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Librerías de viejo

La Calle Donceles del Centro Histórico del D.F. es una de las más antiguas de México

La Calle Donceles del Centro Histórico del D.F. es una de las más antiguas de México

Una mirada sobre las librerías en Donceles; la particular relación del 23 de abril con la literatura; cifras sobre la lectura y la producción editorial; una conversación con editores independientes; novedades de Los Libros de El Nacional: Papel Literario se une a la celebración del Día del Libro

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La calle está cortada por seis transversales: callejón Héroes del 57, Allende, República de Chile, Palma, República del Brasil y República de Argentina. Construcciones civiles y religiosas de distintas épocas y estilos, levantadas desde la época de la Colonia, la amurallan. Los carros circulan en un solo sentido: de oeste a este. La gente camina por aceras tapizadas de láminas metálicas que tapan huecos del drenaje, de la luz o de distintas reparaciones. Los transeúntes miran las tiendas, salen de los edificios, toman fotos, tratan de cruzar la calle, andan.

Un hombre limpia la vitrina de una tienda que vende oro, mientras otro pone un cartel en la entrada que anuncia rebajas. Un policía explica una dirección a unos turistas.

Unos trabajadores con cascos blancos, rodeados de conos naranja, trabajan en una alcantarilla. Una madre con su hija detallan en una vidriera los vestidos de novia. Un par de chicos sacan con cuidado una carretilla con cajas de una venta de cámaras fotográficas.

Un vendedor ofrece medias panty. Un viejo detiene los carros para que una Van blanca salga de un depósito. Tres mujeres en una esquina hablan en tono de confidencia y ríen. Un grupo protesta frente a una dependencia pública exigiendo el fin de las corridas de toros.

Dos jóvenes frente a una tienda de artículos para peluquería abren una bolsa de papas fritas con limón.

De pronto, una mujer con guantes de goma y tapabocas sale de una librería, se detiene en la acera, sacude dos libros golpeándolos entre sí, deja una nube de polvo y vuelve a entrar.

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La Calle Donceles del Centro Histórico del D.F. es una de las más antiguas de México. Luis González Obregón, historiador, bibliófilo y cronista vitalicio de la capital mexicana, escribió que Donceles es Donceles desde el año 1524.

Comienza en el Eje Central Lázaro Cárdenas y se une con la Calle de Justo Sierra. Sobre ella están la antigua Cámara de Diputados, el Colegio de Cristo, El Teatro de la Ciudad, el Teatro Fru Fru, el Antiguo Colegio de San Ildefonso, el Real Hospital del Divino Salvador para Mujeres Dementes y la Academia Mexicana de la Lengua. Teatros, museos y lugares históricos conviven con tiendas que venden vestidos de novia, pelucas, oro, artículos para peluquerías, cámaras digitales, ferreterías, marqueterías o papelerías. Todo está, se vende y se exhibe por series, por cantidad, por acumulación, por repetición. En Donceles se puede buscar un telescopio, una peluca, un bombillo, una cámara fotográfica, una prenda de oro, el ajuar de una novia o un texto escolar.

Todo eso sí, pero Donceles, como otras calles del centro histórico, tiene algo que la diferencia de las demás. Esas esquinas y aceras guardan anécdotas, lugares y personajes.

Digamos, por ejemplo, los organilleros, los globeros o los merengueros. Pensemos en el quiosco de las fotos en el Zócalo, en los mariachis que llenan de noche Tenampa, en el paseo de las novias, en el Café de Tacuba o en el Bar Corona.

En Donceles se puede buscar un libro antiguo, un clásico, uno agotado, un libro descontinuado o un incunable.

En Donceles hay librerías de viejo, varias librerías de viejo.

Donceles es conocida como la calle de las librerías de viejo.

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La mujer con guantes de goma y tapabocas, entra a la librería y camina hacia una torre de libros. Revisa un tomo, lo abre, lo hojea, lo cierra. Lo compara con otro que ya examinó. Sale de la librería, se detiene en la acera, sacude los dos libros golpeándolos entre sí, deja una nube de polvo y vuelve a entrar. Camina hacia una pila de libros, coloca encima los que trae en las manos y continúa revisando la otra torre de tomos de novelas, de ensayos, de enciclopedias, de poemarios. Cada tanto sale, sacude un libro con otro, deja una nube de polvo, vuelve a entrar. La mujer ordena, clasifica y desempolva decenas de libros de una de las librerías de viejo de Donceles. El ejercicio de catalogación de títulos se estará repitiendo, con o sin guantes, tapabocas y nube de polvo, en otras librerías de la calle.

