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Lujo común de la belleza

"El libro de la belleza" (2015)

"El libro de la belleza" (2015)

Estas palabras constituyen el prólogo de “El libro de la belleza: reflexiones sobre un valor esquivo”. Su autor, nacido en España (1995), es miembro de la Real Academia Española y fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias (2013). La obra pertenece a la autora venezolana María Elena Ramos y fue publicada en 2015 por Fundación ArtesanoGroup

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Donde menos se espera salta la belleza. La belleza nos toca siempre con la sorpresa de lo excepcional y lo inesperado, pero en realidad es bastante común, tan solo con que miremos con un poco de atención. Hay grandes negocios que se basan en la idea de que la belleza es muy escasa y de que solo se puede acceder a ella comprando determinadas cosas o admirando a ciertas personas, o yendo a ciertos lugares: mirando las fotos de las modelos en las revistas, a las actrices en las películas de moda, viajando a ciertas ciudades y a ciertos sitios muy restringidos en esas ciudades, obedeciendo cánones estrictos. En cualquier acera de cualquier calle, en cualquier café en el que uno se quede unos minutos, encontrará bellezas muy superiores a las de cualquier revista, mujeres más sensuales y llenas de misterio que las de cualquier película de Hollywood. En realidad, donde menos está la belleza es donde más se la espera. Alguna vez, por esos azares de la vida, me he visto en un desfile de modas, una de ellas en la célebre Fashion Week de Nueva York, y no he distinguido a mi alrededor casi ninguna belleza, ni en las modelos gigantes y flacas con andares de jirafa y facciones huesudas de adictas ni en la gente vestida con cara ropa de marca que observaba en las gradas. La belleza la he encontrado en una asistente de algún fotógrafo, con el pelo recogido, unos vaqueros y una camiseta, o en una señora de la limpieza, de rasgos africanos o indios, ancha y solemne, vistiendo con perfecta dignidad una bata de trabajo.

Negocios enormes dependen de que la belleza haya de cumplir ciertas condiciones obligatorias, lo mismo la belleza de las obras de arte que la de las personas. La belleza, tiránicamente, se asocia a la moda, a la juventud, a la extrema delgadez, y muchas vidas jóvenes son arruinadas por esa superstición obsesiva. Pero si hay belleza en la juventud también la hay en las huellas del tiempo y de la experiencia, y no hay cuerpo saludable y racionalmente cuidado que no sea atractivo, unas veces con su delgadez y otras con su carnalidad, con la piel muy tersa o con la gravidez lenta de los años.

La adoración de las bellezas oficiales de la moda, del cine, de la televisión, de las revistas de gente célebre y sin cerebro, es una variante de la propensión humana a buscar salvadores o héroes o dioses, gente que está muy por encima de nosotros y tiene lo que a nosotros nos falta. Esas bellezas propenden a la monotonía de lo establecido: la belleza verdadera siempre tiene algo de irregular, de inacabado, a veces un punto de exceso, un forzar las normas hasta su mismo límite.

Con la belleza nos pasa como a San Agustín con el tiempo: que sabemos lo que es salvo cuando nos piden que la definamos. Ni falta que hace, creo yo. Si algo queda claro en las páginas de este libro, en los textos escogidos y en las imágenes que los acompañan, es la pluralidad de las opiniones sobre la belleza, que son tan variadas como la belleza misma. Miro a mi alrededor un momento, apartando los ojos de la pantalla de la computadora, y sin apartarme del espacio de mi escritorio encuentro ejemplos diversos e indudables de la belleza: un cuaderno con tapas de cartón y lomo de tela negra, un rotulador de punta fina y superficie plateada que se ajusta perfectamente a mis dedos cuando escribo a mano, una postal que me envió mi hija hace años, un pez de madera tallado por un artesano popular, tal vez hace un siglo. El escritorio mismo es un bello diseño de patas metálicas con ruedas y una plancha blanca que se curva delicadamente hacia dentro en la zona en la que apoyo los codos. Pero también hay una gran belleza en el MacBook Air en el que escribo, en su lisura plana, en su ligereza, y la tipografía Times New Roman que tengo marcada en el procesador de textos. Bellezas prácticas todas, útiles, que sirven para hacer mejor la vida, para facilitar el trabajo, y que también, estoy seguro, contribuyen con benevolencia a mi estado de ánimo, y alivian las horas a veces excesivas que paso sentado aquí.

