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Klause Heufer y la narración de una construcción moderna en planos

Fotografía tomada al hotel Macuto Sheraton por Edmundo Pérez en 1963

Fotografía tomada al hotel Macuto Sheraton por Edmundo Pérez en 1963

Klaus Heufer (Alemania, 1923) en 1952 fue llamado por Luis Malaussena para que viniera a nuestro país a participar en la construcción de la capital moderna petrolera. El aporte del arquitecto y artista alemán se prolongó a sesenta años de trabajo, de vida en Venezuela y de aportes arquitectónicos

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La Carta de Atenas (1931), el manifiesto urbanístico presentado ante el IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna en 1933 pero publicado hasta 1942 por Le Corbusier, ofrece imperiosas peticiones para aquella búsqueda de la “Ciudad funcional”, entre ellas: la conservación de monumentos sin menoscabar el estilo original. “En los casos en los que la restauración aparezca indispensable después de degradaciones o destrucciones, recomienda respetar la obra histórica y artística del pasado, sin menospreciar el estilo de ninguna época”. El documento abogaba porque se respetase el carácter histórico y artístico de cada construcción, en especial de los monumentos antiguos griegos. Sin embargo, la influencia de sus postulados entre los arquitectos modernos no tardó en consagrarse pues fueron aprovechados, sobre todo, para establecer bases para la correcta recuperación y conservación, evitando –siempre que fuese posible– la intervención o la restauración completa. En caso de que esta posibilidad fuese ineludible, debía tenerse en cuenta el trabajo mancomunado entre arqueólogos y arquitectos.

No es casual que en la exhibición Klaus Herfer. Arquitecto. Arqueología de la Modernidad, del BOD Centro Cultural, en Caracas, se hiciera la asociación entre ambas disciplinas: lleva entre sus brazos la infalible visión de la arquitectura como conservadora, preservadora y cultivadora de acervos. Parte de esta mirada es desarrollada por la muestra que incluye en planos, maquetas, libros y fotografías buena parte del trabajo que realizó el arquitecto alemán en Venezuela desde su llegada en 1952.

Los extractos de la Carta de Atenas arriba citados subraya la relación arqueología/arquitectura y, en el caso de Klaufer (con clara influencia de Mies van der Rohe y Le Corbusier) da cuenta de esa necesidad de preservar el pasado como legado histórico, como bases de lo anterior que, de muchas maneras, ha configurado el presente. Al acercarnos al trabajo de Heufer en obras como el Hotel Maracay; el edificio residencial Parque Sebucán; el Salón Venezuela del Círculo de las Fuerzas Armadas; La Quinta H; el edificio Santa María –hoy muy alterado– y actual sede del Ministerio del Poder Popular para la Cultura; el hotel Guaicamacuto o Macuto Sheraton, nos acercamos a los procesos creadores de un estilo arquitectónico que puede sonarnos familiar –aunque está corriendo el peligro de perderse en tanto acervo, en tanto patrimonio–. Las superficies son lisas y pulidas. Sus planos así como sus maquetas dan esa sensación de ligereza, propia de la arquitectura que se acogía al Estilo Internacional. Amplitud espacial, asimetría, inserción de elementos de la naturaleza. Es decir, evidentemente se buscaba construir espacios que colocaban en preponderancia el bienestar del ser humano.

Klaus Herfer. Arquitecto. Arqueología de la Modernidad es una exposición formativa, que requiere atención si queremos descubrir detalles, sobre todo en la manera en que ha tenido Heufer de ingeniar y construir el ideal moderno arquitectónico civil. La Carta de Atenas se levanta como un semáforo con la luz roja bastante incandescente para llamar la atención sobre aquella necesidad de no destruir monumentos –estaban reconstruyéndose tras la Primera Guerra Mundial–. Las formas racionales predominan como ambiente museográfico de la exhibición para invitarnos a entrar en el estilo de Heufer, que si nos atenemos un poco al detalle podemos dilucidar una mente racional, pulcra, impecable, que no se pierde en ornamentos pero que sí invierte dedicación al detalle. Es contundente cómo Klaus Heufer hacía de cada plano –si me permiten el riesgo– una obra de arte, un acto estético porque lograba incluso narrarnos un acontecer, un día a día, esos planos estaban destinados a la creación de futuros espacios habitacionales que sería vividos, por ellos inserta la representación de alguien en su hamaca, del hombre y la mujer en el salón comedor o en el hall. Y la autonomía arquitectónica es tal que podía hacer esto sin perderse en los linderos del delirio estético: son planos y por ende tienden a la funcionalidad, sus planos son la narración de algo que debe ser construido.