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“El Loco Barrera” vestido de mujer

Foto: Omar Veliz

Foto: Omar Veliz

“Liliana conocía el ‘negocio’ de pies a cabeza. Desde los 13 años de edad acompañaba a Daniel Barrera en todo lo que hacía. Ambos eran de Manizales, sobre la cordillera de Los Andes. Allí compartieron emociones, sentimientos de amor y aventura”

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Su cabeza con el cabello corto, cejas pobladas y ojos caídos tenía precio. Cinco millones de dólares ofrecía el gobierno de Estados Unidos, mientras el de Colombia premiaba con cinco millones de pesos a quien ofreciera información relevante para dar con el capo. Cada vez le era más difícil esconderse y Venezuela fue una buena opción. Su rostro, a pesar de los cambios estéticos a los que se sometió, era conocido. Como un pulpo, “El Loco” se escondió en las profundidades de la zona fronteriza del Táchira y sus tentáculos empezaron a moverse. Ella era la más indicada para tantear el terreno y pasar desapercibida. Sus ojos eran una extensión de los del capo, sus oídos escuchaban lo que él quería escuchar. Su palabra era el sello de “El Loco” Barrera.

Era una mujer esbelta de piel morena y 1,90 de estatura. Su cabello largo y castaño oscuro contrastaba con sus ojos color almendra. Sus rasgos eran finos y sus delgados labios y blanca dentadura dibujaban una sonrisa pulcra. Con una silueta perfecta, Liliana Estrada, de 34 años de edad, captaba la atención por donde pasara. Sus abultados senos, una pequeña cintura, abdomen plano, cadera ancha, piernas definidas y voluptuoso trasero la hacían ver como un mujerón.

Así vistiera casual, deportiva o elegante, la mujer de acento colombiano siempre lucía bella. Los vecinos la recuerdan por su buen humor y por los ajustados jeans y chaquetas de cuero que acostumbraba a usar. Los costosos lentes de sol que protegían sus ojos combinaban con su vestimenta; siempre los colocaba en su rostro cuando disponía a montarse en su camioneta Toyota FJ. Ella era el pez más colorido y vistoso que cualquier hombre quería tener en su pecera, pero nadie imaginaba que esta belleza era la mejor aliada del capo colombiano Daniel “Loco” Barrera para legitimar su capital en Barquisimeto.

Liliana conocía el “negocio” de pies a cabeza. Desde los 13 años de edad acompañaba a Daniel Barrera en todo lo que hacía. Ambos eran de Manizales, sobre la cordillera de Los Andes. Allí compartieron emociones, sentimientos de amor y aventura.

Gracias al dinero de “El Loco”, Liliana pudo viajar y conocer República Dominicana, México, Panamá, Puerto Rico y Estados Unidos. En el año 2007, la pareja llegó a Venezuela sin el vínculo amoroso pero su pacto de fidelidad intacto. Quién mejor que ella para conocer los ardides para la legitimación de capitales si durante 11 años había trabajado con y para “El Loco”.

La engalanada mujer llegó a la capital del estado Lara cuando la ciudad comenzaba a dar signos de crecimiento y progreso. Edificios, urbanizaciones, carreteras y distribuidores estaban en plena construcción. Nuevas empresas abrían sus puertas y el desarrollo económico se intuía en todos sus rincones. Residenciada en una de las mejores zonas de Barquisimeto, Liliana sabía lo que tenía que hacer. Para ello, empezó a codearse con gente adinerada.

Un trabajador de una reconocida agencia de automóviles de lujo aún recuerda el día que esta mujer cruzó la puerta de vidrio del local comercial. La gracia al caminar y la figura de Liliana llamaron de inmediato su atención. Una camisa blanca manga larga abotonada hasta arriba dejaba ver parte de sus redondos senos. Un blue jeans claro forraba sus largas piernas y una botas de tacón fino y color marrón sonaban con cada paso que daba hasta plantarse frente al vendedor.

—¡Buenas! –dijo la mujer con un tono suave y una pequeña sonrisa.

—Buenos días señorita, ¿en qué le podemos ayudar? –contestó el vendedor.

—Quisiera comprar un buen carro. —Pase adelante.

La oficina del dueño de la agencia de carros estaba rodeada de vidrios cubiertos con papel ahumado. De adentro hacia afuera, él podía observar todo pero nadie lo veía a él. Deslumbrado por la belleza de la mujer, salió para atenderla personalmente y le indicó al vendedor que se retirara. El joven empresario, de apellido Godoy, hizo el recorrido por la agencia mostrando sus mejores opciones. Sobre el piso de granito brillante había BMW, Bentley, Hummer y camionetas Toyota. Una FJ Toyota de color gris le pareció una buena alternativa: era delicada pero todo terreno, espaciosa pero con líneas finas y combinaba perfectamente con su personalidad. Además podía viajar con ella hacia la zona fronteriza y adentrarse en las siete fincas que tenía sin limitaciones. Godoy fue la mecha que le permitió a Liliana encender su plan.