En Donceles se acumulan las librerías de viejo. En alguna cuadra incluso se amontonan una al lado de la otra, como los libros en las estanterías que están dentro de ellas. El Mercenario de la Lectura, El Gran Remate, El Laberinto, El Mercader de Libros, Librería de Viejo, Bibliofilia, El Callejón de los Milagros, El Tomo Suelto, Selecta, Hermanos de la Hoja, El Inframundo. Eso sí, que se repitan y estén ubicadas en la misma calle no quiere decir que sean réplicas exactas. Aunque son parte de un universo o pertenecen a los mismos dueños, cada una tiene algo peculiar: el nombre, claro, pero también la disposición de las estanterías, el tamaño, los libreros, el ambiente y su especialidad. Pueden estar dedicadas a libros técnicos o de idiomas; asesorar la formación de bibliotecas; conseguir libros por encargos; o cazar libros agotados y ediciones antiguas.

"Caminas con lentitud, tratando de distinguir el número 815 en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparación, relojerías, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, confundidas (...) Levantarás la mirada a los segundos pisos: allí nada cambia. Las sinfonolas no perturban, las luces de mercurio no iluminan, las baratijas expuestas no adornan ese segundo rostro de los edificios. Unidad del tezontlé, los nichos con sus santos truncos coronados de palomas, la piedra labrada de barroco mexicano, los balcones de celosía, las troneras y los canales de lámina, las gárgolas de arenisca".

La descripción que hace Felipe Montero de la calle Donceles en Aura , de Carlos Fuentes, bien puede funcionar para hablar hoy de ese lugar. Los viejos edificios coloniales donde están ubicadas las librerías conservan su aspecto barroco y si se levanta la mirada por encima de los toldos de las entradas o los anuncios de los nombres, aparentemente no han cambiado.

Al traspasar el umbral y entrar lo primero que recibe al visitante es el olor a libro viejo. Las estanterías de libros construyen lugares que parecen ser callejones infinitos, laberintos indescifrables, mundos inabarcables. El acervo de una de estas tiendas puede ir de diez mil a setenta mil ejemplares, sin hablar del depósito. Pilas sobre pilas de libros, repisas repletas, mesones abarrotados de volúmenes de cualquier tema, de cualquier época. Caminar por los pasillos de estas librerías es enfrentarse al vértigo insoportable de los miles de viajes posibles que contienen; distraerse pensando en las extrañas convivencias que se dan ahí adentro, según aparecen los tomos: Sherlock Holmes con Alicia, Rocinante con Moby Dick, Aquiles con Barba Roja; o perderse en el intento de sacar la cuenta de cuántas bibliotecas habrán: las de personas reales y las que están dentro de las historias de los mismos libros.

El sistema de catalogación que utilizan para esos miles de tomos parece imposible para el ser humano: trabajan con un orden sin computadoras. Libros de literatura, derecho, medicina, historia, arte, geografía, diccionarios, enciclopedias, revistas; primeras ediciones, incunables, títulos descontinuados, ejemplares únicos, ediciones raras; todo está en un catálogo que no está registrado en un inventario electrónico. Los textos dentro de las tiendas están ordenados por temas, subtemas, género y autores. Los libreros de Donceles se saben ese orden y conocen el catálogo de memoria, y ese sistema es transmitido y enseñado de librero a librero. Por eso, las librerías tienen regados carteles que piden que se mantenga el orden e, incluso, algunos que amenazan al visitante desordenado: "aquella persona que desacomode los libros será severamente sancionada".

Esa forma de trabajo los lleva a establecer una relación afectiva con el lugar, y asegura que el que está allí es por genuina vocación. Los libreros de Donceles, aunque no sean dueños de los establecimientos, hablan de las tiendas con el posesivo o el plural, conocen cada metro cuadrado, saben de la historia de la librería, acumulan anécdotas, se enorgullecen de tener clientes fijos y personales, y se esmeran como anfitriones.

Hay hombres, mujeres, jóvenes y viejos. Aprendices, experimentados y maestros memoriosos con dos y tres décadas de experiencia.

El catálogo mnemotécnico de las librerías de viejo es alimentado por la compra y venta de ejemplares. Las personas se pueden acercar a ofrecer sus bibliotecas, sus cajas de libros o su selección de títulos; las editoriales pueden proponer venta de saldos; y las librerías pueden salir a buscar los textos.

Se aceptan todo tipo de libros, aunque algunas ya no reciben enciclopedias, pues dicen que están en desuso y que la mayoría de las informaciones que contienen están en Internet.

