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Luis Beltrán Guerrero, el sabio de los muchos nombres (1914-2014)

Luis Beltrán Guerrero. 1984. (Vasco Szinetar / Archivo El Nacional)

Luis Beltrán Guerrero. 1984. (Vasco Szinetar / Archivo El Nacional)

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I

Lo conocí en la Academia Venezolana de la Lengua exactamente el 26 de septiembre del año 1994. La pulcra exactitud de la fecha no me pertenece, sino que fue obra del propio don Luis, al anotarla, al momento de dedicarme la segunda edición de su Primera navegación, suma de su mejor poesía, que bajo el auspicio dorado de José Ramón Medina editara la Contraloría General de la República por aquellos años. Después de extenderme el ejemplar, que me había obsequiado sin saber quién era yo ni qué quería, me di media vuelta, dejando al maestro en su escritorio de secretario académico. Salí feliz con mi tesoro y sin mediar con don Luis poco más que mi nombre. Él, en cambio, antes de preguntarme cómo me llamaba para escribirlo mecánicamente (veloz y como si fuera un garabato) al frente de su libro, recitó unos versos de Quevedo o de Góngora, o que merecían serlo, no recuerdo, sobre los encantos de la juventud.

Está claro que mucho antes de este fugaz encuentro yo había leído mucho de lo escrito por el doctor Guerrero, en especial, su libro Perpetua heredad (1965), uno de sus más grandes aportes a nuestra comprensión, y que ya ocupaba lugar privilegiado entre mis libros más queridos. Después supe de sus estudios en Argentina y de su discipulado con el gran Pedro Henríquez Ureña, al que dibuja como maestro socrático, en ese tiempo de felices conjunciones que fueron motivadas desde el sur del continente y que relacionaron a Amado Alonso y a su escuela con el mejor saber americano de la lengua y la literatura. De esa constelación emergería nuestro Ángel Rosenblat y con ello está todo dicho. Al marcharse Alonso a los Estados Unidos y al poblarse de dictadores militares la patria de Lugones y Borges, se inició la diáspora alonsina que sembró de saberes espirituales la geografía ciclópea de estas regiones. Sin pertenecer Guerrero al grupo directo de los seguidores del filólogo español (ni a ningún otro grupo), se beneficiaría de sus logros y, como cada uno de ellos, abandonaría en su momento, y por las mismas razones, cargado de sapiencias y tristezas, el Buenos Aires que tanta significación había tenido para él como para todos estos hacedores de la mejor cultura verbal del continente.

En un artículo fechado en 1984, escrito en celebración del centenario del nacimiento del sabio dominicano, deja testimonio de su relación con el maestro y de su fructífero y tumultuoso tiempo argentino. Los fragmentos que siguen ilustran bastante bien ambas situaciones: “Quiso la voluble suerte que me tocase tratarle de cerca, adscrito como estuve al Instituto de Filología cuyo director era Amado Alonso, con don Pedro como colaborador inmediato […] Era el atardecer, y en la calle se voceaba y se vocearía toda la noche: ¡Viva el almirante Vernengo Lima! Perón preso, Evita se movía en todas partes, agitando: Perón es la cabeza, Miranda el brazo, yo soy el corazón. En vano se había descolgado el colgante puente de Avellaneda, ciudad obrera: las multitudes atravesaron el leonado río, y por días y noches habían quebrado vidrieras, comido, bebido, dormido, defecado, gritado, en las calles porteñas, por el justicialismo y sus caudillos militares, civiles, femeninos y sindicales. Cuarenta años, con paréntesis de destierros, duraría ese poder, sin que militares o civiles pudieran superarlo, mejorarlo, perfeccionarlo, o destruirlo” (Candideces, 11ª serie, 1984, “Don Pedro Henríquez Ureña”, pp. 159-160).

