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Masa y poder: 55 años

Elias Canetti / Foto cortesía

Elias Canetti / Foto cortesía

“Masa y poder”, ensayo cumbre del siglo XX, cumple 55 años de publicado. Reflexión que se desborda por sus innumerables costados es de esos textos imposibles de asir. Lo que sigue no es más que un primer asomo a una obra magna y excepcional, no la única de esa mente de genio que fue Elías Canetti (1905-1994)

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Masa y poder es el libro de una existencia. El propio autor decía que aquel, más que su enorme trilogía autobiográfica (La lengua salvada, La antorcha al oído y El juego de ojos) equivalía a su vida. Desde que la idea prendió en su cabeza, Elías Canetti supo que llevarla a cabo demandaría de todas sus fuerzas. Y porque comprendía la ambición implícita en su tema, a lo largo de 20 años le consagró cada minuto de su vigilia.

Si cada libro presupone una escena, la de Masa y poder es esta: un hombre que, mineral la voluntad, luminosa la inteligencia, se inventa su propio desafío: pensar lo casi impensable, a saber, el comportamiento del fenómeno de la masa, indisociable del poder. En 1939 inicia su investigación. A medida que avanza, la cuestión adquiere dimensiones insospechadas. Si hoy quisiéramos categorizar los conocimientos y las herramientas que concurren en su recorrido, tendríamos que hacer una larga lista que incluyera las ciencias sociales, las de la conducta, las naturales y las del pensamiento, y todavía serían muchos los territorios que no alcanzaríamos a incluir.

“La mire como la mire, toda mi vida de adulto ha estado dominada por este libro”. En 1924 Canetti, que vivió la experiencia de ser parte de una masa que se integraba y luego se desintegraba (“Me convertí en parte integrante de la masa, diluyéndome completamente en ella sin oponer la menor resistencias a cuanto emprendía”),  tuvo la idea que ya no le abandonaría. Hablaba del libro antes de haber escrito una línea. A tal extremo se anudó a este propósito, que se prohibió escribir otro libro hasta que Masa y poder estuviese concluido. Y es aquí donde ocurre el hecho que considero el más precioso en su obra y en la literatura del pensamiento del siglo XX: simultáneamente Canetti empezó a escribir las notas, bajo la efervescencia que le era característica, que mucho más adelante se agruparían en los volúmenes que hoy conocemos como los Apuntes.

Entre Masa y poder y los Apuntes hay una corriente genética: surgieron del mismo taller, incluso más: provienen del mismo fogón. Mientras Canetti leía con desafuero libros y publicaciones científicas en varias lenguas (era políglota) y escribía su obra magna, iba destilando esa incalculable multiplicidad fragmentaria que son los Apuntes: miles y miles de notas de varia brevedad que resultan, nada menos que en un libre recorrido por los complejos caminos que hay entre experiencia y pensamiento, entre pensamiento y relación perceptiva del mundo. Canetti era un corazón fogoso, un interpretador y padecía de una sed de conocimientos que nada lograba aplacar: de esa fusión provienen tanto Masa y poder  como los Apuntes. De allí, el sobrecogedor poderío de ambas obras (“El hecho de estar concentrado en una única obra, Masa y poder, de la que sabía que probablemente iba a reclamar mi atención durante algunos decenios, y una prohibición que impuse a cualquier otro trabajo, en particular a los puramente literarios, dieron lugar a una presión que con el tiempo fue adquiriendo proporciones alarmantes. Era necesaria una válvula de escape y, a principios de 1942, la encontré en los apuntes. Su libertad y espontaneidad, la convicción de que existían sólo por sí mismos, de que no servían a ningún fin, la falta de responsabilidad con la que jamás volví a leerlos ni cambié nada en ellos, me salvaron de un anquilosamiento que hubiese podido resultar fatal”).

Desafío a sí mismo

Se las puede leer como obras autónomas, pero también como los productos de una mente que no temía ir más allá de sus propias limitaciones. Masa y poder es el resultado de un desafío a la inteligencia humana: Canetti lucha, contesta a las preguntas de ambos fenómenos y a la interrelación que hay entre uno y otro. Masa y poder son observados con los instrumentos que la pasión de Canetti logró acumular y ejercitar hasta 1959, cuando concluyó el manuscrito. Un año después, el libro saldría a la calle en Alemania.

Aunque en las más de 600 densas páginas que componen Masa y poder Canetti nunca habla de sí mismo, cuando recuerda a Stendhal, a quien percibía como una especie de alter ego, es posible encontrar lo que bien podría ser una invocación de sí mismo: “Desconfiaba de todo lo que no le era posible sentir. Pensó mucho, pero sus pensamientos no resultan fríos. Todo lo que anota, todo lo que crea permanece próxima al cálido momento de su origen. Amó mucho y creyó en muchas cosas, pero siempre de manera sorprendentemente concreta. Fuera lo que fuera, podía encontrarlo en sí mismo sin tener que recurrir a trucos de ningún orden”.

