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“De Libros y Bibliotecas” (1)

Francisco Rivera | Foto: Vasco Szinetar

Francisco Rivera | Foto: Vasco Szinetar

Francisco Rivera (1933) es crítico, traductor, poeta, novelista y ensayista de reconocida obra. Entre sus libros de ensayo, destacan “Ulises y el laberinto” (1983), “Entre el silencio y la palabra” (1986), “La muerte de los dioses” (1990), “Sobre literatura venezolana contemporánea” (1991) y “La búsqueda sin fin” (1993). A este último pertenece el ensayo que publicamos a continuación

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Cuando alguien me pide –y la cosa ocurre con cierta frecuencia– que regrese al país de la infancia por unos momentos y que, con mis recuerdos, dibuje mi propio retrato, el título del hipotético cuadro siempre es el mismo: “Niño leyendo”. Así exactamente veo mi infancia. ¿Por qué? Porque, en efecto, toda mi vida ha estado marcada por el maravilloso descubrimiento de la lectura a la temprana edad de once años. Cursaba yo segundo de bachillerato y me encontraba desde hacía varios días postrado en cama con una de esas gripes que, si se es lo suficientemente sensible, pueden revelarle a uno el sentido de la eternidad, es decir, el fluir cíclico del tiempo, cuando una mañana una tía de mi madre a quien me gustaría llamar aquí Kali, puesto que, como la diosa india, manifestaba y distribuía por igual delicias y horrores, se presentó de visita con un insólito regalo para el niño enfermo (y digo insólito porque en casa nadie leía nada salvo la prensa diaria): un ejemplar del Romeo y Julieta de Shakespeare traducido por Astrana Marín y publicado en la “Colección Austral”. Creo que el tomito contenía también otra obra de Shakespeare, pero esto no viene al caso. Leí apasionadamente. Una vez llegado al final de la trágica historia, empecé a leerla de nuevo. Me sentí literalmente arrobado, transportado y muy lejos de mí mismo. No recuerdo ahora, claro está, ni una sola palabra de aquella traducción de la historia de los desdichados amantes de Verona. Todo lo leído en mi infancia de literatura inglesa en traducción española se me fue retraduciendo a la lengua original a partir de los diecisiete años, más o menos, cuando comencé a enfrentarme vorazmente con los escritos de Keats y Shelley, Poe y Melville, Pater y Ruskin en las excelentes ediciones de la “Modern Library”; pero lo que sí ha perdurado en mí de aquella febril –quiero decir: febricitante e intensa– lectura de Shakespeare es la revelación de la existencia del amor adolescente y de su lúgubre acompañante: la muerte viva. Todo “amor-pasión”, para emplear el término de Denis de Rougemont, es una muerte viva (parecía decir el autor en cada escena de la obra) que, ineluctablemente, conduce a la muerte verdadera. Pero no era que el chico de once años pudiera entonces llegar a formar intelectualmente la idea del “amor-pasión”. No. De lo que se trataba es de que aquel mocoso estaba conociendo ese fatídico amor por medio de un libro. Allí residía el hechizo del delicioso manjar y siniestro veneno que, sin sospecharlo, me había dado Kali, la diosa de los cuatro brazos.

Como era de esperar, a los pocos días el niño se había recobrado completamente del virus gripal. Los dolores de huesos habían desaparecido, los escalofríos eran ya solo un recuerdo borrosamente desagradable, la calentura había pasado. Pero el otro virus, el que la obra de Shakespeare le había inyectado, permanecería alojado en su organismo para siempre. Desde ese día, a pesar de todos los tratamientos a los que he sido sometido, padezco de un morbo incurable, que algunos erróneamente tildan no de enfermedad sino de vicio (vice impuni, decía Valery Larbaud): la pasión de la lectura.

Lo sabemos por Borges. A algunos mortales, para mayor gloria y mayor desgracia suya, el mundo se les da primero que todo en forma de libros. Como el narrador de «La biblioteca de Babel», puedo afirmar que «he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos». Como el Peter Kien de la novela Auto de fe de Canetti, mi infancia y mi primera adolescencia están marcadas por la coexistencia nada pacífica en mi mente de dos bibliotecas: una sumamente modesta que fui construyendo en mi dormitorio y otra, no infinita –no, no me atrevería a emplear ese calificativo– pero sí de vastas proporciones con la que constantemente soñaba y que llegaría a encontrar en la realidad en Berkeley, California, cuya universidad contaba, cuando yo empecé a estudiar allí, con una biblioteca de dos millones de volúmenes que durante nueve años fueron míos todos. Y, durante nueve años, yo fui el hombre más rico del mundo.