 

II

Sus primeras ideas y sus primeras palabras lo van a ser para el romanticismo filosófico y estético, que deja asegurado en su libro Sobre el romanticismo y otros temas, y para la poesía de la naturaleza, en su poemario inaugural Secretos en fuga, publicaciones ambas de 1942. Para comprender estos empeños y estos arcanos se hace ensayista y poeta en partes iguales. También, en uno y otro caso, guían su ciencia y su arte la hermenéutica del lenguaje como entidad promotora de realidades humanas y divinas (la lengua crea todo lo que nombra, como se ha sabido desde Platón a Wittgenstein). Lo dicen ya unos versos escritos a los diecisiete años: “Gloria del Verbo, padre de los mundos,/ Padre de Dios también porque le nombra”. Publica, dos años más tarde, su libro de ensayos y críticas, Palos de ciego (la frase vieja la toma de Bolívar, que así calificaba sus iniciáticas y nada filológicas críticas literarias). Quiere para estos textos que estudian a grandes figuras y a obras grandes de nuestra literatura ser acercamientos del que no conoce el “oficio”, intentos fallidos de crítica y movimientos de retórica. La significación que en su credo tiene esta última y vieja disciplina exige una precisión y el mismo autor nos la provee.  Querrá entender lingüísticamente la retórica como “ciencia normativa de la expresión estética, en constante evolución”. En otras palabras, como una fuerza interpretativa que influirá en el ánimo del creador pero no para actuar como molde irrompible sujeto a lo preestablecido: “Que tantas veces se han roto los cántaros, y de nuevo rehecho, para escanciar aguas más frescas y puras”. Ajeno a prejuicios, preconceptos y preceptos, en su lugar optará por una ciencia crítica de los “postceptos”; una evaluación descriptiva de lo ya alcanzado y nunca un ajuste de la obra literaria a partir de dañinos esquemas prefijados. La gestión crítica venidera la hará portando una antorcha para iluminar estos principios y otra para calcinar aquellos acercamientos literarios que descrean de la libertad del crítico y de su condición creadora y de artista (una declaración no enunciada de seguimiento de los principios del Oscar Wilde crítico se presentará una y otra vez, valido de una formulación de Humberto Cuenca, quien gustaba de llamarse “crítico creacionista”, con el reparo de que no se la asocie a la poética del genio de Altazor). Todo, aquí, está muy cerca de las identidades compartidas entre crítica y teoría literaria, y entre filosofía del verbo y ciencia de la literatura; cuatro disciplinas que llegarán a ser una sola. Todo lo que huela a preceptismo y a purismo será rechazado sin dudar, tanto como el ejercicio crítico de vuelo bajo y sin paisaje a la vista (incluye en su libro Razón y sin razón, un ensayo sobre el padre Pedro P. Barnola para señalar los que considera prejuicios críticos del jesuita literato). Querrá que sus notas críticas sean, lo dirá más adelante, “palos de ciego vidente” (Candideces, 1ª serie, 1961, “El presidente y el poeta”, p. 1961).

