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Ludovico Silva: El pensamiento antimanualesco

Ludovico Silva

Ludovico Silva

Ludovico Silva (febrero de 1937), antes de cumplir los cuarenta años era ya un personaje dentro del mundo intelectual venezolano. El autor del Anti-manual para uso de marxistas, marxólogos y marxianos , reunía en un sola persona varias condiciones que le aseguraban la admiración y el afecto de estudiantes, profesores, intelectuales y artistas del momento y, por supuesto, la oposición de muchos –especialmente de un cierto tipo de izquierda académica– a quienes sus posturas perturbaban. El libro, como su título lo revela, fue escrito y publicado con un afán provocador, y sobre todo, con la voluntad expresa de desmontar el lenguaje de los manuales, y el empobrecimiento teórico de la ortodoxia marxista

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En junio de 1975, cuando apareció la primera edición del Anti-manual para uso de marxistas, marxólogos y marxianos, Ludovico Silva, su autor, era una rara avis y un auténtico ídolo en el medio intelectual universitario. Particularmente, en el ambiente estudiantil de Humanidades y Ciencias Sociales en donde contaba con seguidores que leíamos sus obras con pasión entusiasta. A tal punto, que en un medio editorial que nunca se ha caracterizado por grandes tirajes, apenas seis meses después de su lanzamiento, en enero de 1976, la editorial Monte Ávila colocaba en el mercado una segunda edición del mencionado Anti-manual. Sin haber arribado aún a los cuarenta años de edad –había nacido en febrero de 1937– el autor era para nosotros una especie de leyenda. Ludovico, a secas, como le conocían sus amigos y sus lectores, reunía en una sola persona varias condiciones que le aseguraban la admiración y el afecto de estudiantes, profesores, intelectuales y artistas del momento y, por supuesto, la oposición de muchos –especialmente de un cierto tipo de izquierda académica– a quienes sus posturas perturbaban.

Era al mismo tiempo poeta, ensayista, filósofo, teórico del marxismo y un prolífico articulista de prensa, Traía consigo el prestigio de quien se había cultivado desde muy joven en Europa –a los 17 años inició estudios de Filosofía y Letras en Madrid–, y la ventaja de dominar varios idiomas, incluyendo el alemán, algo extraordinariamente valorado en un momento cuando desentrañar lo que decían o dejaban de decir los textos de Marx era una verdadera obsesión intelectual. Cuando se debatía de marxismo los demás debían contentarse con traducciones, Ludovico iba directamente a las fuentes.

Pero había otros factores que le conferían a Ludovico su aureola excepcional. Su pública afición a la bebida que lo convertiría en joven víctima de una cirrosis hepática, una personalidad un tanto frágil, depresiva, y melancólica, y la capacidad para suscitar intensos afectos entre quienes le conocían le confería un perfil público más asociado al desparpajo del poeta bohemio de la izquierda "pos-derrota-guerrillera" que a la exitosa imagen del teórico marxista de moda, un oficio por entonces cultivado con pasión en la Universidad Central siguiendo los modelos del mundo académico francés.

La universidad destilaba teorías

Porque, hay que recordarlo, a mediados de los años setenta la universidad era un hervidero de debates sobre teorías políticas. La izquierda, al igual que en el resto de América latina ya había comenzado su metástasis infinita. La disciplinadas militancias de los años sesenta habían sido minadas, bien por el dogmatismo y la intolerancia, bien por la contestación posterior al mayo del 68, la Renovación y el eurocomunismo, o por los beneficios económicos y diplomáticos de la pacificación más los efluvios monetarios de La Gran Venezuela.

