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Máquina soltera: Lectores abismales

Pálido fuego

Pálido fuego

“Lo que han vivido o lo que han acumulado como conocimiento son la clave de su función crítica; son modernos, es cierto, pero su modernidad termina por ser más novelesca que ejemplar”

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Kinbote, Charles, Dr., amigo íntimo de S., su consejero literario, editor y comentador”. Así se describe el propio Kinbote en el índice de materias de su edición del poema “Pálido fuego”, en el mundo ficticio de Pálido fuego (1962). El retrato no asoma lo que habrá de ser el conjunto de apostillas que conforman la novela de Vladimir Nabokov: es sucinto, prescinde del fárrago personal, el delirio y la mistificación del resto de la obra. Hallado al final, ese resumen no puede leerse retrospectivamente como un modelo de escritura: el erudito aristocrático que ridículamente se explaya al glosar el texto original de un fulano llamado John Francis Shade se despide con un gesto humilde, casi técnico. La confrontación entre la ampulosidad y el recato acentúan el carácter cómico de la narración.

Desde la nota a los primeros versos pareados de Shade, Kinbote hace del trabajo exegético una intromisión que mezcla anécdotas, especulaciones, falsas revelaciones, enmiendas, profecías a posteriori. Así invierte una conocida frase de Ricardo Piglia: para éste, la crítica es “una de las formas modernas de la autobiografía”; para aquél, la autobiografía podría ser una de las manifestaciones actuales de la crítica. Toda oración ajena cobra sentido como base de la experiencia del lector: lo que contiene una página cualquiera se transforma en una forma teatralizada del Yo –en una versión histérica, es decir.

Un ejemplo: Shade usa la expresión “tierra de cristal” en el duodécimo verso; para el exégeta, ésa es “tal vez una alusión a Zembla”, su “querido país”. Ay, agrega, el poeta habría dicho más al respecto si su esposa no hubiera controlado lo que hacía. Y pasa a informarnos que la regencia de Charles el Bienamado habrá de recordarse por elegante y pacífica. No hay palabra elegida por Shade que no tenga su anclaje en las historias que Kinbote le habría comunicado. La literatura parece la reelaboración cifrada de datos cotejables, un sistema de alusiones disimuladas por una nomenclatura opaca.

Ese personaje estrambótico de Pálido fuego tiene un antecedente menos fastuoso en Manuel de Faria e Sousa (1590-1649), de quien se publicó una edición de Os Lusiadas de Camões con extensas acotaciones suyas. El autor portugués recibió el elogio de Lope de Vega, que escribió lo siguiente:

“De aquí resulta dudar yo, cuál fue más, si tejer el Comentado una tan artificiosa tela, si desenvolver el Comentador este artificio (por más que él me asegura, quisiera antes haber hecho el Poema, que el Comento) pues penetrar uno lo que otro sutilmente piensa, parece más que el pensarlo: de que resultó ser más difícil el salir del laberinto de Creta, de lo que fue el hacerlo”.

La dialéctica Comentador-Comentado queda resuelta a favor del primero; es una victoria del perito turístico sobre el arquitecto. Acá no ya no es lo subjetivo el fundamento de las explicaciones textuales: Faria e Sousa procura más bien mostrar “artificio, ciencia, y noticias”, como dijera Lope. Es una exposición cultísima que aclara el ingenio de Camões, que señala las verdades de sus fábulas, que lo sabe emparentar con Homero y Virgilio. 

La segunda estrofa de Os Lusiadas comienza con el verso “Y también las memorias gloriosas”. Para Faria, las “memorias gloriosas” nos remiten a “los hechos ilustres, principalmente militares, sin los cuales hay poca nobleza, o gloria humana bien fundada”; a eso añade con suficiencia moral: “porque comer mucho y vestir costoso, a poder de aquel no sé qué, que se llama Fortuna, sin acción que huela a honra, o ánimo generoso, son dichas que propiamente se deben llamar Antípodas de la fama gloriosa”. De otro fragmento, “yo canto el pecho ilustre lusitano”, Faria jura que ha de referirse al rey don Manuel, “que consiguió todo esto de obedecerle el mar y las armas”. En otras secciones nos remite a la mitología, al conocimiento geográfico, a minucias teológicas, a eventos de la historia portuguesa, a la botánica y a la zoología.

Manuel de Faria e Sousa era un católico amante de las glorias marciales, y lo que dilucida debe entenderse como algo irrebatible. Eso tiene en común con el doctor Charles Kinbote: jamás llega a dudar de que es la autoridad capaz de traducir en un discurso claro las ambigüedades de un poema. Son hermeneutas excesivos, porque leen a partir de una monstruosa valoración de sí mismos, sus capacidades y su relevancia como guías o pretextos. Lo que han vivido o lo que han acumulado como conocimiento son la clave de su función crítica; son modernos, es cierto, pero su modernidad termina por ser más novelesca que ejemplar. Por supuesto, eso entendió Nabokov, quien puso a Kinbote a mostrar sus espejismos en su Pálido fuego. Manuel de Faria e Sousa espera todavía por su escritor. ¿O es que debemos acercarnos a su edición del libro de Camões como a una fantasía narrativa? Los dos volúmenes publicados en 1639 tienen más de mil páginas: no sé quién será el loco.