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Lisandro Alvarado, traductor de Lucrecio

Lisandro Alvarado, traductor de Lucrecio

Lisandro Alvarado, traductor de Lucrecio

Alvarado murió en 1929. El prólogo que dejó es un documento excepcional: habla de las elecciones que el intelectual tomó ante la compleja grandiosidad del poema

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Joya publicada en 1958: hablo de las Obras completas de Lisandro Alvarado, emprendida entonces por una comisión presidida por Mario Briceño Iragorry. El tomo VI está dedicado, en edición bilingüe, a la traducción de Dererum natura, el extenso, conmovedor y singularísimo poema que Tito Lucrecio Caro escribió en latín alrededor del año 50 a.C. Presentado aquí como La naturaleza de las cosas (Agustín García Calvo, en su traducción rimada lo llamó De la realidad; Eduard Valentí Fiol, en su versión en prosa, lo tituló De la naturaleza; por su parte, Francisco Socas lo tituló La naturaleza), en esta edición corresponde a Oscar Zambrano Urdaneta la recapitulación de la odisea literaria de Alvarado, y a Juan David García Bacca el estudio que precede a la traducción.

Le obsesionaban las lenguas clásicas, las modernas y las indígenas. Sus tratos incluían el inglés, el francés, el italiano y el alemán. Hablaba árabe. Hizo estudios de griego, hebreo y provenzal. Estudió cuantas lenguas indígenas tuvo a su alcance. Y, en lo que interesa a este comentario, por la exigencia que se impuso a sí mismo de traducir a Lucrecio, cabe afirmar que una parte sustancial de su vida la consagró (consagrar: no hay otro verbo más adecuado para describir esta devoción por Lucrecio), a volcar a nuestra lengua los casi ocho mil hexámetros en latín que lo componen. Hay testimonios de que antes de sus veinte años Alvarado ya leía a Tácito en latín y escribía cartas en ese idioma.

La correspondencia entre ambos revela que el poema de Lucrecio era una pasión que Alvarado compartía con José Gil Fortoul, y que habría sido este quien le persuadió de traducirlo. En algún momento de 1890 Alvarado dio inicio a la enorme tarea. Que aquello era un bien de la existencia y no un modo de ganarse la vida, lo pone de bulto el que Alvarado vivió siempre al límite de la pobreza. La activa solidaridad de Gil Fortoul se puso en movimiento a partir de 1892: buscaba un editor para De la naturaleza de las cosas. Pero no encontró a ninguno dispuesto. ¿Y cuál fue la reacción de Alvarado? Revisar una y otra vez la traducción a lo largo de los años. Analizar de modo implacable su propio trabajo. Hundir sus pensamientos en el latín y el español, hasta que casi 28 años después de haber traducido las primeras palabras, cerró la versión que fi nalmente sería publicada en 1958, que incluía un prólogo suyo (una versión previa había sido publicada en Barquisimeto, en 1950).

Lisandro Alvarado murió en 1929. El prólogo que dejó es un documento excepcional: habla de las elecciones que el intelectual tomó ante la compleja grandiosidad del poema. Por qué lo vertió en prosa y no en verso. Por qué hizo uso de ciertos arcaísmos que alguna vez había leído en autores como Cervantes y Gonzalo de Berceo, para así crear una atmósfera que recordara el modo en que el romano había usado arcaísmos del latín. Y por qué no cejó, palabra a palabra, línea a línea, en la disciplina de mantener la mayor fi delidad posible al original, a pesar de los enormes riesgos que ello podía representar no sólo para la poesía (la poética) de Lucrecio, sino también para su propio e irremediable amor por esa maravilla de la sensibilidad humana que es De la naturaleza de las cosas.