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Máquina soltera: El sombrerero loco

Máquina soltera: El sombrerero loco

Máquina soltera: El sombrerero loco

“Según HAT, la poesía de Colombia sigue un movimiento ondulatorio que alcanza sus crestas en el modernismo y en los poetas agrupados en las revistas Los Nuevos y Mito, y sus valles en los cuadernos Piedra y cielo y el Nadaísmo”

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Estoy en la lista de correos de Harold Alvarado Tenorio, y cada tanto me llega algún mensaje suyo con un artículo, los datos de un libro nuevo, un número reciente de la revista Arquitrave, que él dirige. Nunca deja de sorprenderme el remitente: HAT. A primera vista, quien me incluyó entre sus corresponsales es un sombrero mayúsculo. Eso: cierto bombín inglés, de fieltro y ala redonda, me escribe desde su exilio en Manizales. Su imagen podría haber sido pintada por Magritte: “Le bouchon épouvanté”, el corcho horripilado. O, incluso, por John Tenniel, el gran ilustrador de los libros de Lewis Carroll. En ese caso, aquel SOMBRERO terminaría transformado más bien en su hacedor, el SOMBRERERO LOCO. Esa definición es más exacta.

El MAD HATTER tiene en Ajuste de cuentas. La poesía colombiana del siglo XX (Agatha: Palma de Mallorca, 2014) su propia fiesta del té. La antología es un gesto entre heroico y desquiciado: como lo indica el nombre, esas 660 páginas son un acto de venganza, un procedimiento simultáneamente gerencial y justiciero que comprime, sin ahorrarse el dolor, cien años de escritura en unos cincuenta nombres. Ya en la dedicatoria, Alvarado Tenorio procura el desquite inicial. El volumen le hace homenaje a la memoria de Edison Mira Barrera –asesinado, nos cuenta el autor, que luego enumera a los ejecutores y sus jefes. Es un despacho apropiado. Leída desde allí, la compilación tiene una estructura francamente política. Según HAT, la poesía de Colombia sigue un movimiento ondulatorio que alcanza sus crestas en el modernismo y en los poetas agrupados en las revistas Los Nuevos y Mito, y sus valles en los cuadernos Piedra y cielo y el Nadaísmo. La “generación desencantada” podría ser una extensión de la calidad de aquéllas –una modalidad literaria de la ideología liberal–, mientras que las caídas de estos han sido reeditadas por las circunstancias y apellidos de lo que Alvarado Tenorio llama “la república del narcotráfico”. La literatura debe leerse como el principio expresivo de los impulsos democráticos o autoritarios, conciliatorios o violentos de la sociedad colombiana.

Sin embargo, esa consideración general supone una fórmula imperfecta de esta antología, porque Alvarado Tenorio no redime a los miembros de tal o cual grupo por su misma adscripción. Eso lo entiende Antonio Caballero en su prólogo –penetrante, en ocasiones burlón, hasta algo odioso–: “A todos los poetas colombianos que escoge para esta antología, vivos o muertos, Alvarado Tenorio los detesta”. La frase no es del todo verdadera ni hiperbólica, pero muestra el lugar desde donde se concibe esta vindicta. Sí, el sombrerero loco sabe extraer de su turbante las historias más personales y las cifras más probatorias para respaldar sus juicios sobre los nexos entre los autores elegidos y el mando. No sería un error admitir que Ajuste de cuentas podría llevar como subtítulo el nombre que alguna vez Mirko Lauer usó para una selección de textos: Los poetas en la república del poder.

 

Medio villanos, medio héroes

Aunque está en la nómina de Mito –“Una revista que (…) mostró a los colombianos que había otros mundos y otras maneras de entender la realidad”–, Álvaro Mutis fue como el edecán de “empresarios y gobiernos hegemónicos”; aunque haya sido parte del Dadaísmo –entre cuyos integrantes están “los más grandes delincuentes y criminales que ha tenido Colombia”–, Jaime Jaramillo Escobar es “uno de los más notables poetas de la lengua”. HAT evalúa sin titubeos la creación verbal y la ética, pues para él es inaceptable la noción de un poeta vendido a las prebendas. Las crueldades de la historia colombiana han tenido en muchos de sus intelectuales un correlato perfecto, que ha servido para legitimar el Palacio de la Presidencia y sus decretos. La creación de la Casa Silva y el Festival de Medellín, por ejemplo, serían muestras recientes de ese infausto enlace. Lo que ambos tipifican es la idea del show subvencionado y de la doma de los escritores en instantes sangrientos: el país que se destruye desde las instituciones oficiales se ve lustroso en los actos culturales.

