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Marçal Aquino: Mi literatura hubiera sido distinta de no haber sido periodista

Marçal Aquino | LISBETH SALAS

Marçal Aquino | LISBETH SALAS

Con el lema "Leer a un país es conocerlo", la pasada edición de la FIL Guadalajara presentó el programa Destinação Brasil, en el que participaron 18 autores brasileños de distintas generaciones, estilos y con diversas propuestas. La idea del programa fue acercar la literatura brasileña a los lectores en español. Papel Literario conversó con algunos de ellos. Comenzamos la serie con la entrevista a Marçal Aquino

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Marçal Aquino (1958) nació en el interior del estado de São Paulo. Es periodista, escritor y guionista de cine y televisión.

Aquino creció en un ambiente rural que lo marcó y le mostró el camino a seguir: contar historias. Por eso escribe, por eso es periodista. Su literatura se alimenta de la calle, de eso que él llama submundo. Le interesan las relaciones entre los hombres, el universo del conflicto. Sobre eso escribe, hacia eso apuntan sus narraciones.

Entre los libros que ha publicado se encuentran: As fomes de setembro (cuentos, 1991); O invasor (novela, 2002); Cabeça a prêmio (novela, 2003); Famílias terrivelmente felizes (antología de cuentos, 2003) y Eu receberia as piores notícias dos seus lindos lábios (novela, 2005).

Aquino llega a la entrevista con una sonrisa. Una breve presentación y un enunciado a medias bastan para que comience a hablar. Es un gran conversador. Explica, pregunta, responde, gesticula y sonríe.

Cuenta. Es un apasionado por la palabra. Un lunes, a media mañana, armó esta historia.

-Usted creció en una hacienda, escuchando historias orales...
-Crecí en el interior del estado de São Paulo, estuve hasta los 6 años allá. No teníamos televisión, algo muy importante, hoy uno no consigue imaginar un niño que no tenga televisión desde el momento en que nace. Yo pasé seis años sin televisión y eso fue muy importante porque crecí escuchando historias orales, contadas por las personas que vivían allá y eso generó en mí, bien temprano, esa idea de contar historias, que es lo que hago con mi literatura, yo sólo cuento historias. Creo que el origen de eso está allá en ese comienzo, en haber sido una persona para la que la televisión no tuvo tanta importancia. El cine, la verdad, fue más importante que la televisión. Quedé fascinado con el cine, yo no había visto televisión todavía cuando conocí el cine, ¿imaginas el impacto de eso? Al escuchar las historias orales, yo notaba que ellos tenían una técnica para contar historias, la misma historia era repetida varias veces siempre diferente, agregaban unos detalles, cambiaban otros; yo percibí que esa era una técnica de contar historias. Creo que una parte de mis ganas de contar historias y la importancia de escribir viene de ahí.

-Creció en ese ambiente rural, escuchando aquellos cuentos y con esas ganas de contar historias, ¿en qué momento decidió ser escritor?
-Antes de escribir creí que iba a ser ilustrador de cómics; yo dibujaba cosas, me gustaba dibujar. No tenía gran interés por la palabra escrita, tenía interés por el dibujo. En el momento en que comienzo a leer libros, por allí a los 9 o 10 años de edad, quedé en shock también, porque, a diferencia del cine y de las historietas, las historias se contaban diferente, la literatura apela a la imaginación.

El cine, por ejemplo, apela a la atención, no a la imaginación.

Tú vas a ver una película y no tienes que imaginar cosas, está allí en lo que ves. Cuando vas a leer la imaginación debe trabajar, un buen libro necesita de un buen lector, un lector con imaginación. En ese momento descubrí que lo que quería hacer en la vida era escribir, y por allí a los 14 o 15 años dije: yo quiero ser escritor.

Como escritor no era una profesión, escogí una carrera en la que pudiese escribir, por eso soy periodista. Nunca tuve pereza de trabajar con la radio y con la TV pero, en aquel momento, me fui a trabajar con los medios impresos, con los periódicos ¿por qué? Porque yo quería escribir. Mi asunto siempre fue la escritura, la palabra escrita.

-Usted fue periodista...
-Trabajé en cuatro diarios en São Paulo...

-Y trabajó en la fuente policial...
Sí, porque en el periódico donde trabajaba hacía falta un periodista de la fuente policial que tuviera contacto con ese submundo; yo era un reportero que estaba comenzando, me fui al submundo, en São Paulo, y entonces comencé a conocer todos los personajes que más tarde iban a aparecer en mi literatura. Eso me marcó.

