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Líneas tardías: El abrazo de la serpiente, la película que evita el discurso maniqueo

La pelicula fue rodada en la región colombiana de Vaupé

La pelicula fue rodada en la región colombiana de Vaupé

El largometraje de Ciro Guerra aprovecha la historia de dos científicos que viajan a la selva amazónica para adentrarse en la comprensión de personas que en principio tienen marcadas diferencias

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La selva colombiana es escenario de una búsqueda en El abrazo de la serpiente. La jungla, sus enramados y caudalosos ríos se convierten en un laberinto que pareciera no tener salida para dos personas que en principio buscan una planta con fines científicos, pero que en realidad ansían su propia salvación. Los poderes de la yakruna se convierten en el Dorado medicinal y espiritual de estos dos personajes, ansiosos por hallar el final de sus angustias.

Una lectura rápida del largometraje de Ciro Guerra, recientemente galardonado en los Premios Platino, hace que uno describa el filme como la historia de dos exploradores extranjeros que se adentran en estos follajes en un principio con fines académicos. A los dos los acompaña como guía el chamán Karamakate, aunque entre una y otra expedición hay 40 años de diferencia.

El etnólogo alemán Theodor Koch-Grünberg sufre una extraña enfermedad que apenas le permite caminar. Cuatro décadas después, confiado en las crónicas del primero, viaja hasta ese recóndito lugar el biólogo estadounidense Richard Evans Schultes, quien nunca ha podido soñar. Ambos existieron en la vida real y la historia se basa en los diarios de ambos.

Sin embargo, la producción colombiana –que tiene una pequeña participación venezolana y argentina– muestra cómo se encuentran y respetan dos mundos que se predisponen, que en un primer encuentro se creen superiores, pero en el fondo sienten interés y admiración mutua.

Si bien el realizador no se parcializa, no puede dejar de condenar hechos que considera lascivos. En la trama, la industria cauchera y el fanatismo religioso son blancos de cuestionamientos por parte de Guerra, quien con El abrazo de la serpiente denuncia la violencia que ha habido en una zona a la que considera le han dado la espalda.

Pero más allá de los principios del director del filme, el espectador va descubriendo cómo ese argumento inicial da paso a la eliminación de las diferencias a través de acciones tan naturales como el idioma. Los protagonistas conocen muy bien la lengua del otro, la hablan a la perfección, sin titubeos ni ideas inexactas. Guerra, que también es guionista, no sucumbe al discurso maniqueo que presenta al europeo como vil opresor y el indígena no es visto como aquel que comienza una gesta heroica por su libertad o simplemente se rinde. No, esa vaguedad no existe en la película que el año pasado ganó en la Quincena de los Realizadores de Cannes. Ese gran detalle se le agradece.

Los personajes no se comprenden porque se necesiten, sino porque en el fondo padecen las mismas preocupaciones, a ambos les duele no solo su entorno, sino las inevitables consecuencias de sus propios actos y de terceros. Saben que en el fondo son lo mismo, aunque sus costumbres, progresos y creencias sean distintos.

Una escena clave es cuando Karamate descubre que ha soñado lo mismo que Theodor Koch-Grünberg, quien en sus diarios ha dibujado perfectamente lo que experimentó mientras dormía. Entonces, los designios de ese ente superior no tienen distingos por procedencia ni color de piel. Los une aún más lo que hasta ese momento consideran un misterio, un objetivo a desmenuzar.

Para resaltar aún más su discurso, Guerra muestra su historia en blanco y negro, los únicos antónimos importantes en el largometraje. Es la polarización hecha imagen.

Un elemento importante en El abrazo de la serpiente es la música de Nascuy Linares. El filme, si no la tuviera, se bastaría con el bien logrado sonido de la selva registrado en la película. El espectador ni se percataría de su ausencia. Sin embargo, el compositor merideño logra que cada nota sea entrañable en su desarrollo, el condimento necesario a un plato que no se satura con esa añadidura.

El largometraje, que aún no se estrena en las salas venezolanas, resume en fin toda relación humana, la camaradería y el entendimiento de aquellos que en la más inminente hostilidad se encuentran para llevar a cabo una empresa en las que diferencias y semejanzas los rebasan, pero no los separan. Se trata de la admiración, aparentemente en secreto, de las virtudes y defectos del otro.