Quedaba entonces como compensación el debate intelectual, y los universitarios de entonces lo practicaban con intensidad. Un breve paseo por los pasillos de la UCV leyendo los avisos de foros, debates y seminarios del día, era suficiente para entender de inmediato cuantas tendencias competían. Había tortskistas posadistas y antiposadistas, foquistas, vanguardistas, maoistas de izquierda y de derecha, neoestalinistas, althousserianos, poulantzianos, gramscianos, comunistas prosoviéticos y eurocomunistas, socialistas revolucionarios e, incluso, socialistas tratando de justificar teóricamente su futuro viaje hacia Acción Democrática. Sin olvidar que cada uno de los poderes anticapitalistas existentes en el mundo, especialmente los de Khadadfi y Kim Il Sung, tenían en la UCV un sacerdote nacional que divulgaba sus mandamientos y periódicamente viajaban Libia o a Corea a recargar las baterías de su evangelio. Contra el empobrecimiento teórico.

En medio de este ambiente confuso pero apasionante apareció el Anti-manual para uso de marxistas, marxólogos y marxianos. El libro, como su título lo revela, fue escrito y publicado con un afán provocador y sobre todo, como el autor lo indica en el prólogo, con la voluntad expresa de desmontar las formas manualescas, la chatura intelectual y el empobrecimiento teórico de la ortodoxia marxista. "El marxismo vivo –escribía Ludovico– no consiste en "aplicar a Marx" como quien aplica un cartabón o un molde... por el contrario consiste en asimilar y continuar críticamente su concepción de la historia y su análisis del capitalismo".

Pero ese propósito no era nuevo en sus preocupaciones ensayísticas. Ya en El estilo literario de Marx (1971), libro publicado en México por siglo XXI editores, nuestro filósofo y poeta había esbozado con hermosa lucidez una propuesta fundamental para entender la obra del autor de El Capital. Había que aprender, sostenía, a distinguir entre el rigor demostrativo, lo específicamente científico del pensamiento de Marx, y su elocuencia demostrativa –el estilo literario– de su expresión.

Marx, explica y ejemplifica Ludovico, fue a la vez que un gran pensador y un riguroso científico, un gran escritor. El sistema científico que desarrolló estaba sustentado por un sistema expresivo propio, es decir por un estilo literario original, un genio expresivo peculiar e intransferible: "con sus módulos verbales característicos, sus constantes analógicas y metafóricas, su vocabulario, su economía y su danza prosódica". No haber comprendido esa cualidad, y la tentación permanente de acercarse a sus teorías como si se tratara de un cuerpo de creencias, como un evangelio, hizo que se tomaran por explicaciones aquello que no era otra cosa que metáforas y, a la inversa, por metáforas aquello que era en propiedad explicaciones.

Para restituir el carácter crítico del marxismo o, lo que visto desde el presente es igual, para intentar "salvarlo", Ludovico como otros pensadores de su época, se propuso una cruzada intelectual que diseccionara aquella parte del pensamiento de Marx que sus seguidores dogmáticos habían convertido en una acto de fe, en repetición de un cierto número de fórmulas –“los diez mandamiento de la Ley de Marx-Lenín-Stalin”, decía– de la esencia viva, creativa y hasta científica del mismo pensamiento que todavía era susceptible de ser aplicada para orientar la construcción de sociedades más justas y libres.

Venezuela, de lo uno a lo otro

Con el Anti-manual la cruzada se hace más específica y directa, intentando someter a un análisis demoledor los conceptos, categorías y omisiones que a su juicio mejor expresaban esa tradición dogmática. La menciona y les dispara, una a una: las tres leyes de la dialéctica –"tan inútiles que ni siquiera los científicos oficialmente marxistas han podido aplicarlas", escribe–; la negativa del marxismo oficial a desarrollar la categoría filosófica de alienación -"como la van a estudiar si en la propia Unión Soviética la alienación existe"; la comedia de equivocaciones en la teoría de la ideología –en donde el Manual de Marta Harnecker (Los conceptos elementales del materialismo histórico) sería uno de sus principales protagonistas–, y; el simplismo de las exégesis althousserianas: "Althousser no escribió manuales pero si nos da recetas: nos dice cómo leer El Capital", remata.