 

La muerte y más

Tras sus primeros avances en la disección del fenómeno masa, le resultó evidente que su indagación quedaría trunca si no la asociaba a la cuestión primordial del poder (“mi familiaridad con el poder es triple: lo he observado, lo he ejercido, lo he sufrido”). Canetti era un hombre en extremo escrupuloso: aunque en el libro no se refiera de forma directa al fascismo o al nazismo, toda la fuerza que el texto irradia tiene como trasfondo la cuestión de la muerte, la muerte del hombre aplastado por el poder, que es el sello de la época siniestra que comenzó en 1914.

Desde la primera frase (“Nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido”), el lector entiende que el método Canetti tiene un impulso propio. El punto de partida de “Masa y poder” es el establecimiento de unos límites: solo al incorporarse a la masa, el hombre se libera del temor a ser tocado. La masa surge donde antes no había nada. Es contagiosa. Apenas existe, se hace evidente su deseo de crecer. La masa abierta crece sin saber hasta dónde lo hará. Su aspiración es ilimitada. Cuando deja de hacerlo comienza a desintegrarse. La masa cerrada, limitada por el espacio donde ella se genera, no puede crecer de forma incontrolada pero puede retrasar la desintegración (a las religiones no les gusta la masa, por ello se dedican a domesticarla).

El momento central de la masa es la descarga, que tiene lugar cuando las diferencias desaparecen y todos se sienten iguales. Es en el apogeo de la descarga donde puede desatarse el impulso destructivo. Cuando ocurre el estallido, la masa cerrada se convierte en masa abierta. Si se la ataca desde afuera, la masa se repliega y fortalece. Se intensifica. Pero a la masa la acechan enemigos externos e internos (“Todo el que pertenece a una masa lleva en sí a un pequeño traidor deseoso de comer, beber, amar y vivir en paz”). En situaciones de pánico (el fuego es el gran activador del pánico) la lucha por la propia vida implica actuar contra los demás. Pánico: la desintegración de la masa por dentro.

El anfiteatro configura un tipo especial de masa: da la espalda a la ciudad y descarga hacia adentro. Cuando la masa transcurre en estado de retención, todo en ella espera por el instante de la descarga. Esa retención le otorga densidad. La paciencia de la masa tiene límites. La intensidad del aplauso  revela hasta dónde el público se ha convertido en masa. Ciertos silencios anuncian que se ha producido una situación semejante a un recogimiento religioso.

Abiertas o cerradas; lentas o rápidas; visibles e invisibles; de acoso (la masa de acoso se desintegra rápidamente una vez que ha cobrado una víctima) o de fuga (sus integrantes sienten el peligro como algo que ‘reparte’ entre todos); masas de prohibición (como los huelguistas); masas festivas o enfrentadas (como los fanáticos en un gran estadio de fútbol); masas entrelazadas por el conflicto bélico (“la suprema intención de cada una de estas masas es mantenerse, tanto en su convicción como en su acción”); cristales de masa (como soldados o monjes); de todas ellas logra Canetti aislar y describir factores constitutivos.

El capítulo dedicado a los símbolos de la masa (el agua, el fuego, el mar, la arena, los bosques, el trigo, la lluvia, los busques y otros) anuncia la expansión del tema. Canetti estudia las mutas de caza, de guerra, de lamentación y de multiplicación, así como algunas de sus principales variantes. El erudito se hace sentir en los ejemplos en los que fundamenta sus afirmaciones, provenientes de estudios antropológicos y culturales de enorme abanico. Canetti avanza: “Veremos que existen religiones de caza y guerra, de multiplicación y lamentación”. En las grandes religiones y en otras que practican pueblos poco numerosos, abundan los relatos que corresponden a las distintas formas que adquiere la masa (la procesión, por ejemplo, es la masa que se estructura de forma voluntaria para venerar).

Las ideologías nacionales (que definen la cuestión de pertenecer a una nación) tienen sus elementos simbólicos: el dominio del mar para los ingleses, los diques para los holandeses, la Revolución para los franceses, la multitud que peregrina para los judíos, la cruz gamada para las masas nazis, etcétera. La inflación es un fenómeno de masas. La voluptuosidad ante en crecimiento numérico es característica del discurso hitleriano (habrá que añadir: otro pensador judío, Victor Klemperer, advertía que lo hiperbólico es un dato central de la lengua totalitaria).

 

El poder y la orden

La presa: tal el primer hito que sirve a Canetti para ingresar en el análisis del poder. La presa es lo arcaico: el acecho. En cuanto hemos escogido una presa, la ‘incorporamos’. Del acecho se pasa a la persecución. El perseguido (recordemos aquí el miedo a ser tocado), teme al primer contacto del perseguidor. La civilización puede entenderse como la evolución del esfuerzo por evitar ser tocado.