Miro por la ventana junto a la que está mi escritorio, y me dan ganas de decir, como Jorge Guillén en uno de sus poemas: el mundo está bien hecho. Veo la fachada y las filas de ventanas del edificio que está enfrente del mío, la entrada con su moldura de piedra, en la que suele aburrirse un doorman uniformado, y como está anocheciendo se han encendido ya de manera desigual algunas luces en las viviendas, y si pongo atención puedo distinguir, como cromos en un álbum o viñetas en una novela gráfica, escenas de vidas privadas, habitaciones con bibliotecas, con lámparas junto a los visillos, con escritorios parecidos al mío. Es la belleza visual y también humana de la ciudad, con su riqueza de perspectivas y su densidad de gente, y por lo tanto de posibilidades de cruce y encuentro. Y junto a ella está la belleza del mundo natural, incluso en estos días en los que aún es invierno, un invierno tenaz que no ha permitido todavía que surjan los brotes nuevos de los árboles. En mi calle, en las dos aceras, delante de mi ventana, hay olmos americanos y ginkgos. La falta de las hojas revela la belleza entre simétrica y desordenada de sus copas y sus ramas desnudas. Los ginkgos despliegan ramas casi en ángulo recto, como brazos en cruz. Los olmos tienen ramas como cabelleras. Los unos y los otros presentan una variedad fantástica de líneas que me gustaría saber dibujar, o fotografiar tal vez a la manera de Harry Callahan. Dentro de unas semanas los olmos llenarán las aceras de esas semillas envueltas en membranas secas que se llaman sámaras, que se acumulan en las aceras como montañas de nieve y giran en remolinos durante los vendavales de la primavera: también hay una belleza en esa palabra, en la exactitud con que designa un elemento botánico, sámara. Y habrá más todavía cuando los ginkgos produzcan sus hojas de un verde muy tierno con formas como de abanicos, y otra belleza nueva cuando llegue el otoño y las hojas se vuelvan de un amarillo luminoso, un amarillo de incendio cuando les dé el sol de la tarde.

Se crean jerarquías feroces en la literatura o en las artes para determinar el mérito máximo, la mayor belleza, pero siempre son jerarquías tramposas. Hay una belleza literaria que es visible más o menos para todo el mundo y que depara a quien la crea un reconocimiento merecido, pero hay también bellezas un poco más raras o más difíciles que tardan en verse o que habiendo brillado con brevedad quedan olvidadas para siempre, o se recobran al cabo de mucho tiempo, cuando quien la creó lleva décadas o siglos muerto. Hay una belleza contemporánea que pierde el lustre como una ropa de moda, y otra que se mantiene invariable porque tiene una consistencia ósea, como esas caras de mujeres de pómulos altos y barbilla firme que nunca envejecen. Hay una belleza creada conscientemente y firmada, pero también hay otra que es impersonal, que nace del azar o del orden secreto de la naturaleza, que existe como un relámpago en la conciencia de quien la ha advertido, una belleza popular y anónima que está lo mismo en las metáforas implícitas del idioma que en las herramientas de los oficios o en el sentido estético innato de personas que no han visitado nunca una escuela y nunca pisarán un museo de arte

Hay bellezas antipáticas que se yerguen imperiosamente en la frialdad de su propia arrogancia, y hay bellezas destructivas en su seducción, como también se advierte en estas páginas: la belleza perfecta y atroz de las utopías políticas, que no admiten las debilidades y las imperfecciones inevitables de los seres humanos, la belleza que exige algún tipo de pureza implacable: pureza ideológica, pureza de sangre o de fe. Casi tan inhumana como la belleza de las utopías políticas que quieren instalar por decreto el Paraíso Terrenal y asegurar su duración con sacrificios humanos es la de los planificadores autoritarios de ciudades, de la escuela devastadora de Le Corbusier, que han aspirado –y lo han logrado a veces– a la abolición de la naturaleza arbitraria y caótica de los tejidos urbanos, a imponer la línea recta sobre el atajo y la curva, en ocasiones con un propósito directamente político, como cuando el barón Haussmann, en el Segundo Imperio, arrasó los barrios populares de París en los que solían estallar motines revolucionarios e impuso avenidas con la anchura exactamente necesaria para el despliegue de batallones militares y baterías artilleras.

La belleza es un prodigio cotidiano y un lujo de primera necesidad, casi siempre un proceso de transformación y tanteo, casi nunca una obra cumplida y cerrada, porque la belleza es una parte de la vida, y lo inamovible es la pesadez y la muerte. Casi todas las personas tienen, en mayor o menor medida, la capacidad de disfrutar de algunas formas de belleza, y hasta de crearlas. También el talento está más repartido de lo que parece. Desear un mundo justo es desear que existan las condiciones para que cualquier pueda desarrollar sus mejores capacidades, que tantas veces se frustran por la falta de acceso a la educación, a la salud, al bienestar mínimo sin el cual no hay otro pensamiento posible que el de la supervivencia. Decía Antonio Machado que las grandes obras esenciales del conocimiento y de la literatura están escritas en el lenguaje del pueblo. La belleza, siempre imperfecta, siempre limitada, siempre frágil, siempre bajo asedio, de la democracia y de la justicia, envuelve a todas las otras. Una belleza de la que están excluidos la mayor parte de los seres humanos es un privilegio despreciable.