• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Leyendo a Lezama pensando en ella

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Para Michaelle Ascencio,

otra dama nuestra dadora de esplendores

 

La historia íntima de un país, la historia de su interioridad como pueblo, es la crónica de su familia moral, esa urdimbre de alianzas y rupturas –es decir, de acuerdos de convivencia– que se ha ido tejiendo en el transcurso del tiempo con los hilos de su sensibilidad. Aun en los períodos de las crisis más bravas, aun en los momentos en que hemos temido disolvernos, la pulsión de la vida ha seguido elaborando su memoria para tenderla cual colorido tapiz dentro de nosotros. Hablo de familia moral a fin de acoger lo mejor y distanciarme de lo peor que implica el solo vínculo de la sangre. Familia somos en cuanto que compartimos una idiosincrasia que nos hace reconocibles. Familia moral, en este caso, porque no se trata de que el nexo que nos une se deba exclusivamente a un contrato fisiológico. Más bien sería un contrato por la imagen, aquí donde imagen viene a ser una instancia impersonal que existe para remozar lo personal, una instancia que insiste en hacer porosa nuestra experiencia individual y así lograr filtrar en ella la sustancia de la experiencia humana.

José Lezama Lima, que adondequiera que nosotros llegamos ya se ha presentado con anticipación de oráculo, dijo una vez que no dejaban de sorprenderle “las inauditas tangencias del mundo de los sentidos, lo que he llamado –precisó– la vivencia oblicua, cuando el timbre telefónico me causa la misma sensación que la contemplación de un pulpo en una jarra minoana”. Lo que resulta, expuesto así, tan oscuro, acaso esté medianamente claro para todos los que alguna vez hemos permanecido un rato en el mundo conversable de María Fernanda Palacios, donde los bombillos del aula de clases o de la sala de la casa se encienden, al atardecer, como en el cielo se iluminan las estrellas de la constelación de Escorpio. Si es cierto, como afirma George Steiner, que el maestro debe “abrir Delfos”, o sea, mostrarle al alma del alumno la riqueza imaginal del mundo, no hay duda de que muchos de nosotros hemos tenido el privilegio (de suyo inmerecido, como el milagro) de que el azar o el destino nos encontraran un día en un lugar donde alguien consumaba ese mandato a cabalidad y con belleza.

En un ensayo donde Picón-Salas evoca a Teresa de la Parra hay unas líneas que formulan, diría que con increíble previsión, el sentir que propicia María Fernanda entre nosotros. “Había en su elegancia y sus gestos –dice don Mariano sobre su amiga–, aquello que sólo se puede traducir por la palabra española ‘solera’, es decir, cultura que se lleva en la sangre, tradición y linaje espiritual en el mejor sentido. Oírla hablar era singularísimo deleite”... Una tarde, en un patio de Córdoba o de Granada, el aire de un abanico refrescaba el rostro de una mujer que decía el cuento de la conquista árabe como si hubiera ocurrido esa misma mañana... Era María Fernanda, que hablaba del Diván del Tamarit en el salón de una casa en las faldas del Ávila… Para llevarlo a territorio de confianza, figuraré que solo una vez hasta entonces se había anunciado con tal intensidad en mi vida el imperio sensual de Andalucía: el día en que la abuela materna sugirió, señalando el naranjo del jardín, que acababa de florear: “Anda, súbete y huele”. Y el niño, sin querer, revivió por el aroma del azahar el vuelo rasante de Abderramán I, “el Halcón de Al-Ándalus”, sobre la corriente del Guadalquivir.

Volviendo a la frase de Picón-Salas, para nadie que conozca a María Fernanda es un secreto que esa “solera” suya entre otras cosas es fruto de un árbol genealógico que asciende hasta la corona de Castilla y León o hasta los Carolingios, y que una semilla de ese árbol trasplantada a Venezuela dio hijos que la épica hizo ilustres. Pero si inicié estas palabras haciendo referencia a los vínculos espirituales, era a fin de fijar el ojo en esa otra trama donde los mayorazgos patricios se han transfigurado para formar parte de una comunidad más amplia, de raíces todavía más hondas y, creo, más permanentes en el tiempo, esto quizá porque se alimentan de esa savia que el mismo Lezama llamó la sustancia adherente: “La sustancia adherente de la imaginación –explica la profesora Palacios– como algo que la literatura segrega inevitablemente para atarnos y dilatarnos, fijándonos a un lugar”. Si entendemos que cuando se habla de literatura no se quiere reducir su ámbito al de los escritores (mucho menos al de la publicidad editorial), sino llevarlo hasta el de la escritura donde se debaten las cuestiones del corazón humano, podremos ver lo que implica para María Fernanda la vocación docente. Un fragmento de una copla española que ella suele citar, si no cantar, a sus alumnos, ilustra el efecto de su manera de transmitir:

 

Tú te tienes que quedar

como la rama temblando

cuando el pájaro se va.

 

Así es: durante su clase, el peso de la golondrina tensa el arco; después de su clase, el arco lanza una flecha invisible que busca dar en el blanco de una nueva fijeza... Esta insistencia en pasar la expresión por el atanor de Lezama Lima, donde fluyen aguas muy antiguas, no es gratuito. Además de que resulta estimulante –hay un goce inmenso en ese sumergirse en el mundo del “Etrusco de La Habana Vieja”–, me parece que se impone no solo porque para María Fernanda el autor de Paradiso toca el mejor danzón de la noche literaria en todo el Caribe, sino también porque es inevitable acudir a él para descifrar el sistema poético docente en el que se mueve la profesora con agilidad de bailarina rusa. ¿Cómo se puede hablar de la imagen sin invocar a Lezama Lima? Cerca del escritorio donde María Fernanda escribe y prepara sus libros y sus clases, sobre una pared cuelga un retrato del mago barroco: el voluptuoso cuerpo de José María se inclina con apetito sobre las páginas de un libro. El hombre está anclado por la obesidad, pero quien protagoniza la escena es un viajero que recorre los palacios de la dinastía Ming, echa un salto estelar hacia atrás para penetrar en la corte de Akhenatón, visita a Proust convaleciente en el París de 1922, se encuentra en la esquina cubana con José Martí, y vuelve a la silla donde está postrado para seguir hablando sobre el asma como un padecimiento cósmico y milenario, o para explicarle al visitante de turno la tarea que cumple el botón en la costura desde que Eva tuvo que vestirse…¿No escribió Hermann Broch que “en el centro de toda lejanía / se levanta tu casa”?

Con el ejercicio de su magisterio como profesora de literatura de varias generaciones en nuestro país, María Fernanda Palacios, dama principal de nuestra familia moral, nos ha ayudado a levantar y a mantener en pie muros entrañables de la mejor educación. Iniciadora de tantos en ese viaje ‘lezamiano’ al que me refiero –donde la memoria de la cultura se vivifica y sus paisajes y figuras reaparecen ante nosotros conjurando, en efecto, la lejanía–, nos ha ligado a una maravillosa estirpe de presencias. En medio de la dura soledad de la historia personal y colectiva, por ella se nos ha poblado el sueño de una luminosa compañía. Acaso toda esta vuelta no es más que para decirle, de nuevo y siempre, siempre, gracias.