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Máquina soltera: Avatares de un nombre

Luis Moreno Villamediana / Williams Marrero

Luis Moreno Villamediana / Williams Marrero

“‘Luis Alejandro’. Nunca he leído eso en la cubierta de un libro mío. La omisión podría leerse como una tachadura del origen, al tiempo que un desvío profesional, que procura alejarme de la redacción de documentos y alegatos”

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Nací con el nombre en suspenso, como cualquier cosa inventada al azar o por mero accidente. Sin embargo, la palabra Serendipia habría sonado mal junto a mis apellidos: un niño llamado así debía acabar en un circo aldeano con animales pesimistas y hambrientos, o en alguna emisora de radio, en el rol de cantante de voz medio fangosa y ropa de poliéster. Yo era el tercer bebé después de dos varones; era razonable desear que entonces apareciera una niña, como balance, compensación o premio. Pero en nueve meses, quizá por superstición, mis padres no habían elegido un nombre. ¿Para qué adelantar el bautizo de un organismo de humanidad factible (aunque no inapelable) y género impreciso? Se sabe por la ciencia ficción que un alienígena puede salir de un vientre de mujer.

El dos de septiembre de 1966, pues, llegué al mundo como el posible autor del Poema de Gilgamesh, la Torah, La Ilíada, el I Ching, el Cantar del Mío Cid, Hypnerotomachia Poliphili, Lazarillo de Tormes y otros tantos libros, diversos y polimorfos, que sugieren una indudable riqueza espiritual: entre las virtudes del anonimato se cuenta la grafomanía. El resto de mi vida ha sido un desmentido que empezó por limitar mis intereses textuales y mis procedimientos estilísticos. Cuando se comprobó que yo, el recién nacido, era un niño, mamá y papá debieron apurarse a simular que eran personas previsivas; una enfermera esperaba para rotular el brazalete que me habían puesto, para luego llevarme al retén. Mamá recordó que la había impresionado alguna vez lo que leyó en la portada de un volumen legal –no el título, es verdad, sino el nombre de pila del autor: Luis Alejandro. Eso fue justamente lo que escribió la enfermera. 

Luis Alejandro. Nunca he leído eso en la cubierta de un libro mío. La omisión podría leerse como una tachadura del origen, al tiempo que un desvío profesional, que procura alejarme de la redacción de documentos y alegatos. Mi padre es abogado, pero ese oficio ya no está en mi firma. No creo que sea una traición romana. Al contrario, he cumplido uno de sus sueños recónditos –él es lector de poesía y ha escrito un par de sonetos que guarda entre un montón de hojas con números o con los ingredientes activos de alguna medicina. Los descuidos los han ejercido otros: la mayoría tiende a borrar mi apellido paterno para identificarme como Villamediana.

Todo se inició en Margarita, donde viví desde los diez años hasta poco antes de los quince: allá nadie siguió la costumbre de mis compañeros de colegio en Maracaibo, que me llamaban Moreno. En Porlamar esas sílabas a lo mejor tenían un tono demasiado plebeyo. De quinto grado a tercer año de bachillerato fui un tal Villamediana, falso descendiente de un conde cuyo apelativo familiar era Tassis y Peralta. En realidad, mi árbol genealógico solo podría incluir, en el mejor de los casos, a los siervos de aquel poeta barroco que fue amigo de Góngora y murió asesinado. Aun hoy, mi apellido materno se sobrepone al primero hasta hacerlo invisible. Ese hábito alude a una herencia distinta, a una visión feminista que propone, como idea general, que a casi todos nos construyen las madres. Somos máquinas programadas para la ginecocracia. 

Igual yo recurro siempre a esa etiqueta nominal que viene de Murena, porque me acerca, siquiera vagamente, a ese H. A. Murena que escribió El pecado original de América. Es, también, un modo de aceptar la escena primitiva donde, un diciembre, antes de una fiesta cerca de navidad, se unieron los cuerpos de mis viejos cuando eran bastante menos viejos. Allí estuvieron desnudos un fulano Moreno, lector del buen Vallejo, y una tal Villamediana, apasionada de lo policial. El Alejandro, eso hay que decirlo, se volvió un sencillo anacronismo. Mamá lo usaba para llamarme en la infancia a la hora de hacer las tareas escolares. Me imagino que en ese punto por fin se cierra un círculo: ese segundo nombre es una marca que únicamente se relaciona con las obligaciones impuestas por la Ley, sea como litigante o como reo. Hoy, lo confieso, me interesan mucho más las infracciones de lo literario. Luis Alejandro es para niños buenos.