“Anteo” será la primera de sus criptas nominales. La mitología refiere relatos máximos y contradictorios para el gigante prometéico. En una versión, será contrafigura de héroe esquiliano, por todo lo que porta de emociones telúricas enfrentada a las de su sabio modelo. En otra, recogida por el Dante, veremos al gigante cuidar las puertas del círculo noveno de su infierno. En suma, hijo de Gea, poseedor de poderes extremos en contacto con su madre y con la tierra a la que representa, sucumbirá en manos de Hércules, en el cruento trabajo en el Jardín de las Hespérides. El Anteo de Guerrero (Guerrero como Anteo) lo será participando de la diversidad de atributos que las versiones nos proveen, pero, especialmente, de aquella que lo hace invencible estando bajo el auspicio de su tierra madre. Hijo de América, por serlo con intensidad de Venezuela y de Lara, Guerrero sella este triple compromiso que gesta lo invencible y que lo hace florecer en su libro Anteo, concebido como conmemoración del cuarto centenario de la fundación de la ciudad de Barquisimeto. Posiblemente el primero de sus libros maestros, inscribe con él sus personales “motivos de Anteo”, al modo en que Rodó lo había hecho con sus “motivos de Proteo”, y gana para sí la fundación de una nueva era clásica, con el brillante esclarecimiento del prologuista de la obra, el maestro J.L. Sánchez-Trincado. Practicando el hábito de la modestia verdadera, dirá que ha reunido escritos para ocasiones variadas, pero, en realidad, el concierto de los textos revelan su secreto como el del propio Anteo. Lo regional, lo venezolano, lo austral, lo americano y lo universal constituirán desde ya y para siempre los motores de su obra de Anteo en cada uno de estos sentidos: “parecíame nuevo Anteo que, al contacto de su tierra, recobraba sus verdaderas fuerzas vitales, las del corazón, más ciertas y creadoras que las de la mente”. Invencible en lo universal, lo americano, lo austral, lo venezolano y lo regional, hará que su Anteo, como contracara de Prometeo (el corazón enfrentado a la mente), logre purificar y renovar sus entrañas como aquél, cada vez que los buitres inclementes vengan a picoteárselas. Concebido así su cosmos antéico, volverá a él, una y otra vez, como si se tratara de su verdadera patria y de su tierra más prometedora.

Asido al estandarte de lo invencible, irá construyendo su obra de crítico y ensayista, tanto como la de poeta e historiador, en una sucesión de trabajos que se multiplican sin desmayo: El 19 de abril de 1810 (1933), La ignorancia de la Ley (1937), Sobre el romanticismo y otros temas (1942), Variaciones sobre el humanismo (1952), Anteo. Escritos de varia ocasión (1952),  Razón y sinrazón. Temas de cultura venezolana (1954), Introducción al positivismo venezolano (1955), Posada del Ángel (1958), El visitante (1958), Tierra de promisión (1959), El llanto de los héroes (1963), Biografía e historia: las metáforas del positivismo (1964), Perpetua heredad (1965), Rubén Darío y Venezuela (1967), El Congreso de Angostura (1969), Homenaje: Rodó y Venezuela (1971), Humanismo y romanticismo (1973), Campo y nube (1975), Modernismo y modernistas (1978), Páginas australes (1979), Con Andrés Bello (1983),  Prosa crítica (1983), Región y Patria (1985), El Jardín de Bermudo (1986), Efemérides (1988), Tríptico del centauro (1991), El tema de la revolución (1993) y Ensayos y poesías (1993). Y sin desmayo va entregando, año a año, desde 1962 en adelante, en quince oportunidades (el volumen con este número se publicaría en 1992), los tomos de sus Candideces, obra maestra de crítica y su obra maestra como crítico.

