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Minificción de los jueves: Diego Muñoz Valenzuela

“Breviario Mínimo” de Diego Muñoz Valenzuela

“Breviario Mínimo” de Diego Muñoz Valenzuela

(Chile, 1956) Cuentista, novelista. En la Feria de Guadalajara de 2011 fue nombrado como uno de los “25 secretos literarios a la espera de ser descubiertos”, pero es conocido como uno de los clásicos de la minificción latinoamericana. Es también un reconocido autor de ciencia ficción. Cuentos suyos han sido traducidos al croata, francés, italiano, inglés, islandés y mapudungun. Ha publicado libros tres novelas y entre los libros de cuento y minificción “Nada ha terminado”, “Lugares secretos,  Ángeles y verdugos”, “De monstruos y bellezas”, “Déjalo ser”, “Las nuevas hadas”, “Microcuentos” y “Breviario Mínimo”

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Amor cibernauta

     Se conocieron por la red. Él era tartamudo y tenía un rostro brutal de neanderthal: cabeza enorme, frente abultada, ojos separados, redondos y rojos, dientes de conejo que sobresalían de una boca enorme y abierta, cuerpo endeble y barriga prominente. Ella estaba inválida del cuello hasta los pies y dictaba los mensajes al computador con una voz hermosa, pausada y clara que no parecía tener nada que ver con ella; tenía el cuerpo de una muñeca maltratada. Fue un amor a primer intercambio de mensajes: hablaron de la armonía del universo y de los sufrimientos terrestres, de la necesidad del imperio de la belleza y de los abyectos afanes de los mercaderes de la guerra, de la abrumadora generosidad del espíritu humano que contradice la miseria de unos pocos. Leían incrédulos las réplicas donde encontraban una mirada equivalente del mundo, no igual, similar, aunque enriquecida por historias y percepcio­nes diferentes. Durante meses evitaron hablar de sí mismos, menos aún de la posibilidad de encontrarse en un sitio real y no virtual. Un día él le envió la foto digitalizada de un galán. Ella le retribuyó con la imagen de una bailarina. Él le escribió encendidos versos de amor que ella leyó embelesada. Ella le envió canciones con su propia voz, él lloró de emoción al escuchar esa música maravillosa.  Él le narraba con gracia los pormenores de su agitada vida social, burlándose agudamente de los mediocres. Ella le enviaba descripciones de sus giras por el mundo con compañías famosas. Ninguno de los dos jamás propuso encontrarse en el mundo real. Y fue un amor de sueños, de mensajes, de versos, de canciones. Fue un amor verdadero, no virtual, como los que suelen acontecernos en ese lugar que llamamos realidad.

El paseo matinal

Pasaba por ahí todas las mañanas, con las manos nerviosas, ocultas  en los bolsillos de su abrigo raído. La observaba en  silencio, hasta olvidaba el hambre por momentos mientras le  enviaba imágenes alegres, celos, sufrimientos. Concentrábase en  ese aire altanero, en esa distancia suya, en sus ojos perdidos a  lo lejos. Nunca pudo desalentarlo su indiferencia, tampoco esa  distinción tan lejana a su propia miseria.

En ocasiones ella  sentía la calidez de su mirada; quizás  hasta alguna vez quiso responderle, sonreírle o  derramar alguna lágrima. Pero hay tantas, tantas cosas prohibidas  para un maniquí encerrado en su vitrina.

Pero él sobrevivió  todo ese tiempo gracias a ella.

De monstruos y bellezas

El monstruo llora frente al espejo de la feria de diversiones porque su imagen se deforma y adquiere una apariencia grotesca. La hermosa muchacha con ojos de océano mira divertida su figura horripilante en el mismo espejo. Ella descubre a su príncipe azul en el espejo. Él cruza una mirada de amor con la maravillosa monstrua. Se enamoran perdidamente, y desde ese instante viven felices, juntos: la bella, el monstruo y el espejo.

De cómo la poesía infunde historias de amor

La bruja dulce se enamoró del licántropo. No supo si la sedujo su sonrisa bondadosa y cargada de colmillos, su mirada lobuna inundada de deseo o sus palabras lentas y cuidadas. La cuestión es que le dio por leer poesía. Leyó a Miguel Hernández y sintió los vuelcos de su corazón de terciopelo ajado. Leyó a García Lorca y se convirtió en potra de nácar y en mozuela. Rogó al licántropo para que la llevara al río. Él, gentil, accedió. Bajo la luna hicieron el amor y fueron felices. Después, cuando el alba fue anunciada por un gallo, él se fue para siempre, cantando. La bruja reconoció los versos y cantó con bellísima voz. Amo el amor de los marineros que besan y se van. Dejan una promesa, no vuelven nunca más

Amores perfectos

—Yo creo que lo nuestro no puede continuar –asevera con tristeza la mujer lobo.

—¿Por qué? –pregunta angustiado el vampiro, rodeando su peluda cintura para sujetarla.

—Porque es necrofilia –repone ella mientras lame su rostro pálido con devoción.

—Eso depende del punto de vista –argumenta el no muerto, estrechándola con vigor–. Creo que lo nuestro es más bien zoofilia.

Se dieron un largo beso de amantes, resignados ante el destino inevitable.

Contracuento de hadas 1

Con el tiempo el príncipe ha engordado debido a la gula, el alcoholismo y la fiesta permanente. Ahora tiene una barriga gigantesca y una papada descomunal. Las piernas raquíticas apenas son capaces de sostenerlo. Hipa constantemente producto de una borrachera consuetudinaria. “Dios mío”, se dice con amargura la infanta, “ha terminado por convertirse en un sapo, igual que al inicio”. Y concluye que la historia es circular.

Rehabilitación de Circe

La preciosísima Circe estaba aburrida de la simplicidad de Ulises. Si bien era fogoso, bien dotado y bello, la convivencia no daba para más. Solía convertirlo en perro para propinarle patadas, y él sollozaba y le imploraba perdón. Lo transformaba en caballo para galopar por la isla de Ea, fustigándolo con dureza. Lo transmutaba en cerdo para humillarlo alimentándolo con desperdicios. Volvía a darle forma humana para hacer el amor, y volvía a fastidiarse con su charla insulsa. Por fin lo expulsó del reino, le restituyó su barca y sus tripulantes y lo dotó con alimentos para un largo viaje. “Vete y no vuelvas”, ordenó con voz terminante al lloroso viajero,  “y cuenta lo que quieras para quedar bien ante la historia”. Después sopló un hálito mágico para hinchar la vela de la embarcación.