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Líneas tardías: La mirada retrospectiva de Octavio Suñé

Octavio Suñé / Foto Manuel Sardá

Octavio Suñé / Foto Manuel Sardá

El cantautor acaba de estrenar su segundo disco como solista T.O.D.O, un álbum que registra la etapa del cantante posterior a su divorcio en medio de un país convulso

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Octavio Suñé es un sobreviviente del rock venezolano de los años noventa. Ya no canta sobre girasoles en entrepiernas, como hacía con La Nave, sino que deja constancia de mayores vivencias y apegos, más allá del deseo carnal que registró jocosa y pícaramente en “Girasol”, tema conocido entre aquellos atentos a una movida que hace dos décadas aún buscaba un justo lugar en un ideario más propenso a otros géneros.

Hace tres meses el cantautor argentino-venezolano condujo un viejo carro como metáfora para su video “Alguna vez”, el primer sencillo de su segundo disco como solista T.O.D.O.

Aunque sea harta conocida y utilizada en distintos aspectos, la imagen no deja de ser poderosa: la posibilidad de avanzar y ver hacia atrás sin retroceder. En la grabación, Suñé adelanta lo que vendrá en buena parte de la producción. Hay una nueva etapa en su vida. El divorcio, volverse a enamorar, la buena relación con sus dos hijos y la supervivencia en un país en decadencia forman parte de una producción bien lograda lírica y musicalmente.  Es un amante del rock que sabe cuándo acelerar, pero también aminorar la marcha con las distorsiones y acordes que acompañan sus cantos sobre nuevos comienzos, disculpas por errores cometidos y la advertencia sobre una posible debacle. Claro, el guitarrista no se estanca en la mirada hacia atrás; pues no solo avanza en compases, sino en perspectivas.

El disco tiene12 temas, aunque sin problemas pudo haber sido de 10. “Cruz del sur cruz del Ávila” y “Conecta” son prescindibles, por la inexistente sorpresa en su desarrollo y las letras que por momentos resultan tediosas.

Sin embargo, no son baches suficientes para  socavar el trayecto iniciado en 2010 como solista y afianzado con este segundo trabajo con claras influencias de compositores como Enrique Bunbury.

Es una obra sincera que merece la pena escuchar con atención, con piezas bien logradas, introspectivas, pero no rebuscadas ni con ínfulas de intensidades prepotentes.