El recorrido por la agencia estuvo lleno de palabras y risas. El propietario abría cada una de las puertas de los carros para darle paso a la exuberante mujer. Frases como “Dígame papito, ¿ese carro me aguantará?”, le alborotaban la imaginación. Pasaron al menos tres horas y Liliana compró la camioneta que primero le llamó la atención. Antes de retirarse, el hombre la había invitado a salir. Y ella aceptó.

Días después, Liliana asistía a placenteras fiestas en grandes mansiones de Barquisimeto acompañando al dueño de la agencia. Los hombres se les acercaban para admirarla y conocerla, mientras ella, con su hermosa sonrisa, iba tejiendo la telaraña.

Para terminar de encajar en la alta sociedad larense y no levantar sospechas, Liliana se mudó a un apartamento más lujoso en una exclusiva zona de Barquisimeto y amplió su círculo social asistiendo a un costoso gimnasio de la ciudad.

Pero de la mano de la belleza comenzó el enigma. Las semanas fueron pasando y con ello surgió la curiosidad. “¿A qué te dedicas?”. “¿Por qué te viniste de Colombia?”. “¿Trabajas?”. Discretamente, Liliana aclaraba que era técnico superior en administración de empresas y que quería probar suerte en Barquisimeto. Su penetrante mirada hacía el resto.

Godoy la siguió cortejando mientras la ayudaba a montar su propio negocio y establecerse. Ella le había comentado que su “tío” tenía mucho dinero y que quería ayudarla a progresar. La compra y venta de carros era una buena opción, sin embargo Godoy le dijo que consultaría con un amigo de él que tenía más tiempo en el ramo.

Para él la cosa no estaba tan buena para desperdiciar el dinero, pero eso no era problema para Liliana. Ella contaba con una maleta llena de billetes verdes con la cara de George Washington que le había mandado su “tío”.

El empresario conversó con su amigo “El Árabe”, quien sin detenerse a pensarlo quiso conocer a Liliana. Ella lo había escuchado nombrar en las fiestas de la alta sociedad y parecía encajar con el perfil que buscaba. Un hombre reconocido en la sociedad, amante de la buena vida, que atravesaba por problemas económicos. Lo habían desalojado de un apartamento por faltar al contrato de arrendamiento. Era un hombre corpulento, alto, de piel banca, ojos azules, bien parecido y con una gran sonrisa. Se lo presentaron a Liliana en un lujoso penthouse con lámparas que parecían de cristal y ventanas panorámicas que mostraban una espléndida vista. Mientras le daba la mano, Neif Antonio Gebrán “El Árabe” apreció la belleza de Liliana. Una mirada picara los enlazó y la larga conversación fue fructífera para ambos.

Los consejos del empresario árabe eran en vano, pero ella lo escuchaba con atención mientras lo envolvía poco a poco con su cordialidad y encanto. A veces le contaba de su ciudad natal, Manizales, conocida como la “ciudad de las puertas abiertas”. El vínculo necesario ya estaba establecido; lo demás se daría por sí solo. Ambos tenían un interés en hacerse socios y saldrían beneficiados. Ella, además, podía satisfacer las necesidades sexuales de cualquier hombre.

De carácter y una arrogancia extrema, Gebrán dedujo que el dinero de Liliana provenía de algo oscuro, pero a él solo le importaba mantener su estatus y satisfacer sus deseos. El dinero y el placer encabezaban su lista de prioridades. La compra de costosos carros e inmuebles con el dinero proveniente del narcotráfico comenzó y “El Árabe” obtuvo beneficios en un santiamén. Era una “buena racha” de negocios por la que estaba pasando, le comentó a sus amistades. Debía guardar el secreto de la procedencia del dinero a cambio de conservar la vida, la cual no quería poner en riesgo porque tenía mucho que disfrutar en el futuro gracias a Liliana.

El margen de ganancia era excesivo. Ella le ofrecía una buena tajada de las ganancias del “negocio” y los yates, aviones, propiedades en el exterior, costosos carros y armas de fuego empezaron a formar parte de la vida de Gebrán. En carros llegó a acumular 25 millones de bolívares. En el garaje de su residencia guardaba un Lamborgini Gallardo, un Chevrolet Camaro deportivo, una Hummer dorada, un Mustang Ford, un Jeep Rubricon, una camioneta BMW, un Porsche y una camioneta Murano; además una camioneta Explorer Eddie Bauer y una Trail Blazer, sus carros más económicos. Sorprendentemente también contaba con un M-16, el fusil de asalto principal de las fuerzas armadas estadounidenses. Liliana se comprometía cada tres meses a entregarle una maleta con 3 millones de dólares para que los colara legalmente en la economía local.

