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Líneas tardías: El plan de los guionistas comunistas de Hail, Caesar!

George Clooney protagoniza la comedia / Foto cortesía

George Clooney protagoniza la comedia / Foto cortesía

La película de los hermanos Coen es una sátira de una época de la industria de Hollywood en la que ocurre un secuestro a una gran estrella del cine estadounidense. El filme aún no se estrena en la cartelera venezolana

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Todos los caminos verdes llevan a Roma, especialmente en Venezuela, donde  hace pocos meses uno podía ver entre los próximos estrenos de las exhibidoras a Hail, Caesar! de los hermanos Coen, un filme que no ya no es promesa en Cinex o Cines Unidos.

El llamado ahorro energético –o la dieta como también le dicen por ahí– ha generado un cúmulo de historias que esperan un lugar en la cartelera, y la cinta estadounidense no pareciera aún tener cabida en los juegos del hambre por el preciado turno, menos aun cuando se ve una crítica tan variopinta alrededor de la trama protagonizada por George Clooney.

Uno encuentra, casi que en la misma cantidad, críticos que dicen que es buena o mala. Normal, nada sorprendente, pero lo que sí es común leer es que ambos realizadores quisieron homenajear al cine de los años cincuenta, con especial énfasis en la época del macartismo.

Si bien es cierto que los Coen rinden por momentos un tributo a los estimulantes musicales y sus respectivas coreografías, a esas epopeyas y adaptaciones bíblicas, el par de directores, y también guionistas, logra una comedia en la que intencionalmente se deja a un lado la persecución política de entonces –muy bien llevada a cabo en Trumbo- para caricaturizar no solo a la industria, sino también a aquellos que desde adentro buscaban acabar con un mundo que consideraban alimentaba al capitalismo.

Clooney interpreta a Baird Whitlock, un muy cotizado actor que se encuentra en pleno rodaje de una película ambientada en la época de Jesucristo. Su personaje es un soldado romano que es enviado a Jerusalén. El intérprete es famoso por su vida de mujeriego y excesos hasta que un día desaparece del set. Lo secuestra un grupo de guionistas resentidos y obnubilados con las ideas de la Unión Soviética, todos ingenuos y socialistas al caletre.   

Las mejores escenas de la comedia se desarrollan en la casa donde está cautivo el actor, ahí escucha sobre alienación, explotación y medios de producción. Los secuestradores buscan hacer la revolución desde una mansión en la punta de una montaña rocosa, el dinero que piden –una nimiedad– es visto como el resarcimiento a tantos años de trabajo considerado mal retribuido.

Los Coen no le lanzan piedras al sistema que los cobija, si bien surgieron como outsiders, ahora forman parte del monstruo, lo disfrutan y desde sus fauces todavía muerden con fuerza. Por eso cachetean –literalmente– ese discurso en pantalla, lo tratan con sorna y gracia. No tienen complejos en admitirlo con sarcasmo.

Mientras Baird Whitlock escucha con curiosidad la perorata de estos guionistas, el productor del gran estudio Eddie Mannix (Josh Brolin) no solo busca pagar el rescate –en realidad sin dificultades-  sino libra la batalla para encubrir los caprichos y metidas de pata del resto de sus estrellas.

Es un hombre que se confiesa cada 24 horas porque engaña a su esposa. Ella cree que dejó el cigarrillo, pero no es así. Ni el cura se lo toma en serio cada vez que busca penitencia.

Brolin logra una gran actuación que, junto con la de Clooney, sostiene buena parte de un largometraje que corre el peligro de perderse por el peso que los Coen dan a personajes secundarios que resultan redundantes. A pesar de los descuidos y ambiciones desmedidas ante el teclado, vale la pena ver Hail, Caesar!, no solo por el tratamiento que se le da a los guionistas delincuentes, sino a varias situaciones bien resueltas que logran los directores para retratar una época desde una perspectiva mordaz, entretenida y por momentos tensa.