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Máquina soltera: La fantasía crítica

Sigismund Krzyzanowski | Foto: Cortesía

Sigismund Krzyzanowski | Foto: Cortesía

“Krzyzanowski nunca usó braga de jornalero. La famosa escultura de Vera Mújina, El obrero y la koljosiana (1937), no representa a alguien como él: escuálido, miope, intelectual, “devoto de las miniaturas y de lo evanescente” –como resume Thirlwell–, incluso encorbatado”

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En su prefacio a la traducción inglesa de Autobiografía de un cadáver, de Sigismund Krzyzanowski, Adam Thirlwell puntualiza el principio general de aquel libro: “Como al Estado soviético, a [Krzyzanowski] le gustaba jugar con la naturaleza de lo real”. La frase podría excluir los nombres propios, convertirse en un aforismo de Borges y leerse de otro modo: “El Estado soviético era una rama de la literatura fantástica”. Esta descripción es quizá demasiado tibia para abarcar los planes quinquenales y los muertos de Stalin, pero detalla bien el propósito fundador del Nuevo Hombre Soviético –una criatura imaginaria digna de un bestiario medieval, conocida indistintamente como “héroe positivo”.

La tipología de esa optimista construcción humana tenía que excluir a un autor dubitativo, inclinado a los personajes también descartados, a la metafísica y a los rasgos grotescos; lo opuesto, en fin, a los mineros y a los cosmonautas. En la Unión Soviética, la profesión y el origen sólo podían dignificar a algunos, como en una versión remozada del populismo y las leyes de Mendel. Krzyzanowski nunca usó braga de jornalero. La famosa escultura de Vera Mújina, El obrero y la koljosiana (1937), no representa a alguien como él: escuálido, miope, intelectual, “devoto de las miniaturas y de lo evanescente” –como resume Thirlwell–, incluso encorbatado. Al menos su porte iba acompañado de un don para la escritura asalariada que le permitió sobrevivir redactando conferencias, notas para diccionarios y enciclopedias, dramatizaciones de obras ajenas… Los relatos que acopiaba en su habitación no cuadraban con los apremios de su época y su avatar artístico, el realismo socialista; Gorky y otros censores prohibieron su aparición, de manera que terminaron como una pila de impublicables salvados por su viuda, Anna Bovshek. La condición de inédito era, sin duda, un destino mejor que la condición de prisionero, como lo confirman los retratos policiales donde se ve la degradación de Osip Mandelstam e Isaac Babel.

Nacido en 1887 en Ucrania de padres polacos, Krzyzanowski llegó a Moscú a los treinta y cinco años; allí murió en 1950. En la capital rusa fue con el tiempo volviéndose invisible, sentenciado a la fantasmagoría por tres sencillas letras –NSP, No Se Publica– que encarnaban un código de mengua ciudadana. El dictamen de una entidad menor como la Asociación de Escritores podía marcar el límite entre lo orgánico y lo filosófico: lo que impugnara obraba sobre la vida humana hasta hacerla ficticia. En “Costuras”, un texto fragmentario, Krzyzanowski escribe en términos claros sobre ese carácter oficial: “Lo sé: he sido expurgado de todos los ojos, de todos los recuerdos; incluso las vidrieras y los charcos pronto van a dejar de reflejarme”. En otra sección se refiere a un cierto género especial:

“La gente a quien Moscú ha juzgado en tribunales y execrado de la ciudad ha sido, según dicen, sentenciada a “menos 1”. Nadie me ha dictado ese fallo: 0-1 (…) Sin embargo, estoy completa y firmemente al tanto: he sido proscrito para siempre y sin remedio de todas las cosas, de todos los deleites, de todas las verdades. Aunque camino, observo y escucho rodeado de otros que habitan esta ciudad, lo sé: ellos están en Moscú y yo en menos-Moscú”.

La sutileza de esa descripción no mitiga el dolor de saberse un fantasma. En aquel territorio casi experimental donde se buscaba la fórmula de un edén laico, de una utopía de Blancanieves operaria y enanos felices, las categorías de lo real acataban el poder de los escritorios, los timbres fiscales, el funcionariado y sus escritorios. La narrativa de Krzyzanowski ofrecía en ocasiones la reducción al absurdo de esas políticas de Estado. Sus escritos son como notas al margen de una jurisprudencia que promovía una experiencia alucinada del entorno. A veces, lo que imagina es una salida simultáneamente lógica y trastornada a un problema familiar. En “Quadraturin”, un cuento del volumen Recuerdos del futuro, un vendedor le ofrece a un fulano común, Sutulin, la solución al inconveniente de la falta de espacio; el tipo habita en algo parecido a una caja de fósforos. El visitante le da un tubo de un químico llamado Quadraturin. Instrucciones: use un trapo para frotar las paredes con la esencia del producto disuelta en agua hasta que el cuarto se expanda. Listo. El problema es que el lugar crece interminablemente y Sutulin se pierde sin ayuda en aquella planicie sombría.

La obra de Sigismund Krzyzanowski funciona como el correlato crítico de los deseos, engaños, sanciones y exabruptos de un sistema que administraba a un tiempo los campos de trabajo y el sexo de los ángeles, lo mismo que una iglesia movida por la saña y sin el talento de Gogol, Kafka o Borges a la hora de figurarse sus caprichos y sus muchedumbres. Esos libros son todavía recónditos, pero acumulan suficientes sorpresas para transformarse, sin recurrir al Quadraturin, en una vastedad hospitalaria.