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Máquina soltera: La película de la urraca

El diario de la Urraca | Foto cortesía

El diario de la Urraca | Foto cortesía

“La Poesía en mayúsculas es una modalidad sublimada del deseo, a lo mejor hasta un anacronismo; las urracas son su inconfundible lado físico, sin duda puesto al día”

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Cast of Characters. Desde la infancia –o a causa de la infancia–, suponemos que la urraca es parlanchina. Sin embargo, este libro de poemas de Rodolfo Häsler se fundamenta en una idea distinta de esas aves, que refuta la iconografía de Terrytoons: más que humorísticas reproductoras del habla, son como telescopios y como linternas. La distinción anula desde el comienzo cualquier uso retórico de la urraca como un doble unánime y perfecto del poeta. La referencia ornitológica mitiga la metáfora que asocia la escritura y el sonido, pues busca aprovechar, sobre todo, el punto de vista de quien vuela, para luego apuntar las consecuencias. En eso, Häsler contradice directamente a Keats, quien buscaba elevarse hasta el dichoso ruiseñor de su oda on the viewless wings of Poesy, en las invisibles alas de la Poesía. Aquí quien busca el cielo del poema es la urraca de extremidades evidentes, como lo señala cualquier cuadro anatómico, que le permiten mantenerse en el aire y divisar aquello que hay que ver. La Poesía en mayúsculas es una modalidad sublimada del deseo, a lo mejor hasta un anacronismo; las urracas son su inconfundible lado físico, sin duda puesto al día.


Credits. El título de este volumen no debe entonces confundir la identidad del autor. El nombre que se lee en la portada, más que una obviedad, es una especie de enmienda. Diario de la urraca: el genitivo puede hacer creer que se reúne la serie de indagaciones de un ejemplar de la familia de los córvidos, pero en verdad cada texto ha sido escrito por Rodolfo Häsler. La aclaratoria no es broma, de hecho apunta a lo que yace en el centro del libro –la movilidad del ave permite que la mirada del poeta sea similarmente ubicua. Lo que se anota en esta agenda es el resultado de un itinerario de observación compleja, que termina abarcando a la vez lo geográfico y lo imaginario, lo material y lo metafísico. El sintagma de la portada podría transformarse: Diario con la urraca –Diario a partir de la urraca– Diario sobre/entre/a un lado de la urraca. Así queda claro que el propósito de Häsler tiene relación con el Wallace Stevens de “Trece formas de mirar un mirlo”, aunque el paisaje de fondo es muy distinto. El subtítulo lo aclara: “Cuaderno paulista”.


Location. Desde el texto inicial, “Página uno: lunes. La urraca lúcida”, sabemos que hay un ámbito de acción para aquel par de ojos:

Tengo una urraca que todo lo mira.

Aunque huidiza, ahí está, quizá un azar,

tira de la hebra, un deslizamiento al caer

sobre un montoncito de hierba de Ibirapuera.

Frecuentemente hallamos acá una referencia a un lugar específico de São Paulo, lo que nos da la idea de un levantamiento topográfico que fuera, al mismo tiempo, una meditación sobre el arte de convivir con el caos urbano. La lucidez de esa urraca inaugural consiste en convertir el entrevero de la ciudad en pausa; la morosidad que se logra tiene mucho de “milagro secreto”: en la lentitud, el poeta descubre un complejo ecosistema que incluye el pasado, hojas secas –que crujen–, versos de otros, parques segmentados, la transparencia, el brillo. Donde reposa el pájaro salta un terreno nuevo, que en el poema se fija como microcosmos o se intuye como anverso inevitable (“Detenerse para sentir el tiempo y no morir de muerte segura”). ¿Qué es una megalópolis si no la cadena de comunidades adyacentes, o resumidas, o impalpables, o meramente intuidas, o aun supuestas? Como muñecas rusas, hay una São Paulo dentro de otra dentro de otra de otra… La función de la pupila de aquella Pica Pica y de aquel Homo Scriptor es hacer de tales contenidos un mundo obvio.


Zoom Out. A veces ese orbe no se ve desde cerca; esa es la razón por la cual Häsler le presta atención al planeo de la urraca. Quien se encumbra –nos sugiere– tal vez logre percibir ese “otro regazo en busca de consuelo” que se menciona en “Página nueve: jueves”. En cierto modo, la distancia que el vuelo establece tiene mucho del extrañamiento que pedía Bertolt Brecht. Esa poética se propone el acceso a un panóptico benigno, nada policial. La vigilancia lleva a una primera acotación del espacio –eso de allí es la topografía del cuaderno paulista. Comprende Ibirapuera, Jabaquara, el Café Brahma “en la esquina de Ipiranga con São João”, el Altino Arantes, la rua Aurora, el Aeroporto de Guarulhos. Busqué esos puntos en Google Maps: existen. Pero esa comprobación apenas sirve para darle carta de autoridad a un relato realista. Häsler se distingue de alguien como Carver, por ejemplo, en su creencia de que la urraca al fin se viene abajo, cambia el foco, le presta claridad a ciudades invisibles –igual que el Marco Polo de Italo Calvino:

La última palabra procede de lo alto y desciende

como el rocío sobre los tejados.


Zoom In. Hay que aplicarse. En la siguiente toma, se advierte que la urraca lúcida es ahora “la urraca de luz”. La metamorfosis es bastante elocuente, y muestra el paso instrumental de telescopio a faro. El brillo no es tortura, sino revelación. Cerca de la nueva visión, lector, está el susodicho São Paulo ad infinitum. Hay que aplicarse a reconocer lo que estaba borroso. Sí, la matrioska: si entras a un museo, digamos, el ave expone la realidad de un cuadro de Van Gogh; y en él, el pigmento amarillo; y en él, la sublimidad del imperio chino, un dios maya, los sabios consejos en los muros de Persia. Lo abrevia Häsler: “Es un avance y un dominio que se agarra de raíz”. Según ese principio estructural, lo que debe admitirse al terminar la lectura de este libro es la posibilidad de que, en la base, una compilación de poemas no sea más que la postulación de un alfabeto que parezca el común y, sin embargo, en su familiaridad, descubra que en toda secuencia de letras cabe un universo insospechado. En el graznido de la urraca posiblemente se oiga nuestro nombre profundo, nuestra vida recóndita. Mucho de eso está escrito en este diario, con la caligrafía de Rodolfo Häsler.


The End.


*Prólogo de Diario de la urraca, de Rodolfo Häsler, publicado recientemente por Editorial Kalathos.