“Cándido” deviene en el nombre más permanente del escritor. Voltaireano en credo y acción, bajo su tutela irá creciendo esta suma de sus escritos de crítica inmediata, a las que define como “diario de un espíritu” (en jocoso trastrueque verbal interpreta estas páginas de talante muy siglo dieciocho como “candidateces”, en alusión a algunos textos mercenarios sobre candidaturas y otros asuntos de cotidianidad nacional). En su mayoría se recogen en estos volúmenes los artículos aparecidos antes en la prensa nacional y de ahí el seguimiento matemático de una extensión y un estilo predeterminados. Las piezas de brillante prosa y pensamiento tuvieron su primer destino en la columna “A campo traviesa”, que el maestro entregaba periódicamente al diario El Universal. Las cifras entre las que se desarrolla no dejan de causar un cierto impacto admirativo, pues el promedio se aproxima a más de 1.500 textos y mucho más de 4.500 páginas, escritas y reunidas en un período de más de treinta años. Cada volumen, asimismo, además de exhibir viñetas de notables artistas y diseñadores, se abre con un texto breve de otros escritores sobre las tareas de Guerrero, en suerte de antesala prologal condensada y nutricia. Y así como sus libros de poesía, contarán sus Candideces con las voces introductorias, epigráficas o epilogales de Antonio Arráiz, Pedro de Répide, Gastón Figueira, Santiago Key-Ayala, Ramón Gómez de la Serna, George Santayana, Alberto Arvelo Torrealba, Israel Peña y José Ramón Medina; las de esos textos ensayísticos las tendrán en las de Voltaire, el cardenal Quintero, Mariano Picón-Salas, Ramón Gómez de la Serna, Luis Harss, Arturo Uslar Pietri, Ángel Rosenblat, Miguel Acosta Saignes, Alí Lameda, Iraset Páez Urdaneta, Mario Germán Romero, Otto Morales Benítez, R. J. Lovera De-Sola, Carlos Murciano, Alfredo Tarre Murzi, José Pulido, Guillermo Morón, Luis Alberto Crespo y, junto a algún otro,  Miguel Ángel Burelli Rivas.  

Portento de nuestra reflexión sobre el desarrollo de la creación intelectual y literaria, serán muchos otros los asuntos que también acudirán ante nuestro Voltaire contemporáneo para demandar su parecer y para fecundar la acción de su crítica, siempre dura, justa y benéfica. Revisa con tesón y ordenadamente la creación verbal de su tiempo y produce un cuerpo de apreciaciones mucho más duraderas de lo que pudiera hacer creer el ímpetu divulgativo de sus colaboraciones. Dispersa un cuerpo de pensamiento sobre el país, desde la literatura pero no solo para la literatura, que el país de hoy tiene que imponerse estudiar, pues en ese corpus están albergadas algunas de las claves para una interpretación compleja y complicaba de lo que se gestaba en la Venezuela parricida de su tiempo y en la nación de construcción permanente. Analiza la vida intelectual venezolana y la vida política y busca entender los puentes naturales que existen entre una y otra, repudiando al hacerlo la torpe idea de una estética –él, que fue tan refinado cultor de toda forma de arte– desasistida de sus vínculos sanguíneos con la realidad social. Su religión será una que considere el poder benefactor de la palabra como la forma más sublime de arte; una escritura poética para hacer estéticamente el bien y una escritura filosófica para promover mentalmente la bondad y la solidaridad. Lucha contra el dogmatismo y contra cualquier anclaje de pensamiento que no provenga de la libertad y del amor a los otros. La literatura como una forma de amor; rasgo que en su credo provenía del concepto de amistad que tenían los antiguos, a quien Guerrero tanto había estudiado. Su volterianismo terminará matizándose con sublimes tonos rousseaunianos.

El mundo de las academias fue para Guerrero determinante, pues lo académico fue un elemento medular dentro de su acción de estudio. Tuvo en Venezuela dos hogares corporativos para el conocimiento del país, la Academia Venezolana de la Lengua y la Academia Nacional de la Historia. Supo maridar con inteligente acierto las rutas de exploración que cada una de estas instituciones y sus ciencias le demandaban. En la primera ejerció, además de la permanencia de su magisterio académico, la conducción de la secretaría por espacio de 18 años; siendo él último de estos, el mismo que el de su muerte. Ingresa en la corporación lingüística, el año 1963, para sentarse en el sillón que ocupara antes Santiago Key-Ayala y leyendo un discurso que titula El llanto de los héroes. El trabajo quiere ser recuento filosófico por “varias literaturas en búsqueda del carácter humano de sus héroes manifiesto en el llanto”; visión inusual para evaluar la heroicidad literaria en la que acerca a dioses y hombres.

