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Martín Caparrós, patriota

Martín Caparrós, escritor argentino / Andre Dalmau

Martín Caparrós, escritor argentino / Andre Dalmau

Papel Literario ofrece hoy un conjunto de materiales que sostienen una hipótesis: hay tantas formas de viajar como viajeros. Nelson Rivera escribe sobre el viaje de Martín Caparrós por el interior de Argentina; Helena Arellano ofrece su “Carta desde Le pays du tendre”; Narcisa García reflexiona sobre Win Wenders, y Grisel Arveláez sobre Vincent van Gogh. Además, un comentario al libro de Bruce Bégout sobre Las Vegas y un fragmento de una crónica de Norman Lewis, producto de un viaje suyo a Paraguay

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No alcanzo a imaginar otro modo de comenzar estas notas sin referirme a la ambición, cuyo resultado es El interior. No creo que el lector pueda permanecer indiferente ante la idea que lo hizo posible: viajar por la enormidad de Argentina. Durante varias semanas, solo en su automóvil, en un recorrido que sobrepasó los veinte mil kilómetros. Léase bien: más de veinte mil kilómetros. No hace falta conocerla ni haberla estudiado: basta con mirar un mapa, verificar cuánto ocupa del continente, para preguntarse por el voluntarismo de Caparrós. Quien lo haga, mirar en cualquier mapa, lo entenderá de inmediato: casi tres millones de kilómetros cuadrados y más de 40 millones de habitantes. Argentina, cabe sugerir, es inabarcable, en la escala, por ejemplo, en que Rusia o La India lo son con respecto a la curiosidad de un hombre. Imposibles.

Y no se trata de un curioso o de un académico que decide desplazarse a las antípodas. No es Bruce Chatwin en La Antártida. O Norman Lewis en Ghana o en la región selvática de Brasil. El viaje de Caparrós no se corresponde a una de las tipologías dominantes en la estética del viajero: el que se marcha lejos –a menudo al espacio de otra lengua– para descubrir y relatar lo distinto. Caparrós viaja hacia lo propio. Y esta es la primera –y no la única– sustantiva peculiaridad: se interna en su país, se empecina en sus entresijos, pero sobre todo, se adentra su lengua (en cierto modo, Caparrós no es un viajero como Paul Theroux que recorrió medio mundo en tren, sino que es como un familiar lejano que llega a visitar a unos parientes de provincia, a los que antes no había conocido).

El hombre que escucha

Caparrós describe: su dar cuenta de la conformación física de las personas es, así me pareció, uno de los puntos donde su escritura alcanza el nivel más logrado de elocuencia. En párrafos impecables nos asoma por innumerables geografías y paisajes. Pero su relato no es tanto el de quien mira como el de quien escucha. Caparrós es un maestro de la escucha (si Atenas pensó desde lo visual, Jerusalén lo hizo desde lo escuchado). Su instrumento privilegiado, su herramienta de viaje, es la disposición a la palabra –a la verbosidad– de los demás. Lo que hace excepcional a El Interior, es que opera como un recipiente del habla de varias decenas de personas con las que conversó a lo largo de su ruta.

Y es la transcripción de lo ingente y diverso que escuchó –las maneras de frasear; las variaciones en la musicalidad del habla; el uso de palabras cuyo mayor sentido está relacionado a una determinada zona; las especificidades del verbo cotidiano, localidad por localidad– lo que nos interna en los modos de pensar vigentes en Argentina. Quiero decir: si El Interior es una notable polifonía (en sus páginas suenan y resuenan tantas cosas), ninguna más vertebradora que su capacidad de registrar y poner en prosa el pensamiento de los demás, sus compatriotas.

Buenos Aires, lugar en la mente

El viaje por “la verdadera Argentina” se expresa en el registro de su cultura material, de sus afirmaciones y prejuicios, de sus pequeñas y grandes distinciones, de sus orgullos y decepciones, de sus nítidos y tonalidades. A menudo las personas con que Caparrós se encuentra hablan de su localidad y hasta de su propia identidad, en oposición a Buenos Aires: como si para muchos ser un regional-argentino les obligase a tomar una posición ante la capital (así, el interior resulta lo opuesto a Buenos Aires: Buenos Aires es más que la capital gigante y prepotente: se prefigura como lo exterior).