La residencia principal de Gebrán era el escenario de grandes fiestas con piscina, jacuzzi y whiskys mayores de edad, vinos y champagne. Había de todo en esas fiestas. Cuando algún vecino le reclamaba por no dejarlo dormir, “El Árabe” con un tono arrogante dejaba en claro que nadie podía tocarlo, ni mucho menos aprehenderlo. Las extravagancias eran parte de su cotidianidad. En una oportunidad quiso “comprar” el estacionamiento de un reconocido centro comercial después de darse cuenta de que habían rayado el lujoso vehículo de su novia. No podían vendérselo, pero sí consiguió que se lo arrendaran y con ello convertirse en el “dueño” de los puestos. Su novia era quien le tramitaba todos los documentos de compra y venta de las propiedades. Trabajaba en una notaría y en algunos casos servía hasta de testigo para legalizar los documentos.

Al “negocio” también se sumó Rodolfo Velasco Kassem, un reconocido banquero en la ciudad. La banca de loterías no estaba pasando por un buen momento, así que a Liliana y a Gebrán no les costó convencerlo.

Velasco también era prestamista, la fachada perfecta para legitimar capitales. Conocidos empresarios acudían al hombre blanco, calvo, de ojos claros y contextura gruesa cuando necesitaban bolívares o dólares. La lista de deudores en su computadora alcanzó los miles y miles de dólares, todos provenientes de la abultada maleta de Liliana. A cambio, Velasco exigía vehículos, inmuebles y objetos de valor como garantía, una eficiente manera de lavar el dinero sucio en caso de que sus deudores no pudieran pagar. Si cancelaban, lo hacían en bolívares y de igual manera los dólares ya habían pasado por la lavadora.

El prestamista tenía una camioneta Mercedes Benz, un Mercedes Benz Coupe dos puertas, un Jeep Grand Cherokee, una Toyota FJ Cruiser, un Optra, un camión 350 Ford 2012 y un Toyota Corolla. También contaba con oficinas en reconocidas torres empresariales, dos galpones extensos y varias casas. Una de sus grandes adquisiciones fue una casa de mil metros cuadrados ubicada en Colinas de Santa Rosa, donde residen peloteros, políticos y familias de la alta sociedad larense. La casa de Velasco tenía dos pisos y por fuera parecía un paraíso. La vista era hermosa y, gracias a su altura, de noche las luces dibujaban un paisaje de ensueño. El estacionamiento quedaba en un sótano. La grama era verde, tenía piscina, fachada de piedras y muchos faroles. Dentro, había una cascada con luces de colores. Tenía varios salones y siete habitaciones.

Liliana se mantenía de bajo perfil mientras sus colaboradores hacían el trabajo por ella. Mientras menos se supiera de su participación, mejor. Se reunía en privado sólo para colocar el dinero y le rendía cuentas a su “tío”. En menos de dos años el negocio marchaba perfectamente.

Antes de llegar a Barquisimeto, Liliana se había casado con un trabajador de “El Loco”. Desde el año 2002 estaba en amoríos con Germán Arturo Arenas y sus dos hijos eran de él. Liliana se trajo a sus hijos, a su mamá, Fanny de Valencia Estrada, y a su hermano, Edilberto Estrada Valencia. Los dos últimos vivían en otra residencia que ella les había comprado. Los niños, de 9 y 7 años de edad, los inscribió en el Río Claro, uno de los mejores colegios de Barquisimeto. Su poder adquisitivo le daba para eso y mucho más. Los niños eran educados por los mejores maestros, gozaban de una extensa cancha para practicar deportes y tenían una póliza de seguro que cubría cualquier eventualidad. Era una madre pendiente de sus hijos.

Gebrán y Velasco continuaron adquiriendo inmuebles, aviones, hangares, acciones en el club de golf y viajando al exterior por placer. En la página de la red social Facebook podían verse las fotos que registraban sus excentricidades y lo bien que la pasaban junto a sus parejas. Pero la suerte les cambió de pronto.

En el año 2012, todo se vino abajo cuando “El Loco” Barrera fue capturado en una finca del estado Táchira, el 18 de septiembre. Tenía un documento de identidad falso y las yemas de los dedos quemadas, pero no se salvó de ser identificado. El gobierno venezolano dio a conocer la noticia y en menos de dos días Liliana Estrada Valencia, junto a su familia, fue sacada del país en la avioneta de Neif Gebrán, según una llamada anónima que recibió la Oficina Nacional Antidrogas. “El Árabe” también huyó en compañía de su novia embarazada, pero Rodolfo Velasco no corrió con la misma suerte. Fue capturado en Caracas el 11 de enero siguiente en una residencia en la avenida Francisco Solano y recluido en la penitenciaría de Coro.

El último gran capo de Colombia, Daniel “Loco” Barrera, fue extraditado a su país y allí se encuentra en una cárcel de máxima seguridad, mientras que Liliana, su brazo ejecutor en Barquisimeto, sigue disfrutando de la libertad.


DESVELOS Y DEVOCIONES. EL PULSO Y EL ALMA DE LA CRÓNICA EN VENEZUELA, 2012-2013

Albor Rodríguez y Alfredo Meza

Ediciones Bigott

Caracas, 2014