Su formación en Argentina, a un costado de Pedro Henríquez Ureña (“me tocaría admirarle, que es mirarle de cerca”), condicionó para bien toda su carrera y selló para siempre su compromiso americanista. Para Guerrero, como primero para Bello, Sarmiento, Hostos y Martí y, luego, para Montalvo, Rodó, Reyes y Henríquez Ureña, el continente significa la patria grande y verdadera y dentro de ella las nacionalidades y el ánimo local quedan disminuidos o postergados. En su precioso libro Páginas australes, quizá uno de los mejores de nuestro siglo XX por el aliento miliar que sostiene, enuncia y denuncia el que llama “círculo vicioso del localismo”. Ajeno a la lectura pequeña del territorio, la individualidad se alzará en trazo gigante de la materia global. Asienta con resignación el tránsito del patriotismo primigenio con su sabor de cohesión continental al patriotismo nacionalista con su hedor de disgregación regional. Todo sucede, cumplida la Independencia, al ir creciendo el espíritu territorial como un archipiélago mental que fragmenta y fractura el continente fatalmente y para siempre. Brutal realismo interpretativo que descree de esas formas mentirosas del idealismo falsamente  esperanzado.

Cándido deja con transición callada su puesto a “Bermudo”, la última de las representaciones nominales de Luis Beltrán Guerrero. El escritor titulará dos ensayos y uno de sus libros con el críptico y erudito sintagma: “El jardín de Bermudo”. Su primera aparición se cuela en el escritorio de Voltaire en la entrega novena de sus páginas cándidas, el año 1976. Con desprevenida intención le ofrece a este primer texto bautismal el lugar primero de la serie. Acta de nacimiento y partida de su existencia de ficción real, Bermudo se nos presenta y confiesa su vida desasistida en un mundo que parece pertenecerle cada vez menos: “En mi huerto, como Bermudo, el sastre caraqueño de la colonia, desde que me despacharon sin indemnización de una docta casa, entonces vuelta de orates, he sembrado flores, frutos, verduras, hortalizas, y hasta saco piedra, rústico mármol criollo, de una cantera, en el cerro opuesto a mi cubil, recorriendo el camino a campo traviesa. He tenido con mi trabajo sustento y alegría, honesto condumio para mí y los míos, con algunos ratos de esparcimiento por añadidura”. Los epígrafes al volumen de 1986 se ocupan del contexto y cumplen función referencial. El primero es una cita (un verso) de las Actas del Cabildo, del siglo XVI, tiempo en que trajina su vida el sastre jardinero. Se lee con escueta y escatimada seña: “frente al rosal de Bermudo”. Siglos más tarde, Isaac Pardo se desvive en mayores datos, al nutrir con formas y materias su precioso libro Esta Tierra de Gracia, en la ilustración de nuestro siglo XVI, tiempo de nobles y de oficios: “Se regatea, se discute, se riñe con Pedro Álvarez, el carpintero, con Melchor Fernández, el herrero, con Antonio Ruiz Ullán, el albañil, o con el sastre Bermudo, que cultiva muy lindas flores”. La escogencia del nombre por parte de Guerrero tiene, a su vez, su origen en alguno de esos descalabros del mundo universitario, tan frecuentes y vívidos para los que han transitado tan sagrados recintos del saber noble y del hacer bruto, que poco interesa aquí recordarlo aunque el escritor se solace en su insistencia. Interesa más la comprensión de la superación, la transfiguración del hecho innoble en oficio crítico y en plenitud del arte. Busca refugio en la fábula, a la que teme y venera en simultáneo: “despreciando en cambio las fábulas callejeras de la calumnia y la mentira, que en carne propia he sufrido sin resentimiento, pero no con olvido, mientras seguía trabajando en mi huerto, desde donde ya he visto pasar sepulcros coronados de rosas putrefactas”.