-Más allá de los personajes y la experiencia en ese submundo, ¿qué le dio el periodismo a su escritura?
-En mi país se habla que normalmente el periodismo dificulta el ejercicio de la literatura. Tú trabajas escribiendo textos, reportajes todo el día, llega la hora y no tienes contacto con la literatura. En mi caso es lo contrario, primero el periodismo me dio la posibilidad de tener contacto con ese submundo, con esos personajes que yo no diría que son bandidos, son personas de la escala social más baja, ese contacto que tuve fue muy importante. Otra cosa muy importante: a mí me gusta la escritura muy concisa y el periodismo también es eso. En mi caso gané, mi literatura hubiera sido distinta de no haber trabajado como periodista.

-Por su trabajo conoció el mundo policial, ¿por qué escribir sobre eso también en su literatura?

-Porque siempre me interesé por los conflictos. Por ejemplo, yo veo aquellos dos señores conversando allá, si aquello me sirviera de inspiración voy a imaginar que ellos están discutiendo y están intentando llegar a un acuerdo, hay algo ahí que no está... uno quiere y el otro no. Entonces ese es el universo que me interesa investigar, el universo del conflicto. El universo del conflicto está por excelencia en ese mundo marginal. Las relaciones entre hombres y mujeres, entre hombres y hombres, eso me interesa mucho. ¿Por qué escogí escribir sobre eso? ¿Por qué eso apareció de forma tan importante en mi literatura? No tengo la menor idea, apenas interesa. Escribo mucho de parejas, me gustan mucho las historias y las dinámicas de las parejas, pero no tengo una razón. Es mi objeto de interés, fue natural. Cuando fui a escribir me vi hablando de esas personas que conocí porque estuve allí.

-Creció en una hacienda, oyendo historias, sin televisión y, sin embargo, terminó trabajando en el cine y en la televisión.
-Siempre accidentalmente. A mí me gustaba el cine, tenía un repertorio de películas muy bueno pero nunca pensé en trabajar en el cine. Yo creía que para tener una actividad económicamente inviable ya bastaba la literatura. Al contrario de la literatura, el cine necesita de un equipo. Para hacer un filme tienes que movilizar un número de personas, en la literatura no. Yo escribo a mano...

-Eso había leído, ¿es verdad?
-Sí, la literatura la escribo a mano, sólo la literatura. En cierta época de mi vida, cuando estaba comenzando a ser escritor, viví en una residencia. Trabajaba durante la noche y llegaba de madrugada. Quería escribir literatura y en aquél tiempo no había computadoras, había máquinas de escribir y no iba a despertar a la gente de la residencia, entonces comencé a escribir a mano y me apasioné por eso, porque vi que era diferente.

Es lo mejor, es más divertido. No consigo escribir literatura en la computadora, necesito del lápiz, pensar, hay un ritmo diferente Escribo en cuadernos y después lo paso a la computadora.

Cuando lo paso para la computadora ya lo considero el texto final. Ya trabajé esa idea, ya garabatee. El taller es el cuaderno, es donde trabajo y trabajo. Cuando el texto pasa a la computadora, por lo menos de mi parte, ya está listo. Eso no significa que no pueda haber cambios, pero es el momento en que empiezo a leer el texto final.

-Volviendo al cine...
-Un día un director de cine me buscó, un director llamado Beto Brant, él quería hacer un cortometraje, había leído un libro mío, le encantó un cuento y me pidió autorización. Quedamos amigos y descubrimos que teníamos muchas cosas en común, nos gustaba el cine, la literatura, la vida. Y ahí comencé a conocer eso de adaptar los libros. El cine es un medio muy diferente, tiene una dinámica muy distinta.

Llegué de forma accidental, yo no quería ir al cine. Fue muy bueno. Cuando fui a trabajar en el cine ocurrió una cosa muy interesante. Después que yo comencé a trabajar como guionista y descubren que soy escritor, eso facilitó el tránsito de mi literatura por las editoriales, yo llegaba a las editoriales y no era un desconocido, era un guionista, es una tontería, pero yo era, eso ayudó mucho a mi carrera como escritor.

-¿Cómo es el trabajo de llevar sus propias historias al cine?
-No tuve ni tiempo de pensar en eso. Fue automático. Recuerdo que Beto Brant estaba con algunas dificultades para hacer una adaptación, comenzamos a conversar y le dije yo haría esto, haría aquello, y él me dijo: entonces ven a ayudarme, y me transformó en guionista. Yo tenía algún conocimiento sobre el guión, había visto una materia en la facultad, pero no estudié para ser guionista, fui aprendiendo desde dentro. Trabajar con un texto de otro autor o uno mío no tiene diferencia, un libro es un libro. Cuando tú vas a adaptar yo pregunto: ¿qué filme es el que estás viendo allí? Tú me vas a dar una lectura que no es necesariamente la mía, en general no lo es.