La compra y venta de libros usados o antiguos no tiene un tabulador establecido, cada librería, cada librero tiene sus propios procedimientos para adquirir y cotizar sus ejemplares. Cuando reciben un libro evalúan el estado del libro, la edición, el autor, si es un texto comercial, la editorial, el idioma, si tiene ilustraciones, grabados, alguna firma o dedicatoria de algún escritor. Luego establecen el precio de compra o de venta.

En el acervo de estas librerías se pueden encontrar libros del siglo XVI, textos censurados por la inquisición, códices e incunables. Y los precios van desde los saldos de cincuenta centavos de dólar hasta obras de miles de dólares. Por ejemplo, la primera edición de El llano en llamas o de Pedro Páramo puede costar mínimo dos mil quinientos dólares, y un libro del año 1500 en perfecto estado puede costar dieciséis mil dólares.

A las librerías de viejo de Donceles acude público de todo tipo: estudiantes, profesionales, investigadores, bibliófilos, coleccionistas de volúmenes antiguos. Allí puede llegar una mujer preguntando por un libro de Paulo Coelho, cazadores de saldos, fanáticos de la novela negra o de las historias de piratas, historiadores rastreando pistas, abogados tras algún tomo descontinuado o acumuladores de revistas. Por allí, incluso, desfilan investigadores que han peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos. Entonces no es extraño que cada tanto estudiosos de España acudan a Donceles en busca de otro eslabón de sus trabajos, muchos de ellos interesados en el tema de la Guerra Civil Española. O que los libreros hablen con orgullo de los visitantes ilustres de ayer y de hoy: Hugo Argüelles, Andrés Henestrosa, Carlos Monsiváis, Alí Chumacero, Guillermo Sheridan o Juan Gelman, para nombrar algunos.

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La mayoría de las librerías de viejo de Donceles pertenecen a la familia López Casillas. Ubaldo López Barrientos, junto con su hermano Nicolás, abrió la primera librería de viejo a mediados del siglo pasado. Así, nació una dinastía de bibliófilos que se ha extendido entre hermanos y primos. Son conocidos por el nombre de una de las librerías: los Hermanos de la Hoja. En los años sesenta se instaló en Donceles la primera tienda de libros de segunda mano. La tradición del libro de viejo se ha mantenido por más de cinco décadas, sin más publicidad que el tiempo mismo o el rumor que va de boca en boca. Y es curioso que las librerías de ocasión hayan perdurado en uno de los países del continente que tiene menos lectores. Según el Directorio Nacional de Librerías de Viejo en México, en el D.F. hay más de cincuenta establecimientos de este tipo.

La paradoja aumenta cuando se sabe que en México 94% de sus municipios no tienen librerías o que hay una librería por cada setenta mil habitantes. En países como España y Argentina hay una librería por cada 10 mil y 19 mil habitantes, respectivamente.

Las cifras de las investigaciones sobre lectura de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, la Unesco y del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe si bien dejan mal parada a América Latina en general, señalan que México ocupa los últimos lugares en los índices de hábitos de lectura. Lo que dicen las estadísticas es que al mexicano no le gusta leer. Un ciudadano promedio lee 2.8 libros al año; 40% no ha entrado nunca a una librería; 41,1% puede pasar un año sin abrir un libro; casi la mitad de la población universitaria no compra libros; y la mayoría de las lecturas se hacen por asignaciones escolares.

Las razones por las que perviven las librerías de viejo en Donceles y en el D.F. parecen misteriosas, pero despiertan algunas interrogantes y lleva a pensar sobre la naturaleza de estas tiendas. Ante tanto número y estadística pesimista que delinean una realidad devastadora, quizás en el modelo de las librerías de ocasión de Donceles encontremos el ejemplo de la librería del mañana que pervivirá. ¿Qué tienen esas tiendas que las diferencian del resto? La figura del librero, del verdadero librero que puede ofrecer una búsqueda bibliográfica experta, que sabe recomendar y comentar. Probablemente en la mezcla del acervo cultural que mantienen y el rol de los libreros se sostenga la inmortalidad de las librerías de viejo.

¿Qué nos lleva a una librería de viejo? Buscar el libro deseado o encontrar un libro que no sabíamos que existía, sí, pero principalmente la curiosidad. Todo lector tiene un curioso por dentro que quiere aprender, ver, explorar, conocer, discutir. Esa curiosidad es infinita. Y ese es el espíritu que se conserva en las librerías de viejo. Que quizás las mantenga. Los libreros dicen que los lectores y compradores mellan, pero cada tanto siguen llegando visitantes y vendedores . Y cada tanto en Donceles se repite una escena singular: una mujer con guantes de goma y tapabocas sale de una librería, se detiene en la acera, sacude dos libros golpeándolos entre sí, deja una nube de polvo y vuelve a entrar.