Del tocar pasamos al agarrar: el reino de las manos. Bajo la intervención del desprecio, las manos se vuelven poderosas: pueden ahogar, aplastar. Los felinos son el extremo de esta imagen: agarrar, dar un zarpazo, desgarrar. Anota Canetti: “a todos los reyes les encantaría ser leones”. A la presa se le incorpora por la boca. Los dientes son también un instrumento del poder, el triunfo de lo liso y lo afilado: la dentadura precede a las armas blancas. En ningún otro punto la renuncia a la violencia se expresa como en las manos. Más que las palabras, la protección y el amor del otro se convierten en verdad a través de las manos.

Si todas las armas tienen la facultad de concentrar su fuerza en un punto, el poder se concentra en quien tiene la mayor capacidad de matar (Canetti evoca la anti-figura de la madre: “No hay forma más intensa de poder”). Sobrevivir es el momento clímax del poder: alargar la vida. Existir más allá que lo demás. Durar. Para el poderoso vencer y sobrevivir son una misma dimensión. Quien ha salido ileso en un combate siente una superioridad sobre los muertos. Entre el superviviente y el héroe hay una conexión vital. El héroe más poderoso es aquél que puede controlar su propio desenlace.  Nadie percibe con tanta fuerza el peligro como el poderoso. Nadie maneja el arte del fingimiento como el jefe. La relación de mayor atracción y repulsión: la del poderoso con su sucesor. El poderoso está siempre tentado por el pensamiento de que todo comienza de nuevo con él. Cuando el poderoso muere, su resentimiento a los vivos se pone en movimiento (por ello, hay vivos que temen a los muertos).

 

Epidemias y otras variantes

Porque la epidemia opera como acumulación (los afectados se multiplican, los muertos pueden llegar a ser más numerosos que los vinos), ella pone luz sobre la masa. Los afectados por la epidemia se convierten en iguales: se constituyen en masa. Al contagio le precede la lucha del aislamiento, el esfuerzo por evitar la enfermedad. Tucídides advirtió que el sobreviviente de la peste se percibe a sí mismo como un privilegiado: un vivo entre los muertos.

Pero el poder no sólo es más tiempo, más espacio, más velocidad (el veloz puede sorprender y atrapar al más lento). También un modo de inquirir: la tiranía es el régimen de las preguntas opresivas. Cuando el tirano pregunta, penetra. La pregunta del poderoso entraña una conciencia. La densidad del secreto es su posibilidad de resistir a la pregunta. En manos del poderoso, toda pregunta es una navaja, instrumento que abre o desgarra lo cerrado. El interrogatorio tiene como finalidad restituir el orden. Pero también destruir el secreto del otro. El poderoso quiere guardar para sí el privilegio del secreto. La habilidad para acechar depende del secreto. Como experto del secreto, el poderoso tiene facilidad para leer a los demás. Por eso el que calla se hace poderoso: se convierte en custodio único de lo que silencia (esto abre toda una amplia vertiente sobre la cuestión del juramento, en la que Canetti apenas se asoma).

El poder enjuicia. Al hacerlo, se carga de seguridad. Abstenerse de enjuiciar es, por tanto, una de las más altas tareas del espíritu. Toda sentencia porta en su escala la estructura de la última sentencia, que es la de la muerte. Por eso el poderoso no perdona nunca. No olvida. Todo queda registrado en su conciencia del peligro. No perdonar es una garantía del sometimiento de todos. Cuando el poderoso indulta se regala a sí mismo la sensación de haber superado sus propios límites. Al indultar, ordena. La orden es un pre-sentido. La primera orden es la de la fuga. La orden tiene su origen en la fuga, que es la reacción a la sentencia de muerte dictada por un animal más poderoso. Cuando se produce el aviso, la manada se pone en movimiento.

La orden está ligada al instante. Su naturaleza se opone a desacuerdo. Quien ordena, ha vencido o vence al momento de emitir la orden. La victoria vive en la orden que la hizo posible. “Una orden es como una flecha. Es disparada y da en el blanco. El que da una orden apunta antes de dispararla”. Toda orden genera una herida y una cicatriz. Una resistencia. La posibilidad de una rebelión. Quien teme dar órdenes teme a la rebelión. La masa temerosa quiere permanecer agrupada. En el funcionario, en el soldado, en el sacerdote, incluso en los hijos, pasa esto: se vive a la espera de una orden. Esperar una orden tiende a intensificar las emociones. Cada orden recibida por el ser humano es un aguijón que guarda dentro de sí. Dice Canetti que esos aguijones son inmutables. Con mayor o menor fuerza, ellos incordian. Hasta que en algún emergen con enorme fuerza y desconocen la orden, el orden establecido.  

 *A la versión pionera de Masa y poder en castellano, publicada por la Editorial Muchnik en 1977, cuya traducción hizo Horst Vogel, se ha agregado la que ha realizado Juan José del Solar, que fue director de las Obras Completas de Elías Canetti, para la Editorial Galaxia Gutenberg. El tomo I de esta notable edición, además de una cronología y dos textos del Solar (un perfil de Canetti y un estudio sobre la génesis Masa y poder), contiene la transcripción de la entrevista que Theodor Adorno le hizo a Canetti en marzo de 1962.