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Lolita: Júbilo y desamparo del Rey

Vladimir Nabokov / Foto cortesía

Vladimir Nabokov / Foto cortesía

La obra maestra de Vladimir Nabokov cumple 50 años.Antes de alcanzar las estanterías, varios editores la rechazaron. Recelada y temida, debió sortear la censura en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Pero en 1955 logró imprimirse: dos semanas después de que comenzara a circular se publicó un primer artículo que destacaba la “indiscutible maestría” de “Lolita”. Desde entonces, la historia de Humbert Humbert y Dolores Hazel no ha cesado de afiliar fanáticos

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Humbert Humbert es más que el protagonista-narrador de Lolita. Es un señor de la prosa. Rey en sus dominios. Al final, a pocas líneas de la culminación del relato, afirma que ha tardado 56 días en escribirlo. A continuación explica que, en beneficio de ella, la historia no podrá ser publicada hasta que Lolita y él hayan muerto. Su pronóstico es de envergadura: la inmortalidad de ambos ha quedado sellada en esa escritura.

Lolita se planta con una interrogante: si por encima de las posibles consideraciones que podrían derivar de la línea central de la novela –un cuarentón que se obsesiona por una púber de doce años– el lector está abierto a la escritura-gozo de Humbert. Cuando uso la palabra gozo –palabra que parece ahora incorporada a la lengua especializada del psicoanálisis– quiero decir acontecimiento, sugerir elevación, ejercitación más allá de lo obvio e inmediato.

Gozo son las anotaciones, los guiños, las advertencias con que Humbert le habla directamente al lector. Los sarcasmos con los que mantiene las aguas en movimiento. Las refinadas imágenes –la escritura de Nabokov es una prodigiosa maquinaria de destilación– con que describe sus propias sensaciones. La permanente práctica de la distancia, la apelación al humor, los súbitos cambios de tonalidad: “Ahora creo llegado el momento de introducir la siguiente idea: hay muchachas, entre los nueve y los catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de las ninfas (es decir, demoníaca) , a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas (hasta el punto de doblar, triplicar e incluso cuadruplicar su edad). Propongo designar a esas criaturas con el nombre de nínfulas”.

Gozo son las frases de vocación aforística (“la mirada del lujurioso siempre es triste: la lujuria nunca está segura”) con que Humbert se emplaza a sí mismo. El estilizado vagabundeo argumental presente, sobre todo en la primera parte de la novela (“¿Son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. De lo contrario, los hombres capaces de penetrar ese secreto, los ninfulómanos, se volverían locos. Tampoco la belleza es un criterio determinante, y la vulgaridad –o, al menos lo que una comunidad determinada considera como tal– no daña forzosamente ciertas características misteriosas que dan a la nínfula esa gracia etérea, ese evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual se distingue de sus contemporáneas que dependen incomparablemente del mundo espacial de los fenómenos sincrónicos que de esa isla intangible de tiempo hechizado donde Lolita juega con sus semejantes”). Gozo, incesante y prolífico, es la travesía, de la primera a la última palabra.

Estética del deseo

La primera parte de la novela anuncia a Lolita. La dibuja, la sueña, la teoriza. Humbert reconoce dentro de sí la escisión, la grieta oscura desde la que se levanta su deseo. Es sus desvaríos recuerda a Virgilio, a Dante y a Petrarca. Maestro de los detalles (Humbert Humbert no puede ser sino un acucioso anatomista), exquisito observador de la corporeidad, llega el momento en que se devela a esa Lolita a la que viene insinuando desde treinta páginas atrás: “el rey grita de júbilo”.

Con Lolita ya instalada en el relato, el juego de Humbert Humbert se intensifica: habla de sí en primera y en tercera persona, alternativamente. Reconoce su turbación y advierte de las posibles infidelidades de su narración. Introduce el recurso de un diario: “Jueves. Día muy cálido. Desde un punto ventajoso (ventana del cuarto de baño) vi a Dolores recogiendo la ropa tendida en medio de la luz verde manzana, detrás de la casa. Salí. Ella llevaba una camisa a cuadros, tejanos, zapatillas deportivas. Cada movimiento que hacía aquella sombra moteada de rayos de sol punzaba la cuerda más secreta y sensible de mi cuerpo abyecto”.

A medida que el cazador avanza, las destrezas de Humbert se despliegan en lo territorial: el espacio se convierte en aquello que lo aproxima o lo separa de Lolita. Narrar es delectarse: “quiero que mis cultos lectores se sientan partícipes de la escena que voy a evocar. Quiero que examinen cada pormenor y vean por sí mismos hasta qué punto fue cauteloso y casto aquel acontecimiento dulce como el vino….”. Allí, en la bisagra donde fantasía y realidad se entrecruzan, Humbert debate consigo mismo, observa cada señal, aguarda su momento. Pero he aquí que la magia, que el ardid Nabokov irrumpe: los hechos se precipitan. Los imprevistos ocupan la escena. Humbert Humbert pierde temporalmente el control, que retomará más adelante.

Caída sin freno

El que viaja por Norteamérica con la púber en el asiento a su lado es un hombre en proceso de enamorarse. Es inevitable: las diferencias toman forma, se inflaman, agrietan ese estado “más allá de la felicidad” que, a ratos, experimenta Humbert. El vínculo se fractura. Lo fatídico ocupa el relato. De aquí en adelante, el rey jubiloso, se reconvierte: adquiere las proporciones, el descontrol, la debilidad, los padecimientos del amante traicionado: un hombre desamparado.

Y es de cara a esta nueva realidad, donde Humbert Humbert logra reconvertir la prosa de caza en prosa adolorida, sin menoscabo alguno de sus atributos: el rayo que salta e ilumina la oscuridad (“Sería un mentiroso si dijera, y el lector muy tonto si lo creyera, que la conmoción producida por la pérdida de Lolita me curó de la pasión por las nínfulas”); la anotación que devuelve lucidez donde hasta hace un segundo no había otra cosa que absceso y confusión (“Muchas veces he advertido que tendemos a atribuir a nuestros amigos una estabilidad similar a la que adquieren en la mente del lector los personajes literarios. Aunque abramos El rey Lear montones de veces, nunca encontraremos al pobre soberano apurando hasta la última gota de su jarra de cerveza la mar de contento, olvidados todos sus pesares, en una alegre reunión con sus hijas y sus perros falderos”); los arrebatos de lirismo que, como paréntesis en la prosa del distante, hacen patente la constitución del hombre enamorado hasta los tuétanos.

En ese Humbert Humbert derrotado, de todos modos hay algo invicto: el privilegio del que cuenta con regocijo, la potencia del que nombra a plenitud, el triunfo del que comparte, incluso a pesar de su declive. Que Lolita sea una de las grandes obras de la narrativa del siglo XX no se debe a la humanización implícita en la caída del protagonista. Se debe a las variaciones climáticas, a las secuencias argumentales, al gozo fraseológico, a la inquietante y desbordada humanidad que Vladimir Nabokov creó en Humbert Humbert.