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Máquina soltera: Carta a Francisco Monge, traductor

El Anti Edipo por Deleuze y Guattari

El Anti Edipo por Deleuze y Guattari

“Al comienzo de su traducción de El Anti Edipo, de los gemelos Deleuze y Guattari, usted tradujo como un buen caballero esta frase: “Çachie, çabaise”. Hay ocasiones en que un buen caballero debe abandonar el trabajo y entrar a un monasterio”

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Estimado señor Monge:

Esta carta le llega con cuarenta y un años de retraso, es verdad. Imagínese que el viejo avión del correo tuvo un accidente en el Atlántico y sólo hace unos días recobraron la carga. Un empleado eficaz –vaya rareza– se encargó de reenviar todos los paquetes, los sobres, las postales, y entonces estos párrafos por fin llegan a usted, como regalo de una navidad anticipada. Quería decirle, Paco –¿lo puedo llamar Paco?–, que cometió un error. Al comienzo de su traducción de El Anti Edipo, de los gemelos Deleuze y Guattari, usted tradujo como un buen caballero esta frase: “Çachie, çabaise”. Hay ocasiones en que un buen caballero debe abandonar el trabajo y entrar a un monasterio. Las palabras francesas pedían experiencia de calle; a mí eso no me sobra, lo acepto, pero sé qué oculta aquel segundo verbo.

Veamos lo que usted escribió –incluyendo las líneas anteriores, para dar el contexto–: “Ello funciona en todas partes, bien sin parar, bien discontinuo. Ello respira, ello se calienta, ello come. Ello caga, ello besa”. ¿Ello…besa? Cualquiera sabe que ese Ello es la noción freudiana de Es –el inconsciente, claro, tan perverso. Repito: tan perverso. Pero usted, Paco, puso esa cosa oscura, oculta y obstruida a darle piquitos a lo-que-sea-que-sea. Qué escena tan romántica: “Ello besa el aura que gime blandamente /las leves ondas que jugando riza; /Ello besa a la nube en occidente /y de púrpura y oro la matiza”. Gustavo Adolfo Bécquer sabía tanto de Ello…

No, señor Paco, que no. Ello no besa nunca; lo supieron con claridad otros traductores. En inglés, por ejemplo, se dieron cuenta Helen R. Lane, Robert Hurley y Mark Seem: “Its hits and fucks” (el subrayado es mío). Y Alessandro Fontana en italiano: por esos pagos el Ello “respira, scalda, mangia. Caca, fotte” (el subrayado es nuevamente mío). Qué lindo, ¿no? Ese fulano Ello “caca, fotte”. Si uno entrecierra los ojos tal vez reconozca allí algún eco del poema 36 de Catulo, el de las cacata carta: ese mismo, el que menciona los papeles cagados –y hasta llenos de semen, piensa uno desde aquel fondo oscuro, oculto y obstruido. Con firmeza le digo: Ello no besa, Ello culea, tira, se manda, coge, puya, folla, jode, pero no hace el amor ni da piquitos, Paco. Ello es una máquina deseante que ha leído a Rabelais y a Céline, y ha llegado por gula al abismo.

Imagínese que el propio Louis Ferdinand Céline hubiera sido tímido en sus libros, que en Viaje al fin de la noche hubiera escrito esto: “Con tal de que uno les proporcione también a los jóvenes esos dos o tres versos que sirven para dirigir las conversaciones hacia el acto de besarse [baiser], con eso tienen, y todos contentos”. Suena raro, ¿qué cree? De lo que habla Céline es de las charlas que terminan con los jóvenes culeando; no tenía en mente el acto de tocar u oprimir con un movimiento de labios, a impulso del amor o del deseo o en señal de amistad o reverencia –como lo define la Academia.

Admitamos algo, Paco: la primera edición de El Anti Edipo la publicó Barral en el 73. Uno está dispuesto a aceptar que usted sabía que baiser es lo que es, pero que la censura franquista lo obligó a cambiar en nuestra lengua ese verbo por otro más tenue. De esas metamorfosis y omisiones supo Cabrera Infante: a él le tocó lidiar con la tijera que le desfiguró el rostro a sus Tres tristes tigres. No es improbable que Inmigración detuviera en la frontera las nociones de tantos escritores de la Alemania romántica sobre la traducción: hay que respetar la extranjeridad del texto original, sin domesticarlo ni adaptarlo, sin incurrir en el etnocentrismo. ¿Será por eso que, en la versión de usted, el Ello deja de meter el pene en la vagina de Ella o en el trasero de un Ello distinto? La frase de Deleuze y Guattari se disfraza en ese libro de ciudadano español, y abandona los modales parisinos para siempre.

Pero también admitamos lo siguiente: cuando Paidós reeditó en 1985 el volumen, el beso seguía allí, como un dinosaurio acomplejado. Nadie aprovechó la ocasión para que el apetito sexual del Inconsciente saliera al escenario, como lo expusieron años antes aquellos gemelos filosóficos.

En fin, señor Monge, Paco, Paquirrín, Panchito, traductor: qué error haber dicho besarse. Dejemos que las máquinas deseantes se bajen los pantalones y las faldas y se empalmen. Que echen sus polvos, pues. Si las buenas conciencias que aún lloran por el Generalísimo se ofenden, que le besen la mano a un Cardenal o se dejen baiser del Cardenal. Cada quien con su vida.