El ensayo de 1986 nos conduce ya a las playas finales en la caracterización de este sabio con muchos nombres y al sentido de esos nombres con los que el sabio se define y se anula (firmaría desde temprano algunas de sus colaboraciones periodísticas con el egolátrico nombre “Yoyo”, en El Nuevo Diario; y con el diabólico “Luz bélico”, en El Pórtico de Carora). Querrá entender su propio trayecto y su propio quehacer como siembra y cosecha de cultura. Lucha sin cuartel contra la espiritual desértica de nuestra vida venezolana de aquél tiempo (tan parecida al tiempo de hoy). El párrafo y apartado con el que da fin a sus propósitos de ser Bermudo, el artista que cultiva, resulta plegaria de escueta y alta reflexión sobre lo que significa la cultura. La quiere “integración de su intimidad vital, de su autoctonía ancestral, de sus vivencias étnicas e históricas”. La promueve como “sedimento del libro, de la naturaleza y de la experiencia”; “la forma de una conciencia” que nada tiene de erudición e ilustración, que son otra cosa. La sueña como “trabajo de la mente”; “cosecha de otro trabajo distinto al menudo y ordinario de nuestro buscar vegetativo”. La anhela como “cultivo, en la etimología como en la realidad, en los campos, ¡tan yermos! de nuestra tierra espiritual”.

 

III

Anteo, Cándido o Bermudo, el sabio multinominal signa con su trato, estimula con su credo, fascina con su estilo, determina con su ejemplo, señala con su juicio, asienta con su sabiduría, entusiasma con sus empresas y aproxima con su palabra todas y cada una de nuestras ambiciones de comprensión de lo que fuimos y de lo que soñamos con ser, de lo que tuvimos y perdimos, de lo que significamos en la utopía y en la justicia y de lo que heredamos y no aprovechamos. Creyendo en la perpetuidad de la lengua y la literatura (filosofía en ambos casos), sabe del rudo futuro que le esperan. Hace de ellas, por eso, dedicación de estudio y dedicatoria de vida. Sabiendo de la fragilidad de las modas culturales, querrá ser siempre recuerdo y reivindicación de la gloria pretérita. Auspiciando el trabajo de la historia, atornilla su fe en la revelación de los hechos. Oficiando disciplinas rigurosas de pensamiento, nunca olvida cuánto deben los hallazgos mentales a la intuición y al impresionismo de la realidad. No busca la fuerza de Anteo sino su fortaleza, no la candidez de Cándido sino su criticismo, no el arte de Bermudo sino su vocación.

En la hora de su centenario, ¿vienen acaso en camino la edición de sus Obras Completas o, por separado, la integral de su poesía y de sus ensayos?; ¿acaso se están compilando los volúmenes individuales de crítica sobre su figura o los libros colectivos en su homenaje?; ¿acaso ya se proyectan jornadas que lleven su nombre y que supongan una evaluación de su pensamiento americano y venezolano?; ¿acaso algo que haga vivo el recuerdo de su figura modélica: desde un gran movimiento nacional sincero y apolítico hasta la emisión de unos sellos de correo –algo– que festejen el contento de todo el país por haberlo tenido y por haber sido nuestro?; ¿algo, algo, algo en la exigencia de esta fecha? Actúa en su contra esa “perezosa posteridad latinoamericana”, como rotularía el maestro Rafael Gutiérrez Girardot a esa desesperante desidia y a ese mezquino desapego que tenemos por mantener con vida al continente civilizado.

Como se lo mire o como se lo quiera llamar, Luis Beltrán Guerrero es a ratos héroe y a ratos antihéroe de nuestra literatura y cultura. Como héroe fue ayer reconocido y festejado. Como antihéroe es hoy desconocido y postergado. Su reconocimiento nos habla de la fuerza profunda de nuestra veneración venezolanista. Su olvido nos cuestiona la futilidad de nuestra dedicación venezolana por el estudio. El fenómeno receptivo es hoy en clave de dedicación y veneración, confirmación y estandarte de nuestros mejores momentos mentales y estéticos, tanto como alerta y recordatorio de nuestros peores abismos espirituales.