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Lección de escritura: Luis Beltrán Guerrero y su obra

Luis Beltrán Guerrero. 1984. (Vasco Szinetar / Archivo El Nacional)

Luis Beltrán Guerrero. 1984. (Vasco Szinetar / Archivo El Nacional)

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Uno

Se cumplen cien años del nacimiento de Luis Beltrán Guerrero (1914-1996), y es posible ver en su horizonte de vida una continua e intensa afirmación de la condición humana y, en ella, de la condición de ser venezolano: celebración de la cultura y celebración del viaje a lo originario como trayectoria vital de la existencia.

Hoy, en esta hora oscura de la patria, de empobrecimiento de la lengua en el ditirambo del insulto y en el juicio del adjetivo; de impune tergiversación de la historia y doloroso empobrecimiento espiritual, la densa y extensa obra de Luis Beltrán Guerrero se hace visible para sumarse a la de los “héroes civiles” que cantaron y pensaron el país y que, en la fuerza de sus intuiciones,  reclaman la restitución de la ética y los valores fundamentales que puedan servir de asiento a los mejores destinos de la nación, hoy extraviada y herida.

Luis Beltrán Guerrero intuyó, por ejemplo, en su ensayo “La tensión heroica”, el falso derrotero por el que avanzaba la nación: “En la falta de grandes empresas de colonización interior, de comercio o industria, los venezolanos buscaron la inmortalidad estatutaria por el heroísmo militar”. Sin duda que el “heroísmo civil” de creadores, científicos y hombres de pensamiento hubiese hecho posible el vivir aquello que hoy se nos arrebata: el pleno derecho de ciudadanía.

La vasta obra de Luis Beltrán Guerrero confluye en la poesía y en el ensayo literario e histórico.

 

Dos    

Su obra poética (Secretos en fuga, 1942; Posada del Ángel, 1954; El visitante, 1958; Tierra de promisión, 1959; Campo de nube, 1975; Poesía electa, 1962; Poemas de la tierra, 1970;  Primera navegación, 1985) se inscribe en una tradición clásica que es la misma, por ejemplo, de poetas como Reyna Rivas o Ana Enriqueta Terán: tradición de sabia poética de la frase y talento burbujeante entre los límites del verso. El poeta habla de “mis endecasílabos”, y Ramón Gómez de la Serna, al leer Posada del Ángel, describe esta poesía de “versos modernos y lopescos”. En este surco, el poeta despliega su rigor reflexivo en la “gracia del verbo”: “Gloria del verbo, padre de los mundos /Padre de Dios también porque le nombra”. El misterio y el brillo del mundo se expresa en el misterio y el brillo del verbo: la poesía como celebración del enigma y el milagro de la vida. En “Fe de vida”, uno de sus poemas más importantes, testimonia su deuda poética: “Góngora, Garcilaso, Rubén y los Machado /En mis vigilias dieron el norte a mi pasión, /Lírico impenitente, cultivo mi pecado: /Los años no cambiaron de acento mi canción”… Y como se expresa en ese poema, y en muchos otros, el primero de los caminos poéticos es el camino de lo originario, que es, en Beltrán Guerrero, el camino para la fundación poética de la patria. Así en otro significativo poema, “Poema de la madre patria”, en resonancias de Pérez Bonalde, dirá: “¡Oh dolor de esta tierra áspera y brava, /Ardida y ardorosa tierra mía, /Al fuego de los soles siempre esclava! ¡Oh cuán luenga la sed de mi agonía!”.  Canto de lo originario que va de la celebración poética de su Carora natal a la afirmación, entre surcos de angustias, de la patria; y lujo del verso en la resonancia clásica de la tradición occidental y de la lengua, donde se rinde tributo a diversas formas de expresión poética; de manera especial al soneto. Versos donde se afirma el genio de la lengua en el mismo acto en el que se afirma la condición humana.

 

Tres

La obra ensayística de Luis Beltrán Guerrero se alimenta de la literatura, y, de insaciable modo, de la historia.

En ella confluyen la tradición literaria occidental, desde Homero; desde Bello, Sarmiento y Martí, en la tradición de nuestra lengua; y la presencia literaria del tiempo que le es contemporáneo, desde Alfonso Reyes y Octavio Paz a Rafael Cadenas o Adriano González León: retablo de la tradición y retablo del presente.

La reflexión histórica de Luis Beltrán Guerrero tendrá como núcleo de irradiación el positivismo, que se abre hacia una historia de la cultura y una historia de las ideas. En su Introducción al positivismo venezolano escribe: “Grandes batallas intelectuales necesitó el positivismo para imponerse. Las polémicas sobre tolerancia e intolerancia a raíz de la primera República: …el debate sobre el régimen federal, centralista o centrofederal en la convención del 58; sobre la guerra y la paz entre Cecilio Acosta y Riera Aguinagalde… son ciertamente hitos extraordinarios en la historia del patria pensamiento”. A partir de este núcleo de irradiaciones Luis Beltrán Guerrero propondrá, lo hemos señalado, una distinta perspectiva del discurso histórico, al señalar una carencia: “No se ha escrito la historia del pueblo venezolano. Se ha escrito la historia heroica de las batallas y de los corifeos…”. Su larga obra es un poderoso intento de suplir esa carencia. En este sentido, de manera esplendente, reúne su serie de Candideces: múltiples y breves artículos y ensayos, publicados por más de sesenta años en la prensa nacional, donde, a la par de rendir cuenta reflexiva y crítica de su presente (occidental, latinoamericano, venezolano….) interroga las bondades y límites del discurso histórico y postula una creadora sintaxis entre “historia” y “biografía”. Los textos de Candideces nos dan una nueva perspectiva de la historia, la convierte en discurso de “héroes civiles”. En Candideces y en otras de sus obras como Perpetua heredad (1965) o El jardín de Bermudo (1986) la historia, nuestra historia, parece alcanzar una nueva luz, una distinta perspectiva, y personajes venezolanos en el espesor de sus obras (César Zumeta y Cecilio Acosta, Andrés Bello y José Luis Ramos, para señalar sólo algunos nombres) son convocados en este discurso reflexivo y de sabia voluntad de estilo, en una sostenida lección de escritura; convocados que se hacen visibles como promesas de una tradición para un distinto destino de país. Andrés Henestrosa, ante la lectura de El jardín de Bermudo, señalaba: “Prosa limpia, concreta, recia la de Beltrán Guerrero. Va recta al grano, a las mies, a la pulpa. Si la cáscara registra bellas apariencias es por añadidura, como reflejo. Prosa de andar y pensar”.

En la obra de Luis Beltrán Guerrero se hace visible lo mejor de la condición del venezolano.