En ese escenario, la moneda más perversa es quizá la que tiene el perfil de Eduardo Carranza. Su obra, “patriotera y sentimental”, fue escrita contra un fondo de terror que incluye “el asesinato de [Jorge Eliécer] Gaitán” y “la violencia conservadora con 300.000 homicidios”. El piedracielismo representado por Carranza terminó por ser un embaucamiento estético con el reverso cómplice del extravío político. Alvarado Tenorio enumera sus cargos con los gobiernos represivos, su coqueteo con el franquismo, sus condecoraciones, su erotismo aguado de “mujeres hermosas y buenas” que “apenas tenían cintura”. De hecho, HAT no organiza una sección con textos de Carranza, los que incluye están en la nota biográfica, y el más extenso –“Epístola Moral”– está copiado allí para advertir que “el tono como los metros, las rimas y casi los asuntos trasuntan un buen trecho de Piedra de sol de Octavio Paz”. La conclusión es evidente: el “respetable” señor Carranza era un copión.

Junto a ese funcionario oportuno resaltan las figuras de León de Greiff, Jorge Zalamea, Aurelio Arturo, Jorge Gaitán Durán, García Márquez, Jaramillo Escobar e Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard. Entre ellos hay creadores y un creado –el último en la lista es el personaje principal de la novela Sin remedio, de Antonio Caballero. Cada nombre es el guiño final del MAD HATTER que sabe cómo construir un canon sin asepsia. En esos casos, Alvarado Tenorio defiende la grandeza poética que se liga a una relativa calidad moral. Ninguno de ellos justificó los crímenes del autoritarismo, ni la perversión del Frente Nacional, ni la repartición de sinecuras, ni las distracciones de la connivencia. Además, en sus escritos se revelan la herencia de la lengua, el desparpajo y el deseo, las formas de la felicidad y la adhesión humana. Sin recurrir a las disculpas del antólogo que sabe qué omitió, Alvarado Tenorio elige según lo que detesta, ciertamente, y lo que estima. Ajuste de cuentas no es un libro académico, no aspira a la presentación de un  mapa literario diacrónico, sino al ejercicio algo medieval de los humores. La institución que lo administra no tiene siglas, pero sí lleva firma. Se la ve en la portada, en letras blancas: Harold Alvarado Tenorio. Debajo de ella se reitera la importancia de Jaime Jaramillo Escobar, X-504: la tapa del libro es su retrato como artista joven. Tiene un ojo abierto y otro por poco cerrado. Parece una metáfora del compendiador: a medias entre el prejuicio y la clarividencia, el Sombrero Loco ensaya un análisis de la poesía colombiana que no lo deja afuera, que le permite hundirse en el mierdero de los espaldarazos y de las repulsas. Desde esa perspectiva se comprende el rol de García Márquez, puesto en el mero centro del volumen, donde ocupa más páginas que el resto de autores. Alvarado Tenorio interpreta sus novelas como el símbolo de toda gran poesía: en ellas todo coexiste, son utópicas y admiten personajes e ideales destinados al fracaso.

Mucho de eso hay también en Ajuste de cuentas. La antología de HAT es como un lugar imposible donde se juega al delirio de la simple justicia. Cuesta enfrentarse a los poemas como instancias de un oficio puro y sublimado; la poesía termina allí por ser la ruina de un país que escogió la corrupción, la barbarie y la alcahuetería. Del bombín de Alvarado Tenorio se asoma con timidez, como recurso concluyente, el patrón defectivo de unos pocos que no lucieron medallas ni dotes, y lograron crear una obra que no rehuyó enfrentarse a los horrores de su época. Tal vez en esa comunicación haya algo de esperanza.