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Marina Abramovic como espejo de fantasías colectivas

The Artist is Present, documental de Matthew Akers/ Fotografía tomada de Internet

The Artist is Present, documental de Matthew Akers/ Fotografía tomada de Internet

Marina Abramovic se agrega al grupo de artistas contemporáneos que encarnan una interesante paradoja: están ganando fama como íconos de la cultura de masas y, al mismo tiempo, poseen una obra cuyos planteamientos filosóficos no son del todo asimilables por el público "mainstream"

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Marina Abramovic (Belgrado, 1946) es una de las artistas contemporáneas mundialmente más conocidas y admiradas. Su obra, vista en retrospectiva, posee linealidad estética –algo que pocos artistas en la cúspide de sus carreras pueden presumir– porque son detectables cada una de sus facetas, lo cual va más allá de que se trate de un trabajo con su propio cuerpo sino porque las dinámicas, su energía y sus preocupaciones plasmadas a través del performance no caducan ni se hacen rancias ante las actualizaciones del arte. Podemos descubrir varias Marinas Abramovic según sus propuestas plásticas: la que creció en estricto hogar militar yugoslavo, la osada y expuesta de The Lips of Thomas (1975), la que vivió por cinco años en una furgoneta junto a su pareja de ese entonces Ulay, la que en 2010 se adueñó por tres meses del MoMA. Entonces, deja entrever un cuerpo de trabajo que ya es veterano dentro de un mercado del arte minado de asperezas por esa fugacidad de lo que hoy es comercial y lo que mañana no será.

Marina lleva más de tres décadas explorando, descubriendo y difundiendo las artes del performance, video-instalación y acciones en donde su propio cuerpo es el núcleo central, su medio de trabajo. Pasión, entrega y convicción enfundan a una artista cuyos motores son la tozudez, la tenacidad: se ha lacerado a si misma, ha congelado su cuerpo en bloques de hielo, ha tomado drogas para evaluar el comportamiento de sus músculos, etc., todo esto como exploraciones de los límites entre lo psíquico y lo corporal. Hoy la energía de la serbia parece inagotable: recientemente creó el Marina Abramovic Institute, un espacio cuya finalidad es la de preservar el arte del performance y para el que creó una web de crowdfunding en donde contó con el apoyo de Lady Gaga. Un personaje a admirar. Una personalidad que, para muchos, puede ser un modelo a seguir: como artista, como mujer, como emigrante, y esto no ha pasado desapercibo para los medios de comunicación.

La artista está presente

The Artist is Present se tituló el performance con el cual Abramovic subyugó sus propios retos: la inacción la llevó a los límites cuando, durante tres meses, seis días a la semana, siete y media horas al día, permaneció sentada, sin hablar, sólo mirando fijamente a quien se sentara frente a ella. Alrededor de 700.000 personas pudieron compartir esta experiencia dentro de los espacios del Museum of Modern Art en el marco de la muestra retrospectiva de la artista que se hizo 2010. Tres años después nace el documental bajo la dirección de Matthew Akers, producido por HBO. Se tituló igual que la exposición del MoMA y en líneas generales contó con buenas críticas y aceptación del público. Por un lado se mostraba a Abramovic en su rol artístico íntegro concibiendo y produciendo la exposición, y por el otro, se brindaba una faceta de la serbia más humana, más desligada de su creatividad y asociada a sus vivencias, por lo que el documental tiene un toque de antología artística y otro de biografía.

Sin embargo el documental tiene varias patas con las cuales cojea. No escatima en exagerar las reacciones del público que se enfrenta a Abramovic durante el performance: lágrimas, furor, desesperación, gente corriendo por el museo para no ser el último en verla. El filme adopta un tono de sensacionalismo que estrecha las manos con lo cursi. Estas personas tenían como regla no asustarla, no intimidarla, y menos tocarla o hablarle. Llega un momento del filme en que la performancista parecía convertirse en espejo para quien estaba frente a ella. ¿Por qué Marina Abramovic –y así otros personajes– genera en algunas personas tales crisis? Está visto, según el filme, que para muchos Marina Abramovic es un ídolo, de aquellos que producen desmayos, alaridos y llanto incontenible.

Otro elemento pavoroso es el acento de reality show que en momentos el documental adopta. Al estilo de The Ousbournes o Girls of the Playboy Mansión se emplea una musicalización que anuncia que el personaje hará algo curioso, es decir, nos pone en preaviso de  que Marina hará algo tonto como por ejemplo cuando ella está conduciendo una camioneta pero no sabe dónde están las luces.

Es un documental que genera sensaciones agridulces: se ve el museo como espectáculo, al artista como creador de espectáculo y al montaje en el contexto del MoMA como espectáculo. Sí, presenta a una Marina en retrospectiva cuyos aportes al arte contemporáneo son indiscutibles, pero también maneja un modelo de mujer-artista-emigrante- que instaura la siguiente fantasía: hay quienes en Estados Unidos con talento, tenacidad y ambición han logrado el sueño americano, en este caso Marina Abramovic pasó de ser artista extranjera trashumante, a ser gran estrella de la alta cultura dueña de un elegante departamento en Manhattan, rodeada de amigos famosos, exponiendo en este museo icono y vestida por la Haute Couture. Queda de manifiesto que también la reproducción técnica y masiva del arte ha permitido que gente que no perteneciese a la clase burguesa pudiera acceder al reconocimiento en el mercado artístico.

El reencuentro de las medias naranjas

Frank Uwe Laysiepen (Alemania, 1943), mejor conocido como Ulay, es fotógrafo, performancista y fue pareja de Marina Abramovic por doce años. Ambos construyeron una relación en la cual el amor constantemente accionaba con lo profesional, y viceversa. Eran guapos, extranjeros, y daban su vida por el arte de la performance. Durante gran parte del filme hay una tensión creada en torno a la relación entre Marina y Ulay generando una enorme expectativas acerca de cómo será ese reencuentro, cómo será ver de nuevo a Marina y Ulay –la pareja mítica del performance– sentados uno frente al otro en The Artist is Present.

A cuentagotas, Marina recuerda momentos claves de la relación y eso le agrega unas buenas dosis de melodrama a este documental que quiso ser reality. Marina y Ulay eran una pareja en la que los roles femenino/masculino estaban bien definidos: ella tejía suéteres y guantes para ambos mientras él conseguía el dinero y lo administraba. Al separarse, Marina no tiene idea de cómo manejar una cuenta bancaria y allí, Matthew Akers, el director, nos lanza otra fantasía: Marina logró subsistir a su pérdida amorosa, pero no de manera simple, sino de forma avasallante. Esto también puede estar evidenciando la siguiente reflexión de dosis feminista: la mujer, en cuanto supera sus miedos, puede alcanzar enormes estadios de poder dados por su ambición y crecimiento profesional. El detalle es que hay niveles en que esta tesis puede toparse con la utopía.

Al final del documental terminé formando parte del público mainstream, de ese que disfruta los realities. De momento olvidé todo planteamiento estético-filosófico en la obra de Abramovic y casi me convenzo de lo siguiente: quiero la vida de Marina Abramovic, quiero su departamento en Manhattan, quiero comprar en Givency, quiero un Ulay pero sin la separación, quiero llegar a 63 años viéndome como Marina Abramovic. Un “quiero” constante que me insertó, por un momento, dentro del público que permite, de manera insana, albergar y alimentar aquellas fantasías colectivas, poco probables de materializarse, que los medios de comunicación cada vez crean con más ahínco.