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Máquina soltera: La sentada

Foto: Cortesía

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“La frase canónica la conocemos todos: «me leí [inserte título aquí] de una sentada». Mi madre leía seguramente de una sentada a Agatha Christie, como otros leen 'Piedra de mar' o 'La metamorfosis'; de una sentada ahora hace crucigramas”

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La lectura también tiene su sistema de pesos y medidas, como todas las ciencias –reales o imaginarias. Visto así, el gesto de elegir un libro cualquiera se somete más tarde a los rigores de un cómputo, como la presión atmosférica a la barometría. Se puede adivinar que el sistema conseguido otorga estrellas, pulgares, corazones o cifras al texto rematado. Los espaldarazos cuentan, queda claro, con un sentimentalismo graduado como un transportador o una cinta de sastre.

En muchos lugares, una “sentada” equivale al grado superior de la lectura. Uno se imagina al lector rindiéndose a las sugerencias de Calvino:

“Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!» Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!»”

Esos preparativos parecen ideales, marcas de una era que no previó la transformación de las fuentes de soda, los autobuses, las estaciones de trenes o los vagones de un metro en espacios para la inmersión en la literatura. Hasta los apartamentos repletos de Chungking Mansions, en Hong Kong, servirían, dice uno, para irrumpir en Comala o en la Casa Usher. Pero lo que encontramos al apenas abrir aquella obra italiana es como la fase lubricante del poema o el volumen de cuentos: después viene la cosa que lleva los ojos de la línea inicial a la de cierre, si no se inmiscuyen el aburrimiento, la familia, las tareas, un tornado o el hambre. La lectura es una forma de absorción que antecede al hallazgo o, en el peor de los casos, al accidente de tránsito –si nos distraemos lo bastante para ser arrollados por una furgoneta de lavandería.

La sentada calcula, pues, el tiempo transcurrido entre el contacto con las primeras palabras y las últimas. En su complejidad, abarca la idea de concentración, desacato a los calambres, la necesidad de saber qué le espera a un personaje, la furia de los eventos incluidos entre portada y contratapa y, sobretodo, la subestimación de los fondillos –“no hay nalga que valga lo que el eje cerebro-corazón”, diría el Lector. Una sentada es distinta de una hora, pero bien podría durar, justamente, una hora; hasta nueve, supongo. No creo que haya sentadas de tres días: la noción parece excesiva, hasta inhumana. Todos debemos ir al baño alguna vez.

La frase canónica la conocemos todos: “me leí [inserte título aquí] de una sentada”. Mi madre leía seguramente de una sentada a Agatha Christie, como otros leen Piedra de mar o La metamorfosis; de una sentada ahora hace crucigramas. No sé si el asunto tenga que ver con la dificultad, aunque –asumo– sería más viable terminar de un tirón cualquier libro de J. K. Rowling que uno de Hilda Hilst o Victoria de Stefano –el “tirón” es una medida de lectura semejante a aquella. Sin embargo, sería errado asumir que un libro “oscuro” puede representarse con la ecuación n + 1, donde n es la sentada única, inobjetable, edénica.

Yo, por mi parte, nunca leí de una sentada a Massiani, ni a Kafka, ni a Vallejo, ni a Simenon, ni a Borges. Quizá soy muy moderno y requiera, cada pocos minutos, estirarme, abrir Twitter, recalentar café, pensar en otro libro, anotar algo, acostarme de flojo, tomar agua, mirar televisión, escribir –con tropiezos– mi Máquina Soltera. Ay, esa enumeración es simplemente una excusa para hacerme pasar por un tipo común del siglo veintiuno. Siempre hubo distracciones, sólo que antes el ruido lo hacían caballos sobre piedras. Pienso, más bien, que soy un escéptico de la sentada, porque admito que cualquier texto puede crear fricciones y desvíos que posterguen el fin. Si uno ve la foto del ejemplar de Finnegans Wake que leyó Susan Sontag puede notar que allí se ejercitó una lectora paciente, capaz de hacer pausas para llenar los márgenes de dudas u observaciones. La novela de Joyce es un ejemplo extremo, sí, pero sirve como defensa de la morosidad que ocupa sentadas y tirones sin temor. No leí mejor Rayuela a los diecisiete años porque tardé cuatro meses en dejarla; tampoco peor. Será que la sentada es solamente una medida de ocio y no de calidad: te relajaste, no te espera trabajo, el mundo fue destruido y nomás quedas tú, Lector, Lectora, en el planeta. Éntrale al nuevo libro como quieras.