En los dos últimos ensayos del Anti-manual, "El arte a la fuerza o como gustéis" y "La cuestión de la cultura", Ludovico ratifica las que fueron sus más persistentes preocupaciones teóricas y, tal vez, su más profunda ansiedad personal, el tema de la relación entre el poder, la creación artística, y la lucha individual del hombre contra toda forma de manipulación, engaño y sometimiento intelectual. Por eso insiste repetidas veces en revisar las teorías de las ideologías y la alienación. Esta preocupación se hace transparente en los títulos y contenidos de algunos de sus libros. En La plusvalía ideológica (1970), donde desarrolla una teoría absolutamente personal sobre las formas de explotación no material que ejerce el capitalismo sobre los individuos. En Teoría y Práctica de la Ideología (1971), uno de los más populares de sus textos en el extranjero, donde revisa la teoría marxista de la ideología e incursiona en el análisis de los cómics norteamericanos y la relación entre televisión, ideología y subdesarrollo. En Marx y la alienación (1974), en donde insiste en demostrar la importancia medular del concepto de alienación en el conjunto de la obra de Marx. Y, en De lo uno a lo otro (1974), una colección de escritos sueltos, en donde se combinan sus preocupaciones por la cultura en Venezuela, su oficio de crítico literario, con reflexiones filosóficas sobre la poesía y la creación.

Ahora que he vuelto a hojear el Anti-manual…, El estilo literario de Marx y dos de sus poemarios, In vino veritas y Orfeo negro, dos sentimientos absolutamente opuestos se me vienen encima. Primero, una cierta desazón ante las obsesiones y la pequeñez intelectual de un período de la izquierda académica mundial que hizo invertir tanta energía sosa en debates como a los que responde El Anti-manual, en contraste al espíritu de El estilo literario… un libro superior, un clásico, escrito a la manera de una síntesis suprema –no condicionada por la coyuntura– entre dos obsesiones de Ludovico: la belleza y la revolución.

El otro sentimiento, tal vez melancólico, es el de pensar que probablemente con Ludovico Silva terminó un tipo de preocupación intelectual, una manera profunda de pensar la existencia en donde subjetividad y política, libertad individual y realización colectiva, creación artística y experiencia social eran vividas y pensadas como una unidad, donde el marxismo no era más que una circunstancia y, el menos en ese momento histórico, una limitación. Tal vez por eso, en In vino veritas, escribió: "…Yo no fui hecho para mi cabeza/ la lucidez me lleva hacia otros mundos/ Soy un extrañó…"

 

Mártir de sí mismo

No conozco en Venezuela el caso de un intelectual que haya sido tan querido y admirado por gentes tan disímiles entre sí. Al menos eso es lo que se respira una vez que se termina de leer el libro Para recordar a Ludovico Silva. La obra, una colección de textos, fotografías e ilustraciones de amigos y analistas, reunidos amorosamente por su mujer Beatriz –sin cuya compañía Ludovico parece resultar incompleto– permite hacerse una visión lo más completa posible de lo que el poeta caraqueño significó para toda una generación.

Entre tantas anécdotas me conmovió el relato de Orlando Araujo sobre el día del brutal allanamiento militar a la Universidad Central de Venezuela ejecutado bajo el gobierno anterior del doctor Caldera. Orlando, en un breve artículo titulado "Ludovico a pié" escribe: "… cuando la bota militar con presilla de profesores alquilados allanó la Universidad (1970-71 ¿os acordáis?) Ludovico que no es hombre de disparos, lloraba al pie de aquel árbol que entre octubre y noviembre alfombra furtivamente el oro de un idilio".