Exagero. No fueron exactamente nueve años. Al principio, desde luego, no hallaba qué hacer con tantas riquezas amontonadas en esas interminables estanterías. Estaba lleno de una alegría loca y pensaba que poseer esas riquezas (¡tratar de leer el mayor número humanamente posible de aquellos libros!) era la meta más alta a que yo podía aspirar. ¡Manos a la obra! Concordaba, sin saberlo todavía, con el Peter Kien de Auto de fe en que «la mejor definición de patria es biblioteca» y estaba más que dispuesto, cuando se me preguntara por mi profesión u oficio, a confesar con gran orgullo que yo era, también como el personaje de Canetti, «propietario de una biblioteca». Sin embargo, en algún momento, no podría ahora decir cuándo, empecé a darme cuenta de lo absurdo de mi empresa. Una voz, emanada de un libro, desde luego, me susurraba al oído de vez en cuando: “Nathanael, ¿cuándo terminaremos de quemar todos los libros?”. La voz se detenía. Después de cierto tiempo se la volvía a escuchar. Repetía la pregunta y añadía: “No me basta con leer que las arenas de las playas son suaves; quiero que mis pies desnudos las sientan... Todo conocimiento que no ha precedido una sensación me resulta inútil”. Otras veces la voz que se oía era la de Unamuno: “todo eso es crítica literaria que debe importarnos muy poco. Trata de libros y no de vida». ¿Por qué y con qué objeto se dirigían a mí estas voces? ¿Qué intención tenían el joven Gide y el viejo Unamuno? ¿Qué quería decir el pobre Nietzsche cuando, en el Zaratustra, gritaba: “Yo odio a los ociosos que leen”? Nietzsche, ya lo sabía, había perdido la razón por haberse identificado completamente con Zaratustra. Pero, ¿Unamuno? ¿Gide?

Y, algunos años después: ¿qué querían decir los alquimistas cuando le aconsejaban al novicio que, si iba a leer libros, no se contentara con uno solo, pues un libro abre otro libro, liber enim librum aperit? ¿No era esto lo que yo había estado haciendo? ¿Acaso no había seguido yo, sin saberlo, las instrucciones de Hoghelande cuando le recomienda al principiante que “reúna los libros de diversos autores ya que, de otra manera, es imposible comprenderlos, y que no deseche un libro que haya leído una, dos o tres veces, incluso si no lo comprende, sino que, antes bien, lo relea diez, veinte, cincuenta veces más, pues al final verá en qué están de acuerdo los autores en su mayoría...”? Y si esto era lo que se debía hacer, si los aprendices de alquimistas se entregaban en cuerpo y alma al estudio de centenares de libros, se dedicaban a releer miles y miles de pasajes y a cotejarlos entre sí; si este era el único modo de alcanzar la sabiduría suprema, ¿por qué los mismos alquimistas decían luego: Rumpite libros, ne corda vestra rumpantur, “romped los libros para que no se rompan vuestros corazones”? ¿Por qué? En esos momentos sentía vértigo (2).

¿Qué quería decir Shunryu Suzuki cuando, en el Zen Center de San Francisco hacia 1959, enseñaba a sus discípulos que el objeto del budismo no era estudiar el budismo, sino a nosotros mismos? Rumpite libros.

Todas esas corrientes y contracorrientes estaban dentro de mí. Pero no por ello dejé de leer, sino que, muy despacio y casi sin percatarme, fui adoptando una actitud muy diferente ante la lectura, ante el mero saber intelectual, ante lo que capta solo el pensamiento.

Un buen día descubrí de repente (aunque el proceso que me había conducido a esa revelación había sido larguísimo) que lo cotidiano del lector-escritor (e indudablemente había llegado también el momento en que tenía que descubrirme como escritor o, dicho con más sencillez, en que algo dentro de mí, pero colocado por encima de mi ego, me insinuaba tímida pero insistentemente que tenía que escribir), lo cotidiano del lector-escritor, decía, está compuesto de experiencias vitales profundas, de vivencias, con muchos libros, con un gran número de textos que se viven al leerlos o al escribirlos, pero no exclusivamente. Comprendí entonces en toda su magnífica y desesperada plenitud las palabras de Rilke, en Los apuntes de Malte Laurids Brigge, acerca de los poemas como experiencias. Comprendí entonces por qué Cernuda había escrito sus poemas y por qué esos poemas, de un pesimismo atroz, podían conmovernos y apasionarnos. Comprendí entonces por qué Cioran desdeñaba a Paul Valéry y a Stefan George por ser meramente “artistas”.

En verdad, la locura de Peter Kien, uno de los personajes de ficción más repulsivos y mejor logrados que conozco, locura que inexorablemente tiene que llevarlo a la horrible escena final de la novela (quema de sus propios libros y suicidio por fuego), estriba precisamente en el hecho de que el erudito sinólogo se excede en su fetichización de la letra impresa, en su veneración absoluta de los conocimientos científicos, en su cultivada “ceguera”, en su intento monstruoso de negarse sistemáticamente a convertirse en contemporáneo de Lao-Tzu y Chuang-Tzu y a que estos se vuelvan, efectivamente, contemporáneos suyos, en su empeño diabólico de no atribuir a sus libros orientales (veinticinco mil tenía el pobre en su apartamento) la función que tenían que cumplir: la de servir de guías para la vida aquí y ahora, la de mezclarse armoniosamente con la vida y no la de substituir a la vida, la de anularla.

Kien incendia su biblioteca por desconocer el significado simbólico del mandato de los alquimistas: Rumpite libros. Hay que atreverse a vivir cotidianamente con San Agustín y con Dante, con Cervantes y Unamuno, con Shelley y con Auden para así estar dispuestos metafóricamente a romper sus libros cuando ya se nos conviertan en un estorbo para la vida.

 

[1] Tomado de Francisco Rivera, La búsqueda sin fin, Caracas: Monte Ávila Editores, 1993.

2 Tanto la cita de Hoghelande como las de los otros alquimistas están sacadas de C. G. Jung, Psychology and Alchemy (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1968), pp. 258 y 482-483. [Nota del autor]