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Liminal: atravesando el velo como acto tribal

Sin título (Bogotá), 2013. Chapas de botellas sobre pared

Sin título (Bogotá), 2013. Chapas de botellas sobre pared

Emilia Azcárate conforma el grupo de artistas plásticos venezolanos que en cuyos caminos han dejado grabadas las huellas criollas en espacios internacionales. Desde muy joven esta artista ha residido en distintos países lo cual ha sido fuente de inspiración para una obra fluida y dinámica

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Uno de los elementos que atrapa del trabajo plástico de Emilia Azcárate es la belleza. Una belleza en donde conviven (y se encaminan) formas circulares, puntiagudas, cuadrangulares, floreadas, puntos de fugas, entramados y diversos colores que siluetean auras y que conforman un universo plural. Atrapa también ese asomo de serenidad vertido en una especie de invitación a que crucemos velos mentales: aceptar, justamente, la pluralidad de formas, de seres, de tiempos y espacios con serenidad. Entonces, su obra se presiente delicada y serena: invita a tomar conciencia de la realidad y particularidad que ofrececada ser.

Liminal, es la exposición que la galería Henrique Faría Fine Art ha ofrecido sobre la obra de Azcárate en Nueva York. Lo “liminal” implica una fase intermedia de algo cambiante. Y la misma palabra ofrece un ritmo, una textura tan etérea como un claro velo, como un vapor, es un umbral. Lo “liminal” posee una suave cadencia: está en lo profundamente “mínimo” y es significativo porque conlleva a transformaciones simbólicas: la “liminalidad” es antiestructural (esto a partir de los aportes que dio el escocés Víctor Turner a la Antropología social mediante sus estudios sobre los procesos tribales cuando asoció ese tiempo intermedio de transformación a las communitas). Lo “liminal” da cuenta de que las comunidades (o digamos sociedades) poseen tiempos intermedios, por ende son ambiguas, pocas veces son realmente estructurales, y cada pequeño gesto las transforma. En este punto cabe recordar que Emilia Azcárate ha creado varias de sus piezas usando chapas de botellas que fue encontrando en cada ciudad que visitaba. Podríamos tomar esto como ese “gesto”, esa necesidad de analizar un acto tribal de nuestra contemporaneidad y preguntarnos, ¿acaso no son las chapas de refrescos objetos que pueden representar lo moderno en una obra de inspiración budista? ¿El acto de sorber refrescos no nos generaliza como comunidad humana? Puede que sí tomando en cuenta la pluralidad: chinos, venezolanos, hawaianos; niños, amas de casas, militares, estudiantes, etc., la mayoría de ese “nosotros contemporáneo” disfrutamos de tomar bebidas embotelladas y, sin embargo, seguimos siendo distintos conformando un universo plural. Cada chapa en la obra de Emilia Azcárate puede representarnos a cada uno de nosotros para crear una dinámica en donde ese velo mental ha sido atravesado con un acto simbólico proveniente de nuestra comunidad moderna, que es dinámica y cambiante.

En el budismo ‒en todas sus orientaciones‒ la transformación es una constante y la sensación que produce no debe ser de vértigo, ni de miedo, al contrario, de aceptación plena y serena. En la obra de Azcárate se refleja lo mismo: tras suaves pinceladas de acuarelas crea una geometrización que no es estricta, no es ruda ni rígida, no es estructural, pero es equilibrada. En esa geometrización lo dinámico produce un cambio constante y latente que, visualmente, cobra una sensación de vitalidad. La obra no es invasiva. A pesar de la tupida organización de sus formas en la composición, ni el vértigo ni el horror vacui tienen lugar, al contrario, el cambio es algo favorable; la transformación es necesaria en cada pieza de Azcárate y es allí cuando surge lo “liminal”, es allí cuando aparece la pincelada budista.

La artista venezolana residente en Madrid confiesa que en su propuesta plástica más reciente hay una influencia de sus prácticas del budismo nichiren ‒además de las influencias ejercidas, naturalmente, por sus largos ratos viviendo en distintos países, la maternidad, su familia, el arte que admira‒. Este budismo, basado en las escrituras del Sutra del loto ‒en japonés, Myoho-renge-kyoky que dio nombre a varias de las piezas de Azcárate, se cita entre los más influyentes. Se desarrolla a partir de las enseñanzas de Nichiren, un sacerdote japonés del siglo XIII, quien propuso que cualquier individuo podía ser capaz de desarrollar su propia Verdad, es decir, revelar su propia “Budeidad”, que es la condición más elevada que un ser humano puede conseguir en la vida. Lo particular del budismo nichiren ‒este que practica Emilia Azcárate‒, es que debe vincularse a las cotidianidades personales, es decir, no está disociado de la realidad. Conociendo este contexto, es interesante ver cómo esta artista desarrolla estas ideas en cada pieza. El que use como material de composición desechos de nuestras comunidades modernas quizás sea su propia manera de traducir su “budeidad”: ella difunde, a través del arte ,su visión del budismo nichiren en su mundo cotidiano. Y es así como llegan a relacionarse una chapa de refresco con Buda dejando en claro que en este universo todo tiene relación.