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Leonor Mendoza. Los territorios de hoy y de ayer

Piedra, papel o tijera. Videoinstalación de dimensiones variables, realizada en el año 2000 / Fotografía tomada de Internet

Piedra, papel o tijera. Videoinstalación de dimensiones variables, realizada en el año 2000 / Fotografía tomada de Internet

Leonor Mendoza (Caracas, 1965) se desplaza entre el videoarte, la escultura y la fotografía, y su trayectoria ya suma más de dos décadas. Mariza Bafile conversa con ella en la serie Artistas Venezolanos en Nueva York

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Nueva York

Leonor Mendoza, mujer de sonrisa solar, apasionada, sensible, y con un hablar salpicado de ironía, es una artista venezolana que busca el amor en cada detalle del vivir diario. El amor la ha traído a Nueva York y aquí se ha quedado atrapada por un enamoramiento sin fin hacia una ciudad que amplía a cada instante su horizonte creativo.

En sus comienzos como escultora se casa con la soldadura porque en ella descubre el acto de amor perfecto. “Cuando entendí que, con el calor, dos elementos con la misma esencia, pero distintos, llegaban a fusionarse y a crear algo nuevo, aún sin perder su identidad, me enamoré de la soldadura. Sentí que allí estaba la esencia del amor. Empecé a soldar como una loca, era un acto alquímico. Estaba enamorada de ese enamoramiento.”

Tras ese primer tiempo transcurrido entre hierro y acero con la entrega que regalamos a las pasiones verdaderas, otros encuentros han ido enriqueciendo la vida artística y personal de Leonor Mendoza. “Ya no sé si soy escultora, fotógrafa o videoartista. Cuando quiero expresar algo busco ayuda en todo tipo de material. Puede ser resina, pueden ser elementos hallados en la calle, pueden ser fotos, luces, un hilo y puede ser un metal. Cualquier cosa es bienvenida con tal de transmitir lo que mi ser más profundo quiere expresar”.

En un primer momento Leonor quiere ser psicopedagoga especializada en niños superdotados pero pronto entiende que su verdadero camino está en el arte, sobre todo en la escultura “porque me interesan los espacios y siempre he tenido una percepción tridimensional del entorno.”

Leonor nos habla de una niñez transcurrida al aire libre, entre el campo y la playa, y en una familia de siete hijos más muchos primos que cada domingo salían a descubrir el mundo a su alrededor. “Éramos todos unos investigadores –recuerda con la nostalgia perdida en su mirada– amábamos la naturaleza. Aún hoy, disfruto con el placer de echarme debajo de un árbol para ver el cielo y el mundo a mi alrededor a través de un follaje que parece un canutillo y que juega con unas transparencias que transforman todo en positivo y negativo”.

Esa luz que transparenta, transforma y detalla, al pasar entre el follaje de los árboles, ha quedado atrapada en muchas de las obras de Leonor. Puertas entalladas, pasamanos de escaleras que se transforman en caracol de encajes, se insertan en casas donde, de la mano de la artista, la naturaleza irrumpe con tal fuerza y belleza que ya no hay cabida para otras obras de arte.

Estando en Venezuela Leonor expone sus obras y participa en varios eventos internacionales en nombre de su país. Transcurre un período enriquecedor en el espacio venezolano de La Cité internationale des Arts, en París y, de regreso pasa por Nueva York, ciudad donde está decidida a aprender un idioma del cual, su carácter rebelde y antiyanqui la había alejado pero que sus ansias de comunicación con gente de otros países ha ido transformado en necesidad.

Nueva York la atrapa y no la suelta. Las posibilidades de crecimiento que ofrece la ciudad son infinitas e infinito es su deseo de aprender. Estudia sin parar, busca, experimenta nuevas técnicas y nuevos materiales. Tras vivir con una familia donde no había espacio para la soledad, debe acostumbrarse a ella, y para sobrellevarla sin miedo, busca construir sus propios territorios a través del arte. “El territorio es algo que va mucho más allá de lo espacial. El territorio es emocional, es el lugar al cual pertenecen nuestros recuerdos y nuestro futuro, nuestras esperanzas y nuestra ética”.

En ese afán nacen obras donde la textura de un hilo se junta con una cabilla de metal en una fusión perfecta que representa la armonía entre la fortaleza y la debilidad, obras donde la madera se mezcla con láminas de magnesio, donde el papel se transforma en un horizonte infinito y el metal asume la ligereza y la sensualidad de la transparencia.

Muchas son sus exposiciones tanto individuales como colectivas. Su carácter rebelde queda intacto a la hora de criticar guerras disfrazadas de promesas de paz, el autoritarismo camuflado entre sueños de igualdad, la violencia tras los juramentos de amor. Para esas obras utiliza desde misiles en los cuales aplasta soldaditos de plomo, inserta prendedores en forma de corazón y diluye símbolos de paz, hasta balas en cuyas puntas, con agria ironía, apoya muñequitos extraídos del mundo imaginario de Walt Disney.

Para una instalación en Chicago, Leonor busca la complicidad de la fotografía e inmortaliza imágenes de los Buldogs, símbolo de los camiones con remolque que en Estados Unidos movilizan los enseres de un pueblo que no termina nunca de renovarse. Barking power nos habla del calor del hogar que te resguarda cual perro guardián y del ansia de novedad que te lleva a buscar nuevos caminos, nuevos territorios.

En cada una de las obras que Leonor Mendoza crea en Nueva York observamos esa dualidad de sentimientos, por un lado la nostalgia por el territorio que deja atrás todo el que emigra, y por el otro la emoción que despierta la llegada a una tierra ajena.

Combate así la amargura de una emigración que se ha transformado en exilio “porque, en este momento, ya no tengo país donde volver”.

—Si tuvieras que hacer una obra sobre la Venezuela de hoy, ¿cuáles materiales te gustaría utilizar?

La ironía se vuelve amarga.

—Quisiera recoger los casquillos de las balas que cada día matan a un venezolano para crear con ellos una obra que hable del miedo, la impotencia y el hueco insondable que cada pérdida deja tras suyo.