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Líneas tardías: James Wan deja claro que hay un legado

The Conjuring 2 de James Wan

The Conjuring 2 de James Wan

The Conjuring 2 afianza al cineasta malayo como uno de los autores referenciales del cine de terror. En su más reciente largometraje no subestima al público, juega con él y sale bien librado

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James Wan no deja que te rías. Cuando el público espera el lugar común, el cineasta malayo lo petrifica en su asiento. No lo deja ni hablar, apenas le da tiempo al espectador de reaccionar, pues es exitoso en su rol de manipulador con la palabra e imagen.

Son  valiosos los minutos del amague. Cuando el cliché parece inevitable, el realizador con pinzas trastoca emociones con fotogramas que parecieran cercanos, tangibles e hirientes. La subestimación es en un acto injusto o torpe con un autor responsable de un clásico como Saw.

Con The Conjuring 2, Wan se afianza como un director digno del género. Hay continuidad en la lista que integran figuras como Wes Craven.

En la segunda entrega de la saga, en la cartelera venezolana desde hace dos semanas, vuelve a basarse en una historia real protagonizada por el matrimonio Warren. Esta vez el terror no solo he visto en tercera persona. Lo diabólico los acecha e incluso se adentra en la intimidad del hogar de la pareja protagonista.

Ambos viajan a Inglaterra para cerciorarse de la veracidad de un caso de posesión en una niña cuya casa pareciera querer devorarse a todo el entorno. Si bien se repite el esquema simple del reclamo del alma en pena de lo que considera suyo, Wan logra contar desde una perspectiva que sume en la atrocidad lo que a simple vista es una mera historia más de exorcismos y espantos. Ese es su gran mérito, ser mordaz en una trama que podría ser risible y desechable.

En The Conjuring 2 no son diferentes los miedos, pero sí el trabajo de los silencios, luces y sombras. Es la misma paleta que cualquier autor puede tener, pero el director va delineando frente al espectador unos trazos que proyectan paulatinamente los temores de quien observa.

En la sala, se suele pensar -salvo penosas excepciones- que el miedo no redundará en un daño contra quien ve el largometraje. Es una sensación similar a la que experimentan aquellos que disfrutan la adrenalina en los más desafiantes aparatos de parques de diversiones.

El terror está bajo control, se suele pensar. Pero Wan te hace dudar. Sume en un silencio espeluznante a la masa que se entrega a su obra, a aquellos que ven reflejados en la pantalla sus propios temores, los que se identifican con quienes no sólo esperan lo peor de lo desconocido, sino también de lo más próximo y mundano.