La visión de Caparrós es irónica y compasiva, próxima y distante, abierta y sonriente, todo a un mismo tiempo. Un compatriota ilustrado. Un visitante especialmente dotado para atrapar en el torrente de lo que escucha, las muchas argentinas, las sucesivas variaciones regionales, cada una con sus presunciones y derrotas. Es esa visión del cronista patriota y metropolitano, que mira de lejos y escucha muy de cerca, la que atraviesa la superficie y se introduce en las realidades de su país.

El interior de los que nunca han salido del lugar en el que nacieron. El interior de los que llegaron de otra parte (metropolitanos exilados). El interior de lo que quisieran irse a la capital o más lejos aún. Los que piensan que todo está jodido y los que insisten en la búsqueda de un lugar todavía puro. “Siempre hay un interior del Interior, un interior del Interior del Interior”. 

Viaje por la complejidad

El compatriota Caparrós no permanece ajeno a las mascaradas de la política, al malestar o gratitud de quienes se declaran víctimas o beneficiarios de los políticos, sean simuladores del peronismo o no (Caparrós nos devuelve a una idea que, entre nosotros, merecería de reflexión: el interior como estamento y categoría política). Viajar por la inmensidad del propio país es exponerse a los traumas de la memoria, al entusiasmo de los optimistas. Lo inédito, lo auténtico, lo original, lo imaginado, lo impuesto o lo impostado: lo real se resiste a ser despachado en fórmulas unilaterales. No hay dolor ni esperanza sin máculas.

La complejidad se desplaza en los dos sentidos: también se vuelca hacia adentro. Caparrós se observa y se escucha. Se vigila a lo largo del largo camino. Las casi 700 páginas que tiene El interior son un recurrirse: la voz del padre, la voz de Sarmiento, la perplejidad del propio autor, ex montonero, cuando en algún punto de su viaje conoce a un ex militar que alguna vez participó en la represión contra sus copartidarios de otro tiempo. Caparrós, también ensayista y novelista, se interroga por el sentido de su propio viaje. Por la validez de su pregunta primera, la de comprender a su país.

El escritor


Portadilla. El interior

En el año 2006, El Interior fue publicado por primera vez, en Argentina. La edición española ofrece un brillante prólogo de Jorge Carrión, que debe ser leído antes de iniciar la travesía y otra vez al cierre: la lectura post hace más nítidas genealogías y referencias.

Lo que me ha parecido subyugante de El Interior es su desbordarse: anclado en el libro de viajes, en la crónica y en el hacer reporteril, quizás no sea impertinente sugerir que también sobrepasa los géneros. En su recorrido avanza hacia la autobiografía, al texto de memorias, al documentalismo, a la observación antropológica (la figuración que me he hecho de este Caparrós patriota me ha hecho pensar en Lisandro Alvarado, que a pie o en el lomo de una mula recorrió un buen trecho de la Venezuela profunda anotando palabras y tradiciones).

Si deslumbrantes son sus enumeraciones (que testifican los altos dones de observación de Caparrós), más reconocible es el resultado de avanzar y reinventar a cada paso una escritura para evitar la repetición, la reaparición de lo mismo. Caparrós elige (“Tomo infinidad de notas y muchas son inútiles: esta, por ejemplo, que sin duda será borrada de la edición definitiva”); fabrica distintos abordajes; incorpora recursos que conforman un universo narrativo (por ejemplo: RR, su automóvil, adquiere la singularidad de un personaje).

La empresa y sus resultados son admirables. El desafío que Caparrós se impuso a sí mismo –viajar, escuchar y acopiar–, para luego concatenar en un extenso relato voces, voces y más voces, tiene algo prometeico. Prosa atravesada por el goce de la palabra registrada en el camino: de ello trata el genio de El Interior, obra que se regocija en las inagotables posibilidades de la lengua española.

 

EL INTERIOR

Martín Caparrós

Malpaso Ediciones

España, 2014