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Máquina soltera: Crónica mexicana (2). Algunas mesas

Mesa mexicana | Foto cortesía

Mesa mexicana | Foto cortesía

“Recuerdo que mi Primera Cena en el DF fue de horchata, pozole, michelada con cerveza Bohemia oscura y flan. Los adjetivos que describirían esa experiencia parecen demasiado heterogéneos: dulce, acre, picante, salada, amarga”

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Es posible reconstruir un viaje a partir de la comida, supongo. El plano que resulte de esa acción tal vez no coincida con los dibujos de la cartografía pública, pero debe esbozar otras certezas, como una placa de rayos X más conjetural. No sé cuál es la proporción de ese mapa en relación con el territorio. De hecho, no es imposible que allí el tamaño de México crezca como Alicia en el segundo capítulo de su país maravilloso. Pero no faltan los escépticos: “No hay tal lugar”, podría decir al cabo alguno de ellos, incapaz de notar la multiplicación planetaria de los platos mexicanos –que incluye, por supuesto, imposturas y traiciones. Pero no hay que olvidar que las evocaciones de Proust en su novela sobrevienen porque se llevó a la boca un bizcocho.

Recuerdo que mi hermano Avilio y yo caminamos desde Río Sena 69 ya de noche, él con más normalidad que yo, seguramente: a mí no podía dejar de sorprenderme que los otros peatones no anduvieran sobresaltados con las motos más bien ocasionales. La paranoia, se sabe, también es geográfica, y se puede atenuar con los desplazamientos. Atravesamos Reforma y seguimos por Génova. La Zona Rosa es una congestión de parejas más bien sentimentales, que no atienden la mala fe de la pudicia y la homofobia. Cruzamos a la derecha en la calle Londres y entramos a La casa de Toño. Recuerdo que mi Primera Cena en el DF fue de horchata, pozole, michelada con cerveza Bohemia oscura y flan. Los adjetivos que describirían esa experiencia parecen demasiado heterogéneos: dulce, acre, picante, salada, amarga. La sucesión alude a un país que varía en el espacio de una sola mesa y un menú único.

Recuerdo que al día siguiente tomamos el metro en la estación Insurgentes. Los vagones son rojos y usan cauchos pequeños; un despistado podría jurar que son clones anómalos de los autobuses londinenses. El transporte que nos llevó a Toluca salió de la Terminal Observatorio. Recuerdo que un taxi blanco y verde nos dejó frente al edificio donde funciona el Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal (CEAPE), en Josefa Ortiz de Domínguez 216. Recuerdo que a los minutos bajó de su oficina el escritor Marco Aurelio Chavezmaya, con quien había intercambiado algunos correos y hablado por teléfono la noche anterior. No puede no recordarse siempre su afecto y su generosidad. Esa tarde almorzamos en La poblana Avilio, Marco Aurelio y yo con Félix Suárez y Alfonso Sánchez Arteche –los otros miembros del Consejo Técnico del CEAPE–, y con Guillermo Ferreyro, el argentino ganador del premio de cuentos del Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz. La compañía resultó inmejorable. Recuerdo que nadie reculó ante la ensalada prehispánica de gusanos de maguey, chapulines y escamoles. Recuerdo que, en aquella bandeja, los insectos y las huevas de hormiga nos causaban a los extranjeros curiosidad sin reparos. Recuerdo que los tacos llevaban además salsa picante y aguacate, y que cada bocado resultó crujiente y salado y gustoso. Mi plato principal fue mole con muslos de pollo. Recuerdo que el sabor era hondo, algo opaco, como si al restarle agudeza al picor se acentuara una intimidad mayor entre el comensal y el alimento. El mole podría inspirar otro Elogio de la sombra.

Recuerdo que el viernes 17 de abril, después de la ceremonia de entrega del Sor Juana, nos fuimos de Toluca a Metepec, que en náhuatl significa “cerro de los magueyes”. Compramos unas cervezas stout y pasamos la tarde en casa de Marco Aurelio. Es un lugar hermoso, donde muchas cosas fueron hechas por el propio anfitrión: una versión del Árbol de la vida que incluye escenas eróticas con figuras de barro; una lagartija grande de cemento con incrustaciones de cerámica; un horno de leña para pizzas; una mesa de cocina con baldosas. No puede no recordarse siempre esas horas espléndidas en el fresco del Estado de México. Recuerdo que a mi hermano y a mí nos dio envidia el estudio que Marco Aurelio tiene en el patio, y recuerdo igualmente los juegos de Gandalf, el perro familiar, y el jardín, con ajenjo y otras hierbas. Avilio definió esa tarde como “la cumbre del viaje”; cómo no recordar que sigo estando de acuerdo.

Recuerdo que al final de la tarde manejamos hasta el centro de Metepec. No lejos del cerro y la capilla del Calvario comimos cochinita pibil. Recuerdo la carne jugosa, la cebolla morada y el chile en la tortilla: una descarga discreta, que más buscaba confundir la boca con la ausencia de ruidos. Tal vez lo que no cruje en los dientes provenga de excesivos modales que, paradójicamente, se desvirtúan con el ansia de repetir un mordisco tras otro.

Todo lo digerimos en México, es verdad, pero en la memoria quedan los restos de ese tiempo perdido. Recuerdo, al fin, que allá jamás me comí una magdalena.