Pero además o tal vez, precisamente por su capacidad para el llanto, Ludovico era también implacable y hasta cínico en su fraseología. Fue él quien acuñó aquello de que "si los loros fueran marxistas serían marxistas dogmáticos". El mismo que, en una época de éticas implacables, al ser interrogado sobre los orígenes de su alcoholismo dejó caer como si nada, "probablemente lo adquirí de tanto asistir a bautizos de libros de profesores de izquierda". O quien sin resquemor, arriesgando prohibiciones de aterrizar en La Habana o en Moscú, como él mismo lo dijo, escribió: "el dogmático marxista no es sincero ni, por supuesto, poético. Es simplemente ridículo…"

 

Ludovico, uno y múltiple

Por Jesús Sanoja Hernández

Ludovico tiene múltiples vías de entrada, pero ninguna de salida. Su obra, tan diversa como incitante, lo atrapa a uno, dejándolo prisionero en una zona encantada. Fue poeta (creación y oficio), crítico literario (Curtius y Friedrich como escoltas), ensayista (o en libros densos o en revistas y diarios), filósofo (la seducción por el joven Marx y el debate contemporáneo) y, no por último menos importante, periodista de lance y desafío (Clarín, El Nacional).

Para subir a las alturas especulativas de la filosofía desde las tierras bajas del periodismo, Ludovico necesitó de las experiencias perturbadoras e iluminadas al mismo tiempo, de los años 60, que marcan su reencuentro con el país luego del recorrido formativo por Europa. Cayó Ludovico en la Venezuela de los polémicos grupos literarios y la violencia, y a los unos y a la otra trató de entenderlos, no aceptándolos finalmente como solución a sus dilemas (porque fueron muchos, según el terreno que pisara) y optando, en buena hora, por los estudios filosóficos, la crítica profunda y a la vez fluida de teorías y moda, y la mezcla de la bohemia con el recogimiento y la reflexión.

A cambio de tiempos, cambios de visiones. Aquellas primeras promociones de filósofos ucevistas trabajaron el terreno de la temprana postguerra, con debates sobre el existencialismo y los pensadores alemanes como Heidegger, sin adentrarse en el periodismo, salvo Héctor Mujica, que de él hizo pasión. Mayz Vallenilla como Weibezahn Massiani se ciñeron a la formación académica, muy acabada en ambos, mientras quienes vinieron después (y poco antes que Ludovico), como Nuño, y Riu, ya desaparecidos, entrarían al mundo de la controversia con Crítica contemporánea, en aquel pelotón en el cual también participaron Eduardo Vásquez y Antonio Pasquali.

Después de disolverse el grupo que animaba esta revista y enfrentarse algunos de sus integrantes en diarios como La República y El Venezolano , y de Ludovico haber cruzado por el periodismo de izquierda ( Clarín y Qué pasa en Venezuela, a más de El Nacional con su "Belvedere"), tomó la decisión de estudiar Filosofía, en cuyas aulas encontró al maestro por excelencia, García Bacca, y a otros profesores con quienes amistaría y no pocas veces, ya graduado, polemizaría, particularmente en torno al marxismo. Coincidió esa etapa de vuelco con su magnífica labor en la revista Papeles, promovida por el Ateneo.

El libro que lanzó a Ludovico a interminable cruce polémico fue La plusvalía ideológica, 1970, al que siguieron Sobre el socialismo y los intelectuales, también de ese año, y dos de 1971, Teoría y práctica de la ideología y El estilo literario de Marx, editados en México, y de merecida repercusión, en especial este último, tanto en Venezuela como en el exterior. Tres años más tarde Monte Ávila dio a conocer Marx y la alienación y uno que más allá de su validez filosófica, estremeció por su desafío al dogmatismo. Me tocó presentarlo (el Anti- manual) en el Ateneo, agosto de 1975 según creo, y no fueron pocos los reclamos que mis camaradas de estirpe inquisitorial me hicieron por tolerancia ideológica.

Para cerrar con lo que al comienzo sostenía, estimo que las columnas periodísticas y los artículos y ensayos en revistas ayudaron poderosamente a Ludovico en su posición de filósofo de nuevo tipo, aireado, controversial y controvertible, acerca de lo cual hay constancia en volúmenes como Clavimandora, Belleza y revolución, Filosofía de la ociosidad y De lo uno a lo otro . Un libro póstumo En busca del socialismo perdido, prologado por su hermano Héctor, da fe de lo que andaba buscando, y nunca encontró, Ludovico.

 

*Publicado el 28 de junio de 1998