cada hombre tiene una versión distinta de sus fronteras. Las nacionalidades no se corresponden a los innumerables sentidos de pertenencia. Más allá del orgullo y de los tópicos, están las cosas no dichas, de quienes viven el Mediterráneo y lo sobrentienden. El recorrido del autor es imprevisible: puertos, navegantes, ciudades, islas, vientos, costas, cementerios, archivos, golfos, fuentes de agua, silencios, medidas, oficios, pueblos, mapas, gente que ha perdido el ancla y gente que vive para contemplar el mar. Gente que se aleja de las aguas y gente que se aproxima, como llamada por una voz que no toca a los demás. Libro persuasivo, libro fundador.

Casi veinte años después, en la recopilación de ensayos El Mediterráneo y Europa, Matvejevic ofrece herramientas que añaden nuevas capas de interpretación a su propia invención: “La tendencia a confundir la representación de la realidad con la realidad misma se perpetúa: la imagen del Mediterráneo y el Mediterráneo mismo rara vez son idénticos. Aquí, como en todas partes, una identidad del ser, difícil de definir, eclipsa o rechaza una identidad del hacer, mal definida. La retrospectiva continúa prevaleciendo sobre la prospectiva. La reflexión misma permanece prisionera de estereotipos”.

El andamiaje que enlaza tanta diversidad es la presunción a un tiempo evidente y secreta del autor: que en el Mediterráneo conviven o se enfrentan lo que une y lo que separa. Hay en esto, además de una vocación poética, tozudez y renuncia. Un anhelo de comprensión. Disciplina de la paciencia: mirar a la vastedad a través del prisma de las pequeñas cosas. Como quien levanta un catastro nada menos que de una parte del mundo.

El alimento sagrado

Dije al comienzo que Nuestro pan de cada día se remonta a la ancha investigación de Matvejevic del Mediterráneo. Y lo propongo, no sólo por el olor a pan presente en tantas de sus culturas, sino también por la mesura, el uso dosificado de lo diverso y por la sutileza con que el autor logra convocar y conjugar tantos objetos, hechos, episodios y corrientes. Hay una maestría en la forma en que alcanza a ensamblar la pluralidad de realidades y mensajes del alimento esencial, indisociable del destino humano.

El método Matvejevic: demostrar que las pequeñas cosas no consumen en sus gestos sino que se proyectan a las cuestiones decisivas de la condición humana. Y es que ese libro no se limita a seguir el rastro del pan inscrito en la cultura y en la historia. Si el pan ha sido signo de la abundancia y de la hambruna, también lo ha sido de la hospitalidad y de los recuerdos de nuestra infancia (el olor a pan recién salido del horno, se levanta hasta nuestros sentidos y tiene el poder de hacerse inolvidable desde la primera vez que nos toca). Al pan se lo puede asociar, tal como se anota en las pródigas páginas de este libro, con las formas geométricas, con el suave oleaje del cuerpo femenino, con adaptaciones específicas que reclaman determinados usos (el pan del soldado, el pan del atleta), con palabras esenciales como surco y como semilla. Matvejevic busca la presencia del pan y de los cereales en los libros sagrados y en los textos antiguos, en Oriente y Occidente, en tahonas o en las panaderías donde los hombres se reúnen para conversar, aliviados por la maravilla del pan todavía caliente. El pan asociado al trabajo, al sudor de la frente; el pan como castigo (pan y agua); el pan como signo de pura materialidad (no sólo de pan vive el hombre); el pan asociado a la bondad (más bueno que un pan); el pan como carestía (a falta de pan buenas son tortas); el pan como imagen de lo terrible (el pan amargo del exilio), todas son expresiones que nos remiten a la esencialidad del pan.

Nuestro pan de cada día nos lleva hasta Gilgamesh o a la Mesopotamia donde los hombres adoraban a Dagan, dios de los cereales. O a la historia de Kha, que perdió a Merit, la mujer que amaba y la enterró con cincuenta panecillos. Atenas importaba trigo y dictaba leyes sobre cómo debía comprarse y distribuirse el pan. Platón elogia en Gorgias las habilidades del panadero Terión. En el Artopoikón, libro sobre el pan, Crisipo de Tiana asegura que en la Hélade hay setenta y dos tipos de pan. Roma celebraba la festividad de la Cerealia. Marcial se quejaba de que las Fornacalias, en honor a la diosa Fornax, no le permitían descansar. En ningún lugar como en Hungría hay tantas palabras y dichos que hablen del pan. En ninguna otra isla del Mediterráneo hay tanta variedad de panes como en Cerdeña.

“El pan está presente en la fe y la oración”, nos recuerda Matvejevic. En los libros sagrados el pan reaparece una y otra, como para recordar que no es posible pensar al hombre sin el pan. En el Antiguo Testamento, Eliseo ya ha multiplicado los panes para alimentar a los hambrientos. El cristianismo visibilizó el pan, lo rodeó de una dramaturgia que llevamos en nuestra memoria: “En la misa cristiana, en el altar, en los ritos religiosos y en las disputas teológicas, el pan se torna, siglo tras siglo, cada vez más presente y visible: la comunión, la hostia y la custodia, el tabernáculo o sagrario, el cáliz y la transubstanciación, la transformación eucarística del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, la consubstanciación, el pan como palabra de Dios, el logos de la fe, el mensaje del catecismo.