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Luciano Canfora: el autor y el copista

Luciano Canfora / Foto www.lacultura.ch

Luciano Canfora / Foto www.lacultura.ch

Autor de libros únicos como “La biblioteca desaparecida” y “El mundo de Atenas”, Luciano Cánfora (Italia, 1942) ha publicado un texto que nos obliga a reconsiderar nuestro vínculo con la literatura de los antiguos: “El copista como autor” (Editorial Delirio, España, 2014)

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El punto de partida es, por sí mismo, inquietante: no disponemos de los originales de los Antiguos. A lo largo de los siglos, en el mejor de los casos, las obras se han conservado como resultado de la actividad de los copistas. Toda una tradición del pensamiento occidental, un pensamiento de anhelo tranquilizador, ha presentado a los copistas como figuras de un heroísmo silencioso, hombres que, desafiando las limitaciones materiales, hicieron posible la transmisión hasta nosotros de las literaturas griega y latina (un libro imprescindible sobre esta cuestión es Copistas y filólogos de los ingleses Leighton Reynolds y Nigel Wilson).

En una primera aproximación, hay que repetir esta idea: gracias a los copistas, numerosísimas obras lograron sobrevivir y ser parte del acervo cultural. Pero he aquí que esa contribución no debe separarnos de lo esencial de su realidad: las obras que han llegado hasta nosotros son el resultado de la intervención de personas distintas a los autores: discípulos muy próximos o no, que tomaban notas en el momento o más tarde, a partir de sus recuerdos o del recuerdo de otros; anotadores de vocación que escribían para perpetuar las palabras de quienes consideraban sus maestros; admiradores que se impusieron a sí mismos o encargaron a otros la tarea de transcribir unas palabras que les resultaban notables. “A decir verdad, es el copista el auténtico artífice de los textos que han logrado sobrevivir”.

Luciano Canfora, helenista y estudioso de la Antigüedad, pone de bulto un hecho tremendo por su abrumadora simpleza: el lector-copista es el “autor material” del texto antiguo. Es la mente del copista quien lee con acuciosidad, quien filtra, quien articula el texto con el que se ha compenetrado. En tanto que único-verdadero-lector, en su aproximación, se apropia del texto. Lo hace cosa-suya. A partir de esa apropiación surge “el impulso de intervenir: típica, y casi obligada reacción del que ha entrado en el texto. Es por esta causa que el copista, precisamente porque copiaba, se ha convertido en protagonista activo del texto. Puesto que es quien mejor lo ha entendido, el copista se transforma en coautor del texto” (Canfora añade: bajo esta perspectiva el plagiario es un copista que ha perdido la noción de sí, al punto que se siente autor del texto copiado y lo firma como suyo).

La operación mental del copista va más lejos: no se resigna a las brechas. La sensación de que algo falta en el texto le produce un persistente malestar, tal como le ocurre a cualquier lector, una vez que se ha instalado en la lectura que realiza. El copista necesita superar el asunto que lo incomoda. De inmediato es tomado por el impulso de mejorar el texto, zanjar las brechas, rellenar lo que falta. Estos impulsos son fuentes de errores, en la mayoría de los casos, conceptuales. A ello hay que agregar los múltiples errores mecánicos en que puede incurrir el copista: anotar una palabra en vez de otra; retomar la tarea de copiar en un punto que no era el mismo en que la había dejado; leer desde una lógica distinta a la del autor y, a partir de allí, distorsionar el texto; cambiar el sentido de una afirmación, incluso de forma involuntaria.

De la sumatoria de casos posibles, cabe establecer una tasa de deformación de los textos que responde a una ley: mientras menor sea el tiempo que media entre el autor y el copista, menor será la cantidad de deformaciones que sufrirá el texto. El lector puede especular y preguntarse qué queda de los originales que, a lo largo de los siglos, han pasado por las manos de varias generaciones de copistas. Y, al asomarse a una cuestión más profunda: qué pueden decirnos unos textos que se produjeron en realidades mentales (filológicas) de hace 2 mil y 3 mil años.

Los casos que la erudición de Canfora expone, resultan inquietantes: editores o libreros que escogían entre distintas versiones de una misma obra, aquella que les resultaba más cónsona con sus intereses; poderosos que contrataban a varios copistas para que copiaran una misma obra por tramos (un caso de nuestro tiempo: la primera y apurada traducción de El Doctor Zhivago al francés, que se repartieron cuatro amigos del escritor, cada uno un trozo de la novela); pensamientos  que conocemos porque fueron citados por otros autores (de memoria); traducciones hechas bajo los más diversos criterios; traductores que lo hacían palabra por palabra; autores, como Diodoro Sículo, que escribió –agrupó– una obra basada en fragmentos de otras; el paso de los rollos a los papiros, que constituyó un embudo material para los textos antiguos; etcétera, etcétera.

De este El copista como autor, muchas preguntas sobre los textos antiguos quedan abiertas, quizás para siempre: ¿Eso qué llamamos el texto original, existe acaso? Derivado de lo anterior, ¿Quién fue el autor de ese texto original? ¿Solo el primer autor? ¿O el dueto constituido por el primer autor y su copista?

El copista como autor

Luciano Canfora

Traducción: Rafael Bonilla

Cerezo. Editorial Delirio

España, 2014.