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Máquina soltera: Crónica mexicana (1). La llegada

Foto Cortesía

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“El cura de El poder y la gloria y el cónsul de Bajo el volcán, puede uno adivinar, entraron a México por el inframundo, y esa circunstancia a lo mejor definió su estadía y, a fin de cuentas, su muerte”

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No sé cómo termina uno en México, si atravesando algunos territorios contiguos o fantaseando con que es posible revivir el pasado. El primer método implica los trámites usuales: renovación del pasaporte, busca de dólares, compra de un boleto aéreo, selección de la ropa, y así; con todo eso se asegura uno el cruce de diversas fronteras hasta llegar, por fin, al DF. El otro procedimiento revalida la creencia de la literatura fantástica sobre el viaje en el tiempo: sin apelar a las máquinas de H. G. Wells, confía en que el año 1978 puede superponerse sin enmiendas sobre el 2015. Eso: treinta y siete años antes yo había viajado por primera vez a México con mi familia, y el aterrizaje nocturno en el aeropuerto Benito Juárez lo había precedido el vuelo asombrado sobre un interminable paisaje de luces. Cada una de ellas resumía un trozo de calle, la sala de una casa, tal vez el anuncio de una taquería o una farmacia –y, alrededor de cada foco, la vida de un montón de gente. Aquella noche era posible afirmar que la ciudad era una metrópolis y que el infinito era algo más que un concepto borgiano. 

El 15 de abril, hace menos de un mes, llegué al DF de tarde. La luminosidad entonces fue distinta, engañosa, matizada por el smog o la calina. En ocasiones, una ciudad puede velarse, como un antiguo rollo fotográfico fuera del cuarto oscuro. De todas formas, el acto de observar desde la altura un espacio cualquiera le da una irrealidad prestigiosa: esa perspectiva anula el desorden planetario, hace de todo una postal, confirma las leyendas fundacionales que hablan de una tierra sin manchas. El día anterior había llegado a Cúcuta a pie, cargando una maleta. No es lo mismo caminar por un puente fronterizo con gente que va y viene, con calor, sobre un río casi seco, que imaginarse desde el cielo multitudes, construcciones, clima, relieve, edades, erosión. 

¿Se puede interpretar como un símbolo ese paso de la noche al día? Quizá como una modalidad del rejuvenecimiento. Lo que cuenta es que entonces llegué solo, que alrededor no había bombillos visibles, que bastaba sentirme un extranjero con cierto nerviosismo –pero nada de eso apunta a un relato exaltado. El cura de El poder y la gloria y el cónsul de Bajo el volcán, puede uno adivinar, entraron a México por el inframundo, y esa circunstancia a lo mejor definió su estadía y, a fin de cuentas, su muerte. El país empieza y termina para ellos como un posible delirio alcohólico, a pesar de que ambos textos abren con una descripción ambiental: Graham Greene se refiere al “quemante sol mexicano y el polvo blanqueador”, y Lowry, a las “dos cadenas montañosas que atraviesan la república de norte a sur”. Mi viaje, al contrario, fue como el fin de la infancia. La vastedad de la ciudad más grande del mundo se hizo conjetural, lo mismo que el poder de la noche. [Es verdad, había regresado a México en 1999, pero esa vez entré por tierra, como a Cúcuta, y nadie me selló el pasaporte; por dos semanas fui un inmigrante ilegal –nada épico se resume en eso.] 

Fui a Comala, pues, porque me dijeron que allí jamás vivió mi padre; no carece de gracia la zona donde uno parece salido de la nada. En esa geografía sólo encontré resabios de mi historia, pero no los fantasmas que Rulfo puso a vivir en las calles de un pueblo proverbial. Nada de Comala había en Comala, ni siquiera Comala. Quevedo lo sabía: sólo lo fugitivo permanece. La omisión no me hace inmortal –eso se entiende–, pero al menos puedo declarar que no me desvanecí en la literatura mexicana ni en un par de novelas escritas en inglés. Del recuerdo de la muerte sólo traje conmigo una Catrina elegante y de barro. Habrá que admitirlo: el México de abril es mucho menos luctuoso que el del mes de noviembre.