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Máquina soltera: El traductor extremo

Retrato de Théophile Gautier / cortesía

Retrato de Théophile Gautier / cortesía

“Théophile Gautier cuenta los desvelos de cierto poeta menor, Jules Vabre, que concibió la traducción de Shakespeare al francés como una modalidad verbal del destino”

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En su Historia del Romanticismo (1874), Théophile Gautier cuenta los desvelos de cierto poeta menor, Jules Vabre, que concibió la traducción de Shakespeare al francés como una modalidad verbal del destino. Sin embargo, Vabre creía que su destreza en el inglés resultaba insuficiente para que las dudas de Hamlet fueran memorables. Por eso dejó su vida en la rue Fontaine-au-Roi para irse a Londres: juraba que las costumbres británicas, su clima y sus alimentos provocarían la revelación de aquellos versos en su lengua nativa. Cuando Gautier se lo topó en la isla al cabo de unos años, Vabre parecía un museo de gestos ingleses, incluidas la amistad sin diálogos y la sangre protestante. Hasta su idioma materno estaba cruzado por acentos sajones. No había escapado a la pobreza de los inmigrantes, pero sí a su destino de cocheros sin empleo. Gautier no pudo evitar una broma: le dijo que para traducir a Shakespeare como dios quería solo necesitaba entonces reaprender el francés –a tal punto su ambición lo había transformado. Lo grave no es esa sobrestimada necesidad de adaptarse a los aires del autor que deseaba versionar. Ocurrió que esa furia, en definitiva, impidió que Jules Vabre –antiguo gentil hombre galo– tradujera las obras de Shakespeare que lo llevaron a mudar de costumbres y a descuidar su propia obra pequeña.

La doctrina detrás de esa actitud parece entrañar la idea de que el lenguaje literario es una comunión entre el autor y el universo. La sintaxis del arte no hace sino imitar la belleza y el orden de la naturaleza, como si en esa servidumbre se expusiera mejor la salvación del hombre. El ensayo de Coleridge On Poesy or Art (1818) indica los términos de ese vínculo y sus grandezas: la naturaleza se comunica imprimiendo sus fronteras y superficies en el ojo humano, y por medio de este da significación y adecuación (significance and appropriation); de modo que el fundamento de ese proceso consiste en “humanizar la naturaleza, infundir los pensamientos y pasiones del hombre en cada cosa que se haga objeto de su contemplación”. Los argumentos de Vabre repiten distraída e incompetentemente esa especulación. Suponen que las dudas del príncipe de Dinamarca derivan de la alimentación desabrida infligida por la tradición a un dramaturgo isabelino; imaginan que el tiempo puede abolirse y que las posadas de Stratford-upon-Avon aún guardan inalterable el polvo del siglo dieciséis y que ese polvo puede llamarse esencia. No deja de ser conmovedor que esas pupilas francesas hayan husmeado cada rincón en busca del “significado”: ese discurso mudo que grita el paisaje y se hace en ocasiones un verso alejandrino.

Esa candidez filosófica concuerda con los convencimientos del licenciado Hyppolite-Adolphe Taine –posteriores a los de Coleridge–, que propugnan con excesiva euforia la subordinación de un escritor a sus compatriotas, a los mendigos y a las prostitutas que lo sobrevivieron trescientos años.

Hoy, la noción que convierte la literatura en un escenario sublimado donde contienden el hombre y su imagen del mundo ha sido rezagada en beneficio de otras majestades. En ese sentido, la traducción parece el género anti-romántico por antonomasia. Le incumbe menos la primacía moral que vuelve el arte una encarnación laica de la religión y la bienaventuranza que hacer de un grupo de palabras extranjeras una sucesión de frases nativas. La naturalidad de un poema traducido se busca en otros lados: el mismo Coleridge encarece la Ilíada de Chapman con párrafos donde se habla de que así hubiera escrito Homero de haber vivido en la Inglaterra de Isabel I. Nada sobre el traslado del hombre a los objetos ni sobre aquella imprenta que se graba en el ojo con sus colores, forma, movimiento y sonido. En algún instante, menciona la identificación de Chapman con el destino homérico, sin abundar en razones y sin inaugurar con esa nota algún embrollo conceptual. Quizá Coleridge estimara innecesario penetrar en los misterios que llevan a una epopeya griega a parecer el poema de un buen súbdito inglés.

Hoy Jules Vabre parece más un signo delirante que un traductor real. Queda de él esa apretada síntesis hecha por Gautier: “Era romántico, pero también rabelaisiano, y en la mezcla prescrita de lo grotesco y lo serio forzó la dosis